Miles de millones, fanfarronadas y la Superliga que no fue

Rory Smith
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Debieron saber que a quienes habían abandonado iban a sonar la alarma. Sin importar la fortuna o la desconexión de los multimillonarios, los oligarcas y los príncipes detrás de la maquinación de la Superliga europea, seguro no se imaginaban que las ligas, las federaciones y los clubes que planeaban echar por la borda en busca de una riqueza sin fondo iban a recibir su plan con guirnaldas y vítores.

También debieron anticipar algún tipo de reacción negativa de los aficionados. Seguro no esperaban que el mayor cambio en medio siglo del deporte más popular del mundo —un deporte con un código genético de una pasión feroz e intensamente personal— se iba a topar con consentimiento y apatía, mucho menos una aprobación universal.

Cuando realizaron el simulacro para determinar cómo lanzar esa idea galácticamente genial, cómo podría ser recibida la posibilidad de un replanteamiento del paisaje del fútbol europeo, al menos un escenario debió involucrar pancartas colgadas en las rejas y las calles inundadas de protestas.

Tal vez lo sabían. Tal vez pensaban que podían perder a sus aficionados, sus pares y sus instituciones y a pesar de todo seguirían aguantando. Tal vez el exterminio de un proyecto que ha estado en desarrollo durante años —a pesar de toda la sofistería de Florentino Pérez, el presidente de dos días de la revolución de 48 horas— fue el hecho de que también perdieron al resto.

Para el lunes, menos de un día después de iniciar su mundo feliz, habían perdido a los gobiernos y a la Unión Europea. No mucho tiempo después, perdieron a las cadenas de televisión que, a final de cuentas, habrían tenido que pagar por todo el asunto.

Luego perdieron a los jugadores y los entrenadores, las estrellas del espectáculo que esperaban vender en todo el mundo para poder engrosar todavía más sus ganancias: primero, Ander Herrera, James Milner, Pep Guardiola y Luke Shaw; después, en cuestión de horas, decenas más, escuadras completas de futbolistas, salieron de sus escondites para hacer pública su oposición al plan.

La nueva Superliga de Europa, creada tan solo dos días antes, estaba muerta.

Con todo sigilo, el Atlético de Madrid fue el primero en parpadear, cuando la mañana del martes contactó a la UEFA para comenzar un proceso de reinserción. Unas horas más tarde, el Chelsea siguió su ejemplo, luego el Manchester City se convirtió en el primero en declararlo en público. Se suponía que Pérez tendría que haber hecho una aparición televisiva para ese entonces; reculó, según dicen, porque estaba en juntas con sus colegas rebeldes.

Si intentó persuadirlos para que esperaran, no funcionó. Los que quedaron del contingente inglés —el Liverpool, el Manchester United, el Tottenham y el Arsenal— emitieron comunicados casi simultáneos apenas antes de las once de la mañana en el Reino Unido, donde confirmaron que ya no estaban involucrados. Tan solo uno de ellos, el Arsenal, de verdad pensó en disculparse. El Inter de Milán se retiró poco después.

Más o menos una hora más tarde, los directivos confirmaron que el proyecto estaba encallado. El lunes por la noche, Pérez dijo en la televisión española que estaba preocupado de que los jóvenes ya no tuvieran la concentración necesaria para ver el fútbol. Resulta que su solución para ese problema tuvo una vida media tan breve que un pez dorado pudo haberla sobrevivido.

Sin embargo, no solo se trató de cuán rápido se disipó todo —el futuro del fútbol del domingo ni siquiera llegó al miércoles—, sino con qué facilidad parecieron rendirse quienes lo habían diseñado y se habían afiliado. No se trata de que hayan perdido a los aficionados, las ligas, las televisoras y los patrocinadores. Se trata de que en ningún momento parecieron interesados en siquiera intentar convencerlos.

Durante buena parte de dos décadas, la promesa de una Superliga fue la gran espada de Damocles que se cernió sobre el fútbol europeo. Cada dos o tres años, se sacaba el tema a colación sin falta, el as bajo la manga en cada una de las negociaciones con la UEFA —y otros organismos— para concentrar más dinero y más poder en las manos de un grupo selecto.

Y, a pesar de todo, en las 48 horas de existencia de la Superliga, tan solo uno de sus arquitectos habló en público: Pérez, en una entrevista para “El Chiringuito”, un estridente programa nocturno de debate deportivo de España, el equivalente a anunciar el inicio de una guerra en el canal de las compras. De cierta manera, Pérez se merece un poco de crédito por eso, por la disposición para reconocer su decisión.

En contraste, ninguno de sus colegas y coconspiradores pronunció una palabra: no a los medios ni a los aficionados, ni siquiera a los padrinos de sus hijos. Andrea Agnelli, el presidente de la Juventus, nunca había sido reacio a darle voz a alguna de sus ideas descabelladas para mejorar el fútbol; ahora que se había asentado en una, no dio la impresión de tener la disposición para defenderla.

John Henry, el principal dueño del Liverpool, nunca ha ocultado sus creencias en torno a que el fútbol necesita mecanismos para detener su gasto, pero esta vez se rehusó a defender su argumento en público, aunque sí ofreció una disculpa el miércoles por la mañana. Tampoco lo hizo el plutócrata ruso ni el vice primer ministro de un Estado del golfo ni el inversionista activista ni el dueño de un rancho del tamaño de Los Ángeles.

No hubo ningún intento de vender la idea, ningún intento de describir los beneficios, como los percibían. Una firma de relaciones públicas de alto perfil de Londres había sido contratada para manejar el lanzamiento, pero, cuando las críticas se volvieron más locuaces, estridentes y feroces, no hubo respuesta alguna, ningún intento de darle forma a una narrativa más favorable.

A pesar de todo el trabajo que habían hecho, todos los millones que habían gastado, toda la documentación legal que habían presentado, nada de este proyecto parecía completo. Los arquitectos ni siquiera pudieron descubrir la manera de lograr que cada uno de los dueños publicara un comunicado con el nombre de su propio club en el que explicara por qué se había unido a la liga separatista. De cierta manera, todo fue poco serio: una red improvisada, un logotipo poco inspirador y un banquero estadounidense, pero ninguna televisora, ningún grupo de patrocinadores y, a final de cuentas, ningún compromiso para garantizar que alguna parte llegara a buen puerto.

This article originally appeared in The New York Times.

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