La noche en que el Che Guevara le pidió una entrada a Di Stéfano para verlo jugar en Bogotá

Rory Smith
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A primera vista, los tres hombres sentados en una mesa del restaurante Embajadores en el centro de Bogotá, Colombia, parecían una comparsa poco común. Es verdad, todos eran más o menos de la misma edad, de veintitantos años. Además, mientras contaban sus aventuras, sus acentos delataban que los tres eran argentinos. Estaban muy lejos de casa.

Sin embargo, ahí terminaban las similitudes. Un miembro de la reunión era alto, rubio y siempre vestía de manera impecable. Se podría decir que Alfredo Di Stéfano era el atleta más famoso de Sudamérica; luego se convertiría en el futbolista más célebre de su generación. Fue un estatus que se tomó a pecho.

Por otro lado, sus invitados seguramente rayaban en lo desaliñado. Ernesto y Alberto eran médicos, pero habían viajado durante meses, en busca de la médula de Sudamérica en un par de motocicletas polvorientas y destartaladas, vivían de sus alforjas, a menudo dormían bajo las estrellas. Tenían los rostros barbados y las ropas desgastadas.

El amigo de un amigo los había puesto en contacto con Di Stéfano. Y, a pesar de su fama, no solo había accedido a reunirse con ellos, sino que también les llevó regalos: algo de yerba mate, la amarga bebida herbal que por alguna razón les gusta a los argentinos y -más importante- un par de entradas para un partido del día siguiente.

Después de todo, ese era el motivo por el que Ernesto y Alberto estaban en Bogotá. Los dos eran aficionados al fútbol y se habían tomado un descanso de su trabajo en Leticia, cerca de la frontera peruana, para hacer el viaje de horas hasta la capital y así poder ver al equipo más fascinante de la liga más fascinante del mundo. Estaban ahí para ver un juego de los piratas.

Al verlo en retrospectiva, y al saber quiénes estaban sentados en la mesa, se puede percibir lo extraordinario de la escena, descrita de manera vívida en la biografía de Ian Hawkey sobre Di Stéfano.

En el viaje por Sudamérica, y particularmente en Colombia, uno de esos médicos iba a ser testigo de una desigualdad tan rampante que se convenció de la necesidad de un cambio social y, a la postre, una revolución violenta. Unos años más tarde, el mundo iba a conocer a Ernesto, el hombre de 24 años que le pidió un boleto a uno de los mejores jugadores de su país, como el Che Guevara. No obstante, ese día, dentro del Embajadores, tan solo era un chico, un doctor, un aficionado. Si había un rebelde en esa mesa, ese era Di Stéfano.

Di Stéfano había llegado a Colombia tres años antes, atraído por las riquezas inconmensurables que ofrecían los clubes de fútbol del país, para firmar con el Millonarios de Bogotá. Era la figura más importante, la atracción más grande, pero no estaba solo: cientos de jugadores, principalmente de Sudamérica, pero también un puñado de Europa, habían hecho el mismo viaje.

La Liga Pirata

En Colombia, los medios informativos lo llamaban El Dorado: la época dorada. En otras partes, tuvo un nombre distinto. En Inglaterra, desde luego, se le llamaba la Liga Pirata, y es una historia que vale la pena recordar.

Hace unos días Josep Maria Bartomeu anunció su tan anticipada renuncia como presidente de Barcelona, no con un gemido, sino con una explosión. En su discurso de despedida, confirmó que él y su junta habían acordado, en principio, formar parte de la próxima Superliga europea.

Unas pocas horas después, Javier Tebas, el bombástico presidente de La Liga, acusó a Florentino Pérez -el presidente del Real Madrid- de orquestar el anuncio de Bartomeu. Tebas alegó con furia que esta última encarnación de la Superliga es un proyecto en el que Pérez lleva trabajando años, pero es una conspiración que está destinada al fracaso.

Siempre se dice eso sobre este tipo de ideas. El sistema tradicional del fútbol advierte de manera arrogante que no podría funcionar porque los clubes renegados quedarían a la deriva de sus asociaciones nacionales y continentales. Se volverían parias.

Según la advertencia, eso tiene consecuencias reales. Sus jugadores no serían elegibles para jugar en las competencias de la FIFA. y buena suerte al intentar persuadir a Kylian Mbappé de participar si no puede jugar la Copa del Mundo. No habría una mezcla con los equipos que se quedaron en las ligas nacionales, ninguna competencia doméstica de copa, ningún involucramiento con la UEFA, no habría vuelta atrás. Esta siempre se presenta como la amenaza final, el obstáculo que ninguna propuesta de separación podría quitar.

Salvo, claro está, en esa única ocasión en la que sí se pudo. A fines de la década de 1940, con Colombia al borde de una guerra civil tras el asesinato de Jorge Gaitán, su gobierno decidió, por primera vez, comenzar una liga profesional nacional. Antes de eso, el fútbol en Colombia había sido local y no profesional. Las autoridades pensaron que una nueva liga glamorosa, que comenzó en 1948, podría servir para distraer a una población inquieta (no funcionó).

Sin embargo, en 1949, se rompió la tregua intranquila entre Dimayor -el organismo que supervisaba la liga profesional- y Adefútbol, la federación del país. Esta última se distanció de la primera, en el que debió ser el fin del experimento. En este caso, sucedió todo lo opuesto.

Falta de regulación

Los clubes de la liga vieron una oportunidad en la excomunión. Como ya no estaban afiliados a su federación nacional, ya no formaban parte de la FIFA. Y eso significaba que no tenían que acatar las reglas de traspasos de la FIFA.

