El día que Induráin montó su propia clásica para reventar el Tour

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Photo: PATRICK KOVARIK/AFP via Getty Images
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Llega la primavera más triste. Una primavera sin clásicas. Un contrasentido. Tiempos de memoria y efemérides, poco más. Podríamos recordar a Gianni Bugno ganando en San Remo, a Museeuw dominando Roubaix o a Boonen y Cancellara peleándose en Flandes. Vamos a quedarnos, sin embargo, en las Árdenas. No ya con Valverde martilleando una y otra vez a sus rivales en el muro de Huy, sino con un momento que definió a una generación y que, curiosamente, no fue en marzo ni fue en abril sino en julio. El día en que el Tour organizó una clásica en pleno verano y Miguel Induráin decidió unirse a la fiesta.

8 de julio de 1995. El día después de San Fermín, resaca pamplonica en Banesto. El que puede ser el quinto Tour de Induráin se presenta como el más variado, el más completo y el más disputado desde hace años. Un duelo para el que las nuevas generaciones poco a poco van pidiendo cita. Camino a Lieja, se teme una emboscada de la ONCE, con sus muchos corredores bien colocados en la general, o la enésima demostración de fuerza de la Gewiss, personificada, quizá, en el sorprendente Bjarne Riis.

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Sin embargo, a unos treinta kilómetros de la meta, salta la sorpresa: el pelotón empieza a subir la Côte de Mont Theux, de tercera categoría, y aprovechando un momento de tranquilidad se marcha hacia adelante un grupo de ocho hombres con Lance Armstrong, Eric Boyer, Massimiliano Lelli, Bo Hamburger y Johan Bruyneel como los más destacados. En el corte entra también Ramón González Arrieta, del Banesto, que no deja de mirar hacia atrás una y otra vez. Lance Armstrong impone un ritmo durísimo y la escapada tiene una pinta estupenda, hasta que de repente la toma del helicóptero muestra una figura enorme puesta de pie sobre la bicicleta, dejando atrás a todos sus rivales.

Es Miguel Induráin. No está sentado. No sigue ninguna rueda. No está esperando acontecimientos. Está atacando en la montaña. Llevamos cinco años esperando este momento y llega en Bélgica, en la primera semana del Tour, en una etapa de presunta transición. Induráin sigue de pie porque estas rampas solo se pueden subir de pie, retorciéndose como los escaladores de verdad pero con un desarrollo inhumano. Tony Rominger no aparece por ningún lado. Eugeni Berzin intenta seguir a Miguel -como intentó seguir a Marco Pantani en el Mortirolo durante la famosa etapa de Aprica del Giro 94- pero se queda fundido. Perico Delgado comenta alucinado en TVE, donde se ha hecho con un hueco fijo: “La verdad es que Miguel va como una moto... pero no sé adónde va”. Ninguno sabemos adónde va, ni qué sentido tiene ese ataque tan lejos de meta con los equipos aún casi completos y dispuestos a perseguirle durante veinticinco kilómetros, pero es bonito, y eso es lo que cuenta.

Además, Miguel sí que sabe adónde va: va a por Bruyneel. Si consigue dejar a todos sus rivales y unirse al belga, tal vez también a Armstrong, la aventura saldrá bien porque la ONCE no podrá tirar atrás y, si la ONCE no tira, nadie va a ayudar a la Gewiss en la caza... Es un movimiento arriesgado, muy arriesgado, pero imponente. No es cuestión de ganar el quinto Tour como se ganaron los cuatro anteriores. ¿No querían ataques? Aquí tienen uno. Disfrútenlo, señores Hinault, Merckx y Fignon, eternos insatisfechos.

Justo cuando Induráin llega al grupo de cabeza, salta Bruyneel. Una invitación en toda regla. El peso de la escapada a partir de ahí cae sobre el navarro, como no podía ser de otra manera. Boyer aguanta y echa una mano de vez en cuando, pero Bruyneel se queda a rueda. Ahora bien, la sola presencia del belga bloquea atrás la carrera. Jalabert tira por su cuenta, pero sin respaldo de sus compañeros. Riis pasa por apuros, y la Gewiss no puede tomar el mando sin colocar debidamente a su líder. Queda tan solo el Mapei, y el Mapei sí que se organiza. Tira Tafi, tira Bortolami, tira Arsenio González... pero no son capaces de restar ni un solo segundo y, cuando empieza el último puerto, la Côte des Forges, Induráin vuelve a ponerse de pie y a tirar