La muerte de Sala y el mundo oscuro de los representantes

Luisa Corradini
lanacion.com

Cuando los investigadores intenten resolver el rompecabezas judicial y financiero que provocó la trágica muerte de Emiliano Sala, tropezarán una y otra vez con el nombre de William McKay. El nebuloso papel que jugó ese célebre intermediario escocés, tanto en el vuelo que debía llevar al atacante de Nantes hacia su nuevo club, el Cardiff City, como en el resto de la tragedia, obliga a mirar con atención el oscuro mundo de los agentes deportivos.

En ese universo opaco, los intereses en juego son tan importantes y los riesgos de "vendetta" tan reales, que la mayoría de quienes aceptan hablar, requieren el anonimato.

En este caso, McKay no es solo William. También está Mark, su hijo. Ambos trabajan juntos y fue éste último quien reconoció haber organizado el vuelo que transportó a Sala el 21 de enero. "Puedo confirmar que, cuando Emiliano Sala nos informó a mí y a Meissa N'Diaye (el agente del atacante italio-argentino) que quería regresar a Nantes después de la visita médica y de firmar el viernes en Cardiff, comencé a arreglar un vuelo privado para llevarlo a esa ciudad el sábado por la mañana. Quiero aclarar que el avión implicado en el terrible accidente no nos pertenece. Ni a mí ni a ningún miembro de mi familia", escribió después de la desaparición del Piper Malibu en las aguas del Canal de la Mancha. Ese desmentido fue, sin embargo, invalidado poco después por la prensa británica: el Piper de la tragedia, matriculado en Estados Unidos, pertenecería a una sociedad-pantalla inglesa propiedad de William McKay, aseguraron.

Hasta ahí e ignorando el último párrafo, no habría nada de excepcional. Según un actor del mercado de las transferencias, la familia McKay acostumbra proponer ese tipo de vuelos. "Es una forma muy común de trabajar cuando hay pases", afirma un agente francés. "Los clubes o los agentes pueden poner aviones a disposición, recurriendo a sociedades privadas".

En todo caso, en el pase de Emiliano Sala, fue McKay "Junior" quien hizo de intermediario entre el Cardiff y Sala. Mark posee una licencia de agente y suplantó a su padre, William. Aunque éste es el más célebre de los dos, perdió su licencia en 2015 cuando su sociedad se declaró en quiebra.

Muy activo en Gran Bretaña, pero también en Francia, McKay padre administró los intereses de jugadores como Joey Barton, Pascal Chimbonda, Charles N'Zogbia o el senegalés Idrissa Geye, actual mediocampista de Everton.

Mucho menos mediatizados que el portugués Jorge Mendes -rey mundial de los agentes, que representa entre otros a Cristiano Ronaldo,José Mourinho o Ángel Di María-, o del italiano Mino Raiola -agente de Zlatan Ibrahimovic o Blaise Matuidi-, los McKay forman parte de los agentes más activos del planeta futbolístico. Y naturalmente, se habrían ahorrado con gusto figurar en el drama de la muerte de Sala, que los marcará para siempre.

Pero ese trágico accidente acaba de iluminar en forma cruda el universo turbio de los agentes, cuya evolución negativa es denunciada por muchos observadores después de que la FIFA desreguló la profesión en 2015. Verdadero terremoto en el mundo del fútbol, cada federación es ahora libre de imponer o no una licencia a los representantes de jugadores.

Francia es uno de los raros países que conservaron el sistema de licencia obligatoria, otorgado después de un examen. En otros países, sobre todo en Inglaterra, convertirse en agente para negociar un pase es un juego de niños.

Con el nuevo sistema, la puerta quedó abierta a todos los excesos. "El medio está contaminado con parásitos exteriores realmente nefastos para el jugador", estima un profesional, titular de una licencia. "Mucha gente gravita en torno a los futbolistas e intenta ignorar los reglamentos. No es nada raro contactar a un jugador, que en principio no tiene agente y, cuando se perfila el pase, un amigo, un hermano, un tío se presenta y anuncia: 'Si no comparte la comisión, fulano de tal no firmará'. Es el mismo tipo de personaje que convencerá a un joven jugador de que deje el club que lo forma sin haberle dado tiempo para demostrar lo que vale", explica. "Nadie se improvisa agente. Es una profesión compleja. Hay que conocer perfectamente los reglamentos y tener una red de contactos", insiste.

En verdad, no todo es color de rosa en ese complejo universo. "Sobre los cerca de 300 licenciados en Francia, hay diez que viven súper bien, 40 que viven bien, 50 que viven, y el resto hace otra cosa", estima el especialista Jean Lapeyre, exdirector jurídico de la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

Esa proporción es más o menos similar en el resto de Europa. Un informe del Centro Internacional de Estudios del Deporte (CIES), emanación de la FIFA, estimaba en 2016 la proporción de agentes ocupados a tiempo completo por sus jugadores en 40%. También observaba una "auténtica concentración" del mercado: 83 agentes, sobre los 6.000 licenciados, representaban a la mitad de los jugadores de los cinco campeonatos más importantes (España, Inglaterra, Alemania, Italia y Francia).

"Agente" sinónimo de "dinero" suele ser verdad para los más ocupados, que se reparten en Europa los cerca de 400 millones de euros de ingreso estimados por el CIES. En Francia, la cifra de negocios de los agentes en 2016 era estimada en 35,7 millones de euros por el mismo instituto.

El belga Stephen Desberg es un célebre autor de historietas, creador de una saga sobre el mundo del dinero titulada "IR$ Team". Corrupción, sexo, dopaje, mafia y partidos arreglados, Desberg no elude ninguna de las derivaciones del mundo del fútbol en uno de los álbumes de la serie. "Oficialmente no están presentes. Pero cualquiera puede reconocer en la historieta a gente tan poderosa como Jorge Mendes o Sepp Blatter", reconoce.

Para su trabajo, Desberg se inspiró en trayectorias y carreras bien conocidas. "Entre los agentes, hay alguien que es extremadamente célebre en Bélgica, el italiano Lucien D'Onofrio, que partió de la nada y de golpe se convirtió en el representante de Zinedine Zidane. Su caso me interesaba mucho, pues era un jugador totalmente desconocido de tercera división en mi país. Puso punto final a su carrera y de golpe lo vimos transformarse en manager en Oporto, agente de Zidane y de otros grandes jugadores. Era normal que nos preguntáramos qué había detrás de todo eso, sin hacer de él un caso preciso. Investigando nos dimos cuenta de que eso era más común de lo que pensábamos", relata.

Personaje de dudosa reputación, D'Onofrio fue procesado varias veces por la Justicia y condenado en un escándalo de pases sospechosos del Olympique de Marsella. Desberg considera que su visión desencantada de la profesión de agente es realista. "Todos saben, por ejemplo, que es muy difícil contactar a todos los miembros de un equipo en secreto si se quiere arreglar el resultado de un partido. Es necesario pasar por los agentes, que tienen con frecuencia varios jugadores influyentes en cada equipo. Es mucho más práctico, aunque bastante caro", afirma.

"Excepto en los grandes clubes, como Barcelona o Bayern Munich , que pueden controlar sus destinos, en Bélgica o Francia, por ejemplo, los agentes viven tratando de dar algún golpe financiero o hacer zancadillas a los demás. Apenas un club consigue fichar a un jugador, basta con que haga tres buenos partidos para que ya se lo mencione yéndose a alguna otra parte", analiza. "Entre los agentes hay personajes muy peligrosos. Suficiente con observar las mafias serbias o bosnias. Para terminar con esa gente, ¡es necesaria una voluntad mundial!", concluye Desberg.

En su libro "Los Padrinos del fútbol", los periodistas Brendan Kemmet y Stéphane Sellami explican con claridad cómo los jugadores se convierten en "objeto de deseo" de ciertos "bandidos". A su juicio, fútbol y mafia se cruzan regularmente y se fascinan.

"Esos lazos se tejen porque los jugadores comienzan sus carreras muy jóvenes y son influenciables, carecen de marcos de referencia y viven en el mismo mundo que los bandidos", detalla Kemmet. "También tienen intereses comunes, como los autos de lujo, las discotecas y la noche. Es generalmente ahí donde se producen los encuentros y los arreglos", agrega.

Kemmet y Sellami evocan un caso emblemático, el de Blaise Matuidi en 2013, cuando un mafioso de los suburbios parisinos decidió convertirse en agente del campeón mundial, entonces jugador del PSG. "Era un hombre conocido por la policía y la Justicia, que puso toda su energía en tomar la carrera de Matuidi en sus manos. El contacto se hizo a través de uno de sus amigos, responsable de la comunicación en un conocido boliche parisino", relata Sellami.

Matuidi se salvó de la trampa porque estaba bien rodeado. Su padre y su mujer lo convencieron de que no podía abandonar de un día para otro a su agente y cambiarlo por alguien desconocido. Pero después tuvo enormes dificultades para evitar la venganza y la campaña de acoso lanzada por el delincuente y su entorno.

Nadie lo supo porque, además, como en la mafia, uno de los grandes problemas de ese medio es la regla de la "omertá" (el silencio). "Para hacer nuestro libro tuvimos enormes dificultades para que la gente hablara. El mundo de los agentes es un universo cerrado, donde los secretos se guardan bajo siete llaves", afirma Sellami. Y Kemmet concluye: "Los bandidos están presentes a la salida de los entrenamientos, en los partidos, reciben las camisetas, son los íntimos. En el momento preciso en que uno pone el dedo ahí, comienza el problema".

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