Navegar en Mercenario 4: ingenio, valentía y estrategia para resolver en el mar y ganar

Camila Iannini
lanacion.com

El velero argentino Mercenario 4 saliendo del puerto de Buenos Aires hacia Río de Janeiro.

Estaban en el mar y eran las 22. En medio de la oscuridad de la noche inmensa, se rompió el obenque alto, un cabo grueso que sujetaba la cabeza de un palo del velero. Con esa visibilidad nula, había que repararlo. Y lo más pronto posible: estaba en juego la victoria en la tradicional regata oceánica Buenos Aires-Río de Janeiro, una de las grandes de América. Quedaban 68 millas náuticas (casi 126 kilómetros) para la meta y no había tiempo por perder para Mercenario 4, uno de los principales barcos, candidato fuerte al triunfo.

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Faltaban unas ocho horas de navegación y los tripulantes del velero argentino tuvieron que debatirse entre la hazaña de llegar primeros y la certeza de preservar la seguridad del equipo. Sebastián Mendonça Gainza, el trimmer de mayor (aquél que se encarga de que las velas estén en condiciones durante la navegación), afrontó el riesgo y subió al mástil, la acción más peligrosa de los seis días de odisea en el Atlántico. Con otra dificultad: Mercenario 4 transitaba muy rápido sobre el agua. Cada ola golpeaba y lo descompensaba. Y qué decir de hacer reparaciones allá, arriba, donde el movimiento es mayor.

Pero Mendonça Gainza es un fenómeno, según las descripciones y los ademanes de sus compañeros en una charla para LA NACION, que se enciman para elogiar su pericia: lideró los trabajos de madrugada a tientas para tensar otra vez la vela y, aunque el equipo pasó unas cuatro horas con una solución provisoria, se las arregló más que bien. Grandiosamente: Mercenario 4 conquistó la Buenos Aires-Río de Janeiro. Sus once tripulantes cubrieron las 1200 millas náuticas en línea recta -unas 1800 con el serpenteo, según ellos- en seis días, 14 horas, 26 minutos y un segundo. Cruzaron la línea después del gran Fortuna III (6d5h8m19s), de la Armada Argentina, y de Hit América del Sur (6d10h41m29s), pero el tiempo corregido según Fórmula ORC adjudicó el triunfo a la nave capitaneada por Martín Nacarato.

Fue una victoria de la experiencia a bordo, la planificación estratégica y la motivación colectiva. No es que nadie más tenga esas virtudes, pero el grupo de Mercenario 4 acredita más de 15 años de experiencia, en los que se había coronado en la Buenos Aires-Río de 2011 y en la Río-Ciudad del Cabo de 2017. Sus integrantes no comparten club, sino la pasión por navegar y la infinidad del mar. Dependen el uno del otro para lograr la victoria y hasta su propia subsistencia deportiva. "Ya teníamos pulida la parte de performance del barco, por los últimos tres años, en que estuvimos trabajando con él", comenta Sebastián Peri Brusa, táctico de Mercenario 4 y miembro de la tripulación. El nuevo éxito sudamericano fue el resultado de un enorme trabajo en el Soto 44, un barco de 13,5 metros de eslora, 3,55 metros de manga, 2,75 metros de calado y 7500 kilos de desplazamiento.

Juan Cruz Scarpellini, Sebastián Mendonça Gainza, Sebastián Peri Brusa y Fernando Arieu, cuatro de los once tripulantes de Mercenario 4.

"Para prepararse para una regata así hay que hacer muchos cambios que tienen que ver con la seguridad a bordo", explica Mendonça Gainza el héroe de la reparación a a oscuras en plena competencia. Por caso, Mercenario 4 estuvo equipado con dos balsas salvavidas. En compensación, era necesario evitar sobrepeso, y un mecanismo es el que permite prescindir de transportar agua potable. "Instalamos un desalinizador. Es una de las claves para no llevar cargado el velero y tener agua para tomar e higienizarse", detalla Peri Brusa. La desalinización es realizada por ósmosis inversa y convierte el agua de mar en agua mineral. "Es mucho más rica que la que tomás en tu casa", coinciden todos con sonrisas. El desalinizador les eliminó el problema de llevar 500 kilos más en el barco. Algo similar ocurrió con la comida: llevaron sobres de alimento desecado, el mismo que comen los montañistas en plena acción en la altura.

Se requiere mucha destreza física, y también anticipación y proactividad. Y el equipo argentino supo leer las condiciones meteorológicas desde el inicio. "Esta regata fue atípica porque tuvimos mucho viento de frente y eso nos llevó a navegar haciendo zigzag. Sabíamos que desviándonos y encarando de costado la Bahía de Guanabara íbamos a llegar bien", apunta Juan Cruz Scarpellini, el trimmer de spi, o sea, el encargado de ajustar el Spinaker de forma tal que el barco tenga su máximo rendimiento navegando de popa. La decisión estratégica más importante fue la de desviarse 50 millas náuticas (92 kilómetros) hacia el este y hacer de recorrido de más para encontrar mejores condiciones: más viento, una dirección más favorable y menos corriente en contra. "La regata terminó siendo mucho más larga, porque de las 1200 millas en línea recta, navegamos un 50% más", comenta el navegador Fernando Arieu.

La percepción de la realidad se distorsiona una vez en el océano. El equipo pierde la dimensión del tiempo, la señal de telefonía y la conexión con los problemas cotidianos. En contrapartida, comienza a focalizarse en el objetivo de llegar más temprano a la meta. Sus miembros hicieron turnos de cuatro horas. Mientras un grupo se mantuvo activo intentando ganar velocidad y aprovechar el viento luego de abandonar la cuenca del Río de Plata, otro descansaba como podía. Los tripulantes durmieron en camas pivotantes para respetar los 37 grados de escora con los que se traslada el barco. Pero Mercenario 4 cambiaba de dirección constantemente y los navegantes compartían el sueño con los cambios de orientación de las camas. "Todo el tiempo uno está quemando calorías, hasta cuando duerme", cuenta con cierta sorna Scarpellini, ya que todos modificaban el ángulo de las camas mientras descansaban según los cambios de dirección del viento.

La experiencia oceánica de cada integrante del equipo fue la clave del éxito. "Es importante tener tantas millas", afirma Scarpellini para referirse a la astucia con la que resolvieron los inconvenientes. Sobre el final de la regata, los once navegantes tomaron sus puestos para ganar velocidad. "Es como una regata aparte", compara Mendonça Gainza. "El último tramo era la parte donde más resultado debía darnos todo lo que habíamos ganado en distancia lateral. Uno ve que alguien va más adelante y parece que va a ganar, pero es una cuestión de percepción de realidad", justifica Peri Brusa la estrategia. Una de las virtudes que funcionaron en la tripulación de Mercenario 4, a la par de la valentía, el ingenio, la maña y el espíritu de equipo, para que el velero argentino volviera a imponerse en la regata oceánica sudamericana que prestigia enormemente a su vencedor.

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