Por qué sigue sentando tan mal que Novak Djokovic haga historia

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LONDON, ENGLAND - JULY 11: Novak Djokovic of Serbia celebrates with the trophy  in front of the honours board and points to his name after winning his men's Singles Final match against Matteo Berrettini of Italy on Day Thirteen of The Championships - Wimbledon 2021 at All England Lawn Tennis and Croquet Club on July 11, 2021 in London, England. (Photo by AELTC/Thomas Lovelock - Pool/Getty Images)
Photo by AELTC/Thomas Lovelock - Pool/Getty Images

Hay dos verdades indiscutibles acerca del comportamiento del público en las grandes competiciones: por un lado, y salvo excepciones muy contadas, a la gente le gusta ir con el débil. Tiene la sensación de que así está presenciando un trozo de historia de su deporte, lo que nos lleva al segundo axioma: si alguien está a punto de conseguir algo impresionante, algo verdaderamente fuera de lo normal, el público se vuelca para que lo consiga. La final de Wimbledon de ayer tenía un poco de todo: Djokovic era el favorito, lo que convertía a Berrettini en el "débil" al que el público debía apoyar... pero, a la vez, se trataba de un momento histórico: el día en el que el serbio podía igualar, después de una persecución de dieciséis años, a Rafael Nadal y Roger Federer en el número de torneos de grand slam ganados.

¿Qué eligió el público londinense? Lo chocante de esta historia es que no se lo pensó dos veces. Por supuesto, Novak tiene su legión de fans vaya donde vaya y esos no le fallaron, pero llamó mucho la atención la manera en la que el resto de la grada se volcó en gritos de apoyo a Berrettini, como si quisieran mandar un mensaje al serbio: "No perteneces a ese club". Un mensaje que diversas aficiones de diversos países del mundo llevan mandando desde hace años y que obviamente es injusto: lo raro era que Djokovic siguiera teniendo menos grandes que sus rivales en el palmarés teniendo en cuenta que ya les superaba en todo lo demás.

Es, en cualquier caso, una cuestión inexplicable. ¿Ha hecho cosas Djokovic para caer mal a lo largo de su carrera? Pues supongo que sí: no es un jugador simpático, a veces lleva la competitividad a extremos que rozan lo poco deportivo y hay algo raro en él y en su entorno que dificulta mucho cualquier empatía. Ahora bien, ¿no es esa la definición habitual del deportista de élite? El número uno de cualquier deporte suele ser alguien extremadamente competitivo, con pocos gestos de cara a la galería y encerrado en un séquito de extraños amigos y consejeros que hace muy complicado que nos podamos identificar con él o ella. ¿Por qué la tomamos con Djokovic, entonces? ¿Por qué animamos a su rival incluso en la que está llamada a ser su gran tarde?

La respuesta es obvia y ya la hemos dicho antes: Djokovic no es Nadal ni Federer. Durante años, la rivalidad entre el español y el suizo dividió en dos a los aficionados al tenis. Aquello de Dionisio y Apolo, que explicaba David Foster Wallace. Ahora bien, la llegada de Djokovic supuso la llegada de un villano universal. El hombre que se atrevía a ganar a los dos. Que los hacía trizas mentalmente. Que amenazaba a uno en tierra batida y al otro en su hierba sagrada. Djokovic, con sus gurús y sus declaraciones extrañas, con sus gestos en mitad de los partidos enfrentándose al público, se atrevió a cruzar la línea roja de la impopularidad pensando que su talento haría recapacitar al mundo. No ha sido el caso.

LONDON, ENGLAND - JULY 11: Novak Djokovic of Serbia celebrates winning match point during his men's Singles Final match against Matteo Berrettini of Italy on Day Thirteen of The Championships - Wimbledon 2021 at All England Lawn Tennis and Croquet Club on July 11, 2021 in London, England. (Photo by AELTC/Jonathan Nackstrand - Pool/Getty Images)
Novak Djokovic celebra su vigésimo título del Grand Slam, sexto en Wimbledon, lanzándose sobre la hierba londinense.(Photo by AELTC/Jonathan Nackstrand - Pool/Getty Images)

A Djokovic no le perdonaron ni unos ni otros. En su mundo ideal, Nadal y Federer se repartirían los títulos por los siglos de los siglos y nadie discutiría su estatus como los dos mejores jugadores de la historia. Es curioso que este haya sido el relato predominante cuando lo normal es justamente lo contrario: que el aficionado agradezca la variedad, que aprecie el hecho de que hay alguien que no quiere caer bien, no tiene academia de tenis, no tiene fundación, solo tiene vitrinas y vitrinas llenas de títulos y un hambre insaciable para conseguir más. Además, y pese a todo lo dicho, Djokovic no es Jimmy Connors, por poner un ejemplo algo lejano. No es Nick Kyrgios, por hablar de alguien más de nuestros días. Djokovic es controvertido pero hasta cierto punto. Lleva en el top ten desde 2006, ¿qué quieren, que se pase quince años callado?

Lo de Wimbledon fue especialmente duro porque hablamos de un torneo que ha ganado ya seis veces. Eso le deja justo detrás de Roger Federer y Pete Sampras en la lista histórica. Sin embargo, parece que se le siga tratando como a un invitado incómodo. Alguien que se coló en la fiesta y ya no sabes muy bien cómo echarlo de ahí y resulta que va a acabar con todos los canapés. Como hemos dicho antes, uno piensa en Nadal y se le viene a la cabeza París. Piensa en Federer y se imagina una enorme superficie verde y una derecha invertida, pero... ¿qué pasa cuando uno piensa en Djokovic? A veces, Nole parece uno de esos cómicos de "El viaje a ninguna parte", sin patria, sin tribu a la que pertenecer porque están todo el rato de actuación en actuación.

Nadie siente a Djokovic como algo suyo. Ni siquiera en Australia, y eso que ha ganado allí nueve veces, que es una marcianada. Novak no solo ha ganado veinte grandes sino que ha ganado diecinueve desde enero de 2011, es decir, ha ganado diecinueve de los últimos cuarenta y dos disputados. Otra marcianada. Será precisamente por ese punto marciano, robótico, casi ausente, por lo que la grada de Wimbledon prefiere tomar partido no ya por Federer en 2019, que es comprensible, sino por Matteo Berrettini. Por el que sea, vaya. Es difícil de entender y a la vez tiene algo de injusto: a un gran campeón hay que tratarle como tal y mostrarle un mínimo de aprecio. No es que a Djokovic le importe demasiado, pero, vaya, seguro que sería capaz de agradecer algo de apoyo. Jugar siempre fuera de casa acaba siendo mentalmente agotador.

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