¿Qué le pasa a San Lorenzo?: derrotas, peleas y un futuro preocupante

Ariel Ruya
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El 25 de junio de 1995, San Lorenzo, dirigido por Héctor Veira, se consagró campeón del Torneo Clausura. El conjunto azulgrana cortó una sequía de 21 años sin títulos. Debió esperar hasta 2001 para volver a celebrar: en el Clausura, con Manuel Pellegrini como entrenador, no sólo dio la vuelta olímpica: con 47 puntos, marcó un récord en torneos cortos. El Ciclón pasó de un equipo que jugaba con el corazón en la mano a una elegante y moderna escuela.

Con Ramón Díaz en 2007, con Juan Antonio Pizzi en 2013, con Pablo Guede en 2016 (la Supercopa Argentina, conseguida por 4-0 sobre Boca) se extendieron los festejos domésticos, a los que se sumó la cuenta pendiente de la historia azulgrana: los lauros internacionales. La Copa Mercosur 2001 (con el Ingeniero y frente a Flamengo), la Copa Sudamericana 2002 (dirigido por Rubén Insua, que incluyó un 4-0 en la primera final sobre Atlético Nacional, en Medellín) y la Copa Libertadores 2014, nada más arriba. El Ciclón jugó contra Real Madrid (con Cristiano Ronaldo y con figuras de excelencia) en el Mundial de Clubes de Marruecos, con hinchas hasta debajo de las mesas.

Otros tiempos. Hace casi cinco temporadas que el fútbol de San Lorenzo es un despiste. No sólo por no salir campeón -el Ciclón se nutre de sufrimientos y pasiones, más allá de los logros deportivos-, sino por no luchar hasta el final en historias que luego escriben otros y, sobre todo, porque perdió lo que verdaderamente lo hizo enorme. El pecho a la adversidad, el viejo y querido San Lorenzo de los milagros. "Quiero ver en las caras el espíritu camboyano. El que se quede en San Lorenzo tiene que tener ganas de jugar en San Lorenzo. Más allá de un nombre en especial, quiero ver en los jugadores las ganas y el convencimiento de jugar en San Lorenzo", advirtió anoche Marcelo Tinelli, el presidente. ¿A quiénes fue enviado el drástico mensaje?

La goleada que le propinó Banfield

El destino de Mariano Soso estaba escrito mucho antes del 4-1 que le propinó Banfield, el mejor equipo de la actualidad. Su salida, con un apretón de manos -su renuncia evita pagar un año y medio de contrato-, no borra la sensación de que los dirigentes y la secretaría técnica volvieron a fallar. No sólo porque en pocas ocasiones el equipo expuso la audacia que el joven entrenador pregona, sino porque extravió definitivamente al vestuario. No tuvo autoridad frente al manejo del grupo, una tarea indispensable más allá de la estrategia sobre el campo de juego. "Soso tuvo un gesto, entendió que necesitábamos un cambio. Entiendo el enojo de los hinchas y socios. El partido de anoche y el de Gimnasia fueron horribles", aseguró el dirigente.

El plantel está de vacaciones y volverá el próximo 21, en teoría, tres semanas antes del nuevo campeonato doméstico. Néstor Gorosito es el candidato natural, que solo espera un llamado para definir su salida de Olimpia, a donde arribó hace dos meses y se consagró en el Torneo Clausura. Diego Dabove es un plan B, pero en San Lorenzo precisan el respaldo de un símbolo del club, crack como número 10 y de irregular paso como conductor en 2003/2004. Se buscará, ahora, bajar costos y darles prioridad a los juveniles.

"Tenemos que replantearnos un montón de cosas y ver cómo encaramos el fútbol. Hubo muchos errores nuestros". La búsqueda de la Secretaría Técnica y de Marcelo Tinelli -Leandro Romagnoli, Alberto Acosta y Hugo Tocalli están siendo observados con una lupa por las incorporaciones de técnicos y refuerzos-, ahora, es replicar el éxito de Boca con Miguel Russo. Un DT de otra generación, con cierta aceptación en parte de sus hinchas por los logros de otros tiempos. Si a Miguel lo respaldaba la Libertadores 2007, a Pipo lo cobija su clase y sentimiento de pantalones cortos.

Una de las primeras medidas del nuevo DT -no habría sorpresas para su llegada, más allá de acordar la salida de Asunción- es resolver la extensión y la calidad del plantel. Las discusiones -y, según se afirma, escenas de violencia- entre los hermanos Angel y Oscar Romero con algunos de sus compañeros son parte de un todo. No solo se trata de saber qué será de la vida de los paraguayos, sino que la pregunta es más profunda. La autocrítica global, dicen, ya empezó, de arriba hacia abajo.

Los Romero son parte del conflicto y nunca fueron la solución, más allá de que siempre sus rendimientos estuvieron un paso -o dos- por encima de sus colegas. Nunca hubo armonía -discusiones con Federico Gattoni, de 21 años, en la cancha y supuestos manotazos con Fernando Monetti (31) en el vestuario-, pero los males de San Lorenzo vienen de tiempo atrás. Hubo un pedido de informes por la supuesta gravedad de lo ocurrido.

Se intuye que los hermanos no volverán, más allá del ruego de parte de los hinchas en las redes sociales. Sus supuestos privilegios exponen a todos. La inversión global, en su momento, fue de unos 4 millones de dólares. ¿Algún club de América del Sur está dispuesto a pagar esa cifra por dos jugadores que suelen tener chispazos de calidad y rencillas? Hoy, son parte del club, como varios caciques que son observados de reojo. Fabricio Coloccini, por ejemplo, que el próximo 22 cumplirá 39 años. No habrá medidas drásticas, al menos, hasta que el nuevo entrenador asuma. Pipo se inclina por los hombres con historia. ¿Y los juveniles?