Por lo tanto, los clubes de Colombia -aprovechándose de una huelga de jugadores en Argentina, así como de un sueldo y unas condiciones de trabajo precarias en toda Sudamérica y buena parte de Europa- se dedicaron a realizar compras frenéticas sin precedentes.

En los años que siguieron, llegaron cientos de jugadores extranjeros, entre ellos toda la selección nacional de Perú; Heleno de Freitas, la brillante y atribulada estrella brasileña; Adolfo Pedernera, uno de los futbolistas más famosos de Argentina, así como jóvenes talentos del nivel de Héctor Rial y el fulgurante Di Stéfano.

El atractivo del fútbol forajido incluso llegó al Reino Unido, considerado todavía como el pináculo del juego. Para los jugadores de ahí, los cuales todavía ganaban el salario mínimo -que en ese entonces eran los sueldos más altos con tan solo 12 libras a la semana-, las cantidades que se ofrecían en Colombia eran demasiado buenas para rechazarlas: miles de dólares en comisiones por firmar contrato, infladas porque los clubes piratas no debían pagar cuotas de transferencia, además de cientos de dólares en salarios.

Aceptar el dinero de los amotinados era tan controvertido que las historias sobre la llegada de los jugadores a Colombia parecen extraídas directamente de las novelas de espías: Bobby Flavell del Hearts en un coche en movimiento sobre la pista del aeropuerto de Glasgow; Neil Franklin, considerado el mejor defensor inglés de su generación, fue sacado del país de contrabando, de incógnito. (Tan solo Matt Busby, el grandioso entrenador del Manchester United, parecía entender la motivación. Cuando su medio izquierdo, Charlie Mitten, recibió una oferta, le dijo que la aceptara. "Andá o te morirás con la duda", le dijo Busby).

Un experimento breve

Por supuesto, no duró mucho. Pocos de los europeos que lograron llegar a Colombia fijaron su residencia ahí. Franklin tan solo estuvo seis partidos. Después de unos pocos años, la liga se vio obligada a regresar al rebaño de la FIFA y el deslumbrante despliegue de estrellas que había contratado quedó a la deriva. A algunos les dieron la bienvenida de vuelta los clubes de los que habían desertado. Otros, en particular en Inglaterra, fueron tratados como herejes, despreciados por atreverse a querer ganar más dinero.

¿Por qué saco el tema en este momento? En parte, si soy totalmente sincero, porque es una historia genial, una que no estuvo ni cerca de haberse contado lo suficiente, aunque Franklin, al menos, fue el tema de dos libros en el último año: England's Greatest Defender y Flight to Bogotá.

Y en parte porque, ahora que los clubes de la élite europea coquetean con la idea de volver a formar una liga disidente, los días de El Dorado ofrecen una advertencia: a final de cuentas, los jugadores irán donde esté el dinero y los aficionados los seguirán. Los clubes de la liga pirata pudieron pagar sus generosos salarios tan solo porque los estadios de Colombia estaban llenos hasta los techos. Con una audiencia internacional fragmentada, probablemente sea justo suponer que sucederá lo mismo con una Superliga.

Sin embargo, es porque, en esencia, a pesar de todo el fuego y la furia que genera la sola mención de una superliga, nos recuerda que incluso los acontecimientos desagradables pueden producir beneficios inesperados y que, a menudo, los rompimientos con la ortodoxia -ya sea el nacimiento de la misma Liga Premier o el Caso Bosman- son los que originaron los mayores cambios en la historia del fútbol.

Alfredo Di Stéfano, un prócer del Real Madrid de los años 60
Alfredo Di Stéfano, un prócer del Real Madrid de los años 60

Crecimiento del Real Madrid

La consecuencia más evidente de la liga pirata fue el ascenso del Real Madrid: Santiago Bernabéu, el ambicioso presidente del club y el precursor de Pérez, cazó a Di Stéfano cuando dejó Colombia, una transferencia que casi de inmediato hizo que su equipo se convirtiera en la primera superpotencia continental del deporte.

No obstante, los efectos de esa era tuvieron innumerables efectos. En Inglaterra, probablemente contribuyeron al final de la época del salario mínimo -derogada en 1961- y del sistema conocido como "retén y transfiere", el cual fue desmantelado dos años después. De una forma más generalizada, tal vez adelantaron la llegada de la era de las superestrellas del fútbol, en la que el poder y el dinero se concentraron más que nunca en las manos de los mejores jugadores.

El día posterior a la reunión con Di Stéfano en el restaurante, Guevara y su compañero, Alberto Granado, fueron a ver el partido de Millonarios. Guevara no quedó especialmente impresionado: le escribió a su madre para quejarse de que los asientos no tenían la mejor vista.

Tal vez no fue ninguna sorpresa que a Guevara no le haya gustado: la liga pirata era un vistazo al futuro del fútbol: profesional, corporativo y lleno de dinero. Sin embargo, Granado estaba mucho más contento. Se consideraba una especie de jugador experto, un pícaro mediocampista y le gustó lo que vio, fuera o no una amenaza para el entramado del juego. "Creo que lo puedo poner en la galería de los mejores partidos que vi en mi vida, que no son pocos, pero tampoco demasiados", escribió Granado.

Como ya te habrás dado cuenta, ahora los tiempos son distintos. Nada es como solía ser. Es difícil distinguir la razón detrás de esto. Tal vez sea el efecto tergiversado de la pandemia, en la que todos los días, en esencia, son el mismo. Por eso la semana pasada se siente distante pero, de alguna manera, marzo parece cercano.

O tal vez sea que vivir en un ciclo de noticias tan fugaces -la primera ola, las protestas, la segunda ola, las elecciones y ¿qué tuiteó ahora el presidente?- cambió el significado de la inmediatez, como si el cerebro estuviera confundido para determinar si la información debe almacenarse en la memoria a corto o largo plazo.