Palmeiras, campeón: la final de la Libertadores que hizo doler los ojos y abrió una herida en el fútbol argentino

Ariel Ruya
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Al final, River y Boca lo vieron por TV. No hay consuelo: Palmeiras es el campeón más deslucido de la historia reciente de la Copa Libertadores. El triunfo por 1 a 0 sobre Santos representa la final más desabrida de los últimos años. Un cabezazo aislado, en el décimo minuto agregado, de Breno Lopes, un intérprete sin luces, que había ingresado un ratito antes por Menino, acabó con un espectáculo decadente, impropio de la grandeza del fútbol brasileño y de la tradición de esta competencia. Lo que confirma el mayúsculo dolor: qué les pasó a River y Boca para caer frente a dos adversarios pequeños, dóciles.

El gol que definió la final

Palmeiras solo perdió un encuentro en la competencia: el 2-0 de River, que cerca estuvo de la hazaña en San Pablo. Más allá de las polémicas, del VAR, no pudo. Y en Buenos Aires fue un desperdicio. Boca quedó lejos de su leyenda en Brasil, pero si vuelve a ver la final, si toma nota qué adversario lo dejó a un costado, el dolor debe ser mayúsculo. Para los dos gigantes, en realidad: la final no solo fue un dolor de ojos, quedó la certeza de que xeneizes y millonarios eran -pero no lo fueron, no lo demostraron- mejores en todos los aspectos del juego. Palmeiras suma dos trofeos: el anterior fue en 1999. Patricio Loustau tuvo una digna tarea y, tal vez, fue cómplice del momento más emocionante de la tarde en el Maracaná: la bizarra expulsión de Cuca, el entrenador de Santos.

El resumen de la final

Brasil saca la cabeza. De 2000 hasta hoy, el fútbol del gigante de esta parte del mundo alcanzó los 9 trofeos, sobre 8 de nuestro medio. Como en buena parte de la historia, ambos países son los protagonistas casi exclusivos en América del Sur. Apenas cuatro excepciones que confirman la tendencia: Atlético Nacional en 2016, Liga Deportiva Universitaria en 2008 (dirigida por Edgardo Bauza), Once Caldas en 2004 y Olimpia 2002 (conducido por Nery Pumpido). Uruguay ya no compite.

River es el mejor equipo del continente, al menos, en los últimos cinco, seis años. La Copa Sudamericana 2014, las Libertadores 2015 y 2018 y tres Recopas se ofrecen como muestra. Boca mantiene el colmillo competitivo: rara vez no alcanza las semifinales, a pesar de que el último trofeo que levantó fue en 2007. Independiente, apartado de su historia, se mantiene como el máximo ganador, con 7.

Un momento único

El fútbol argentino suma 25 títulos y nuestro prestigioso colega, desde ahora, 20. Sigue lejos. Sin embargo, hay que espiar el pasado inmediato -y, sobre todo, la última década-, para tomar nota del retroceso de nuestro medio, que tiene relación directa con los desatinos organizativos, dirigenciales y económicos. El torneo de primera división fue reemplazado por la Superliga, que fue reemplazada por la Liga Profesional, que seguramente va a ser reemplazada por otra competencia, con o sin promedios, con o sin descensos. Las rencillas y los volantazos de las autoridades, en otro espacio y, sobre todo, la fuga de promesas: los mejores (y los que no lo son tantos), se van, indudablemente. En Brasil, se mantienen el Brasileirao, la Copa Brasil y los torneos estaduales. Y recuperan figuras con cierto resto físico.

La economía es otro de los factores: un multimillonario Flamengo le ganó en el último suspiro a River la final pasada, en Lima, la primera en un escenario neutral. La copa, entonces, sigue estando en sus vitrinas. Y desde 2010 hasta hoy, los brasileños la consiguieron en siete temporadas. La Argentina, apenas tres. Dos, River; una, San Lorenzo. Atlético Nacional llevó la restante a Colombia.

El problema es que el fútbol brasileño -mientras Uruguay sigue lejos, mientras Colombia entró en un pozo y el resto.- le tomó el pulso al torneo. Aprendió a jugarlo. Hay que volar hasta 2009 para encontrar una final perdida por un equipo brasileño contra un rival de otro país, cuando Estudiantes (conducido por el Profesor Alejandro Sabella) se impuso sobre Cruzeiro. Y un año antes, Liga Deportiva Universitaria sobre Fluminense y una temporada atrás, el Boca de Russo y Riquelme sobre Gremio.

Así como los argentinos y los brasileños dominan la escena de aquí a la vuelta, el Mundial de Clubes y la Copa Intercontinental -tomando la misma referencia, desde 2000-, es un juego ideal para el futbol europeo, que en las últimas décadas dominan el más apasionante de los deportes, también, en las Copas del Mundo. Italia, España, Alemania y Francia, en ese orden, son los últimos ganadores. Y solo hubo un finalista de otro continente en 2014, la Argentina de Sabella.

La antigua Copa Intercontinental, también conocida en los últimos tiempos como la Copa Europeo-Sudamericana, tuvo como ganador a Boca en 2000 (2-1 sobre Real Madrid) y 2003 (un triunfo por penales contra Milan). Y desde que se disputa el Mundial de Clubes, nunca lo ganó un equipo argentino. Es más: no siempre alcanzó la final. La última muestra es River, que perdió por penales contra Al-Ain F. C. en el camino. Otros fiascos sudamericanos fueron Atlético Nacional, en 2016; Atlético Mineiro, en 2013, e Inter de Porto Alegre, en 2010, que ni siquiera llegaron al encuentro decisivo.

Otra imagen del gol

Corinthians es el último equipo de esta parte del mundo que se consagró en esta competencia, con un gol de Paolo Guerrero, se impuso por 1 a 0 sobre Chelsea, que tenía una constelación de estrellas, Hazard, Lampard y el Niño Torres, entre otros. Fue el último impacto mundial de un equipo de estas latitudes. A pesar de perder en el último suspiro, Estudiantes quedó en el recuerdo por haber perdido contra un colosal Barcelona, que selló el 2-1 con una genialidad de Leo Messi, de pecho. Eso ocurrió en 2009: otro tiempo.

Palmeiras va a jugar en breve el Mundial de Clubes, que formalmente empezará el próximo 4 de febrero con los cuartos de final, en Qatar. Queda la sensación de que Bayern Munich, campeón de la Champions League y líder otra vez de la Bundesliga, ganará el torneo sin contratiempos. Tigres, de México, será otro de los participantes. Imágenes que nos desnudan, que nos muestran qué lejos hemos quedado.