La parábola de Arsenal: de "equipo del poder" a revelación del campeonato

Román Iucht
lanacion.com

Si la muerte de Julio Grondona el 30 de Julio 2014 alteró por completo el pulso de la FIFA y en particular del fútbol argentino y sudamericano, la historia del humilde Arsenal de Sarandí sufrió un vuelco radical y profundo. El club del barrio que se administraba como un bien de familia y que con el peso del apellido como marca de presentación, abría todas las puertas, empezaría a sufrir desde ese momento los perjuicios del caso.

El título del Clausura 2012 marcó un hito en la vida del "Viaducto" y sumado a la obtención de la Copas Sudamericana en 2007, le puso el broche de oro a años de apogeo institucional y deportivo. Con Gustavo Alfaro como arquitecto de equipos disciplinados, sólidos y eficaces y "Don Julio" como llave maestra, la consolidación del equipo que había pasado por todas las categorías del fútbol argentino era una realidad palpable.

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El "Arse" tenía estrellas en su escudo, reconocimiento internacional y el respeto o temor de acuerdo a las necesidades, del resto de los estamentos del fútbol en donde la influencia de su presidente podía hacer estragos.

A partir de la desaparición física de Grondona, la caída de Arsenal fue tan abrupta como esperable. La dependencia de un presidente "dueño" fue directamente proporcional al derrumbe. En tres años, el club se quedó sin aportes económicos vitales, fortaleza deportiva y política y ese blindaje que le daba su presidente. El efecto fue devastador. El equipo perdió la categoría y todo el poder que irradiaba el anillo del "Todo Pasa" se volvió completamente inocuo.

El gran desafío fue la reconstrucción. Arsenal pasó a ser un "ciudadano común" que afrontando los mismos, o más problemas que el resto de los clubes, debía encontrar la forma de resurgir para recuperar lo obtenido. Muchos auguraron una caída sin final, pero ya se sabe aquello de que "en cada crisis siempre hay una oportunidad". Desde la base y con una economía mucho más austera que la de las grandes épocas, el Viaducto se rearmó y en tan solo una temporada volvió a la Primera División.

Su primer campeonato en la elite del fútbol argentino ha sido notable. Sergio Rondina, viejo luchador del fútbol del ascenso, le dio a su conjunto un estilo tan definido como audaz. Da gusto ver jugar a Arsenal.

El triángulo de la mitad de la cancha es el corazón del equipo. Ezequiel Piovi es el vértice más defensivo pero eso no lo inhibe de progresar en el juego con el pase como herramienta. Gastón Álvarez Suarez es el jugador revelación del campeonato. Zurdo, fino y de exquisita pegada tiene ese desdoble indispensable de los jugadores modernos. Con solidaridad para pasar la línea de la pelota en el retroceso post pérdida, le sobra paño para acompañar cada ataque y vincularse con el gol con familiaridad.

El salto para vestir una camiseta más pesada se intuye inminente. A partir de allí deberá demostrar si las cualidades extra que distinguen a un futbolista ante miradas más exigentes lo elevan a otro nivel. El tercer eslabón es Nicolás Giménez. Miembro de esa especia en extinción llamada "enganches", sus dos compañeros saben cómo aprovecharlo en cada pase entrelíneas. Dueño de una pegada tan sutil como potente, que utiliza tanto para el remate directo como para el balón detenido, es el vuelo creativo del Viaducto.

Torrent y Soraire aportan juego y músculo en la banda derecha y Emiliano Papa su cuota de experiencia desde el andarivel izquierdo. El resto son engranajes de una maquinaria que funciona con prolijidad.

La decisión de Rondina de mantener la base que logró el ascenso, ahorró tiempo para la comprensión de la idea de juego adaptada a la elite, del mismo modo que aquellos que se sumaron al plantel lo hicieron con naturalidad. Un puñado de puntos lo separan de la permanencia, el primer gran objetivo de la temporada, para luego poder soñar a lo grande con el ingreso a alguna de las copas, idea que a esta altura no suena tan descabellada.

Tomando riesgos y practicando un juego atractivo, Arsenal supo salir a flote y dejar en el pasado las miradas de desconfianza. Ya no es más el "equipo del poder". Ahora es un equipo que tiene el poder del fútbol.

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