La noche en que asaltaron al FBI

Ezequiel Fernández Moores
·5  min de lectura
John Edgar Hoover
Sebastián Domenech

A comienzos de los años setentas, Nueva York era “la ciudad del miedo”. Cinco familias de la mafia dominaban todo. Gambino, Genovese, Luchese, Colombo y Bonano. Sindicatos, camiones, restaurantes, cemento, basura, fondos de pensión, bancos, aseguradoras, apuestas, drogas. Todas las noches había un incendio en el Bronx para cobrar seguros. En un mes hubo hasta 137 robos de bancos. Controlaban también negocios legítimos. Textil, transporte, hospitales, puertos, boom inmobiliario. Jueces y policía. Apenas uno o dos perejiles presos por año. Las familias recaudaban entre 60 y 100 millones de dólares por año con base en asesinatos, extorsiones y omertá. La principal preocupación del FBI, sin embargo, era por los militantes negros y los opositores a la invasión a Vietnam. Esa política del FBI quedó expuesta el 8 de marzo de 1971. La noche de “la pelea del siglo” entre Muhammad Ali y Joe Frazier en el Madison Square Garden de Nueva York.

El aniversario número cincuenta reabrió recuerdos de la pelea que enfrentó a dos campeones olímpicos y mundiales, invictos y de estilos opuestos. Estaba también sobre el ring el nuevo rey y supuesto representante del establishment (Frazier) vs. el rey despojado de su título porque se había negado a combatir en Vietnam (Ali). Y estaban Dustin Hoffman, Woody Allen, Barbra Streissand, Bill Cosby, el senador Ted Kennedy, los astronautas de la Apolo 14, Joe Louis, Bob Dylan, Miles Davis y Duke Ellington. Y Frank Lucas, mafioso rey de la heroína que años después sería Denzel Washington en la película American gangster. Norman Mailer como cronista de Life y Frank Sinatra de fotógrafo (fue el tercer hombre más fotografiado de esa noche, luego de Ali y de Frazier). Bolsa récord de cinco millones de dólares. El actor Burt Lancaster comentó para el circuito cerrado de TV. Más de trescientos millones de telespectadores en el mundo. Y más de veinte mil personas en el Madison. Una parte, minoritaria, con Ali. La mayoría con Frazier. Liberales vs. conservadores. Grieta de medio siglo atrás.

A John Raines, a su esposa Bonnie y a los demás miembros de la “Comisión de Ciudadanos para Investigar al FBI” también les gustaba el boxeo. Pero coincidieron en que esa noche era ideal para un golpe que también fue libro y película. Es una de las mejores historias que leí en estos días de recuerdos de la pelea mítica. Mientras Ali y Frazier subían al ring, Raines, un profesor de religión ya fallecido, y sus compañeros (algunos nombres aún hoy son secretos) irrumpieron en oficinas del FBI en la ciudad de Media, Pensilvania. Habían estudiado durante ocho meses todos los movimientos del lugar. No querían quemar oficinas gubernamentales, como venía sucediendo en muchas protestas en esos tiempos de represiones y asesinatos políticos. El grupo quería encontrar documentos que comprobaran las actividades ilegales del FBI que conducía Edgar Hoover. Pero Keith Forsyth chocó contra una cerradura adicional que no estaba en los cálculos. Se volvió al motel para avisar a los demás. La pelea estaba retrasada y el grupo decidió que Forsyth volviera a las oficinas. Llevó una palanca. Esperó el inicio de la pelea. Los gritos de los aficionados en sus casas ayudaron a tapar el ruido.

Muhammad Ali y Joe Frazier
Muhammad Ali y Joe Frazier

Ali dominó al inicio, pero Frazier reaccionó. En el quinto round desafió inclusive a Ali con sus manos bajas. Como respondiendo a las burlas previas de Ali. Frazier había intercedido ante el presidente Richard Nixon para que Ali pudiera volver a boxear, pero Ali, antes de la pelea, lo llamó “Tío Tom” y “gorila”. Lo hizo blanco. En el undécimo round, Ali, siempre histriónico pero ya agotado, recibió un gancho de izquierda y cayó a la lona con ambos guantes y la rodilla izquierda. Sin sus piernas de antes, la mariposa ya no flotaba. Llegó como pudo al rincón. Si bien conectó muy buenos golpes en la decimocuarta vuelta, Ali cayó en la última tras un nuevo gancho de izquierda de Frazier. Sobrellevó hasta el final un “holocausto pagano en un último ejercicio de voluntad, algún fundamento de hierro del ego”, escribió Norman Mailer en Life. En los últimos cinco rounds Frazier conectó 156 golpes; Ali, 106. Fue una conmoción. Ali, “The Greatest”, sufría su primera derrota como boxeador profesional.

El grupo de Raines no tuvo tiempo para lamentar la caída de Ali. No salía de su asombro al revisar el botín secuestrado. Mil documentos de espionajes y persecuciones. Y, más grave aun, un grupo clandestino llamado “Cointelpro” que había enviado mensajes anónimos a Martin Luther King diciéndole que se suicidara a cambio de no difundir sus aventuras extramatrimoniales. Que vigilaba al propio Ali. Y que asesinó al líder de las Panteras Negras Fred Hampton. Los documentos fueron publicados por The Washington Post y demolieron al FBI de Hoover. Tras la pelea, Ali y Frazier terminaron en el hospital. Ali, orgullo mediante, apenas unas horas. Diana Ross ya había pasado hielo por su rostro hinchado. El de Frazier era una masa deforme y sangrienta. Ali recibió un rumor dramático de que “Smokin Joe” podía morir en el hospital. Cuentan que se arrodilló y dijo que abandonaría el boxeo. Unos meses después, 28 de junio de 1971, con Vietnam en crisis, la Corte Suprema de Estados Unidos le restableció todos sus derechos. Ali recuperaría la corona sobre un ring. A la dignidad no la había perdido nunca.

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