La mujer y el piloto judío que humillaron a Hitler con un "auto feo" en la carrera de "Le Million"

Alberto Cantore
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Para el Gobierno alemán el deporte pasó a ser una cuestión de estado. Adolf Hitler no deseaba organizar los Juegos Olímpicos de 1936, pero Joseph Goebbels lo convenció por el valor propagandístico que tendrían: el Tercer Reich encandilaría en Berlín a quienes más tarde sometería. Con el deporte motor debía suceder lo mismo: los pilotos germanos tenían que demostrar supremacía y audacia ante los rivales, y la industria automotriz superioridad y excelencia sobre los fabricantes europeos. No resultó una casualidad que prácticamente un año después de las 89 medallas que cosecharon los atletas alemanes en los JJ.OO., Hitler recibiera en la mansión Bayreuth, una casa que perteneció al compositor Richard Wagner y una de las residencias preferidas del Führer, al piloto Rudolf Caracciola,solo para celebrar la victoria del día anterior en el circuito de Nürburgring.

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Mercedes y Auto Unión eran las banderas germanas: las Flechas de Plata y sus tres décadas de experiencia en competencias y la incipiente fábrica que resultó la semilla de Audi eran parte de un programa de carreras para reflejar superioridad. Los Silberpfeile -Flechas Plateadas- fueron la creación de los ingenieros que, por dictámenes reglamentarios de los Grand Prix, encapsularon un motor de 8 cilindros y 3360 centímetros cúbicos en un chasis de 750 kilos, en lugar de las casi dos toneladas que pesaban las SSK. En 1934, un año después que Hitler asumió tras la dimisión de Paul von Hindenburg, Mercedes empezó a marcar el pulso y despertó el orgullo de los franceses, que impusieron un premio de un millón de francos para recompensar al fabricante que lograra una media de 146km/h, en un circuito de 200 kilómetros, y así batallar contra el avance de los germanos. Sería la carrera de Le Million.

El video de la carrera

Con Caracciola y Bernd Rosemeyer, Mercedes contentaba con victorias a Hitler. Hasta que una mujer, un piloto judío y un fabricante francés se consagraron en una pesadilla para el Führer. Lucy O'Reilly Schell, René Dreyfus y Charles Weiffenbach se unieron en un proyecto que ocultaba un costado reivindicador. Schell no era una advenediza: de padre estadounidense pero nacida en París, fue pionera entre las mujeres de los EE.UU. en tomar parte en un gran premio e invirtió la herencia para desafiar al nacionalismo alemán. Eligió al fabricante más inesperado para el plan: Delahaye, una empresa francesa destacada por los vehículos pesados, principalmente camiones. La selección del piloto también fue una decisión de Lucy, que reclutó a Dreyfus, una promesa que quedó marginado de los mejores equipos por su religión.

El diseño del auto fue una decisión de Schell que Weiffenbach aceptó con reparos; las tareas se demoraron más de lo pautado y a falta de un par de meses para la carrera el auto no estaba terminado. El Delahaye 145 no impresionaba, alentaba al fracaso y a la burla; Dreyfus directamente lo consideró "un auto feo". De aspecto compacto, pero poco aerodinámico y de guardabarros desproporcionados, su presencia fue reprobada por el público en la presentación en el circuito de Monthléry.

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La esperanza de grandeza parecía no estar destinada para el conjunto en la cita de Le Million, aunque se encadenaron detalles que torcieron la dirección del plan que desde afuera se condenaba a un estrepitoso fracaso. Dreyfus era un piloto astuto, inteligente. Entrenó con obsesión en el circuito-en los Pirineos franceses-, memorizó las curvas, detectó hasta qué punto podía acelerar y cómo rebajar el consumo de combustible. El día de la carrera, el 10 de abril de 1938, demostró su bagaje de conductor de excelencia para anotarse la victoria automovilística con la que humillaron a Hitler.

Gran Premio de Pau, el golpe

Además del favoritismo de Caracciola, los 50 mil espectadores que accedieron al Gran Premio de Pau pronosticaban que Tazio Nuvolari, con Alfa Romeo, sería el rival de fuste de las Flechas de Plata. El incendio del auto en las prácticas, la flexibilidad del chasis provocó que se partiera el tanque de combustible, quitó al principal retador de la carrera y la marca, por cuestiones de seguridad, también retiró a su compañero Luigi Villoresi; tampoco estaría en la grilla Jean-Pierre Wimille, ganador con Bugatti en 1937. Los pilotos de Talbot no asistieron a la cita, Antonio Negro estrelló su Maserati el día anterior de la prueba y no lograron recuperar los daños en la dirección. Las bajas incluyeron al Mercedes de Hermann Lang -pérdida de presión de aceite- y Alfred Neubauer, jefe del equipo, determinó que no sería de la partida.

Los inconvenientes del resto no desacomodaron a Dreyfus, que se ajustó a los rituales que cumplimentaba en la previa de cada Grand Prix: antes de partir de la habitación del hotel se quitó el anillo de casamiento y el reloj, los que pasaría buscar después de la carrera; también se anudó tres veces los cordones y cortó las puntas para que no se engancharan con la pedalera. No era el único en conservar esa clase de liturgia: Lang colgaba herraduras en el box, Nuvolari vestía un tradicional buzo amarillo y Caracciola utilizaba unas zapatillas gastadas y manchadas de grasa.

La estrategia de carrera de Dreyfus fue repasada junto con su ingeniero Jean Francois, mientras que Caracciola conversó animadamente con Neubauber. El plan de Mercedes no escondía secretos: acelerar y pulverizar a los rivales, una costumbre de los últimos tiempos. Apenas ocho pilotos tomaron parte de la largada; al grito de "cinco minutos" que voceó el director de la carrera, Charles Faroux, los conductores se acomodaron en los autos. La Flecha de Plata tomó la delantera, quemaba combustibles en proporciones desmedidas respecto a sus rivales y en el séptimo giro marcó el récord de vuelta; nada que estuviera fuera del libreto.

Pero la luz de ventaja no era la suficiente para ensayar un repostaje de combustible descansado: el ritmo frenético que imponía Mercedes los obligaba a entrar al pit, mientras que la regularidad que enseñaba Dreyfus y su Delahaye le permitía ir hasta el final de la carrera sin necesidad de recargar. En el giro 52, Caracciola fue convocado a boxes: el piloto se bajó del auto y le comunicó al equipo que tenía los pies levemente quemados, por lo que se decidió que Lang tomara la butaca y saliera a atrapar la victoria. Al regresar a la pista, la Flecha de Plata viajaba a 1m23s del auto francés y aunque el piloto aceleraba, Dreyfus neutralizaba los ataques.

La suerte del Grand Prix de Pau estaba echada. Los 469 caballos de Mercedes eran incapaces de quebrar a los escasos 225 del antiestético Delahaye, que celebró después de completar las 100 vueltas en 3h8m59s. La deshonra no quedó en el olvido y cuando los nazis invadieron Francia, en 1940, la Gestapo registró la sede del Automóvil Club; la leyenda señala que los cuatro Delahaye 145 fueron desmantelados y ocultados para que el misterio jamás llegara a las manos enemigas. Con financiamiento y el ingenio de una mujer y el aporte de un fabricante francés se construyó la victoria del piloto judío que avergonzó a Hitler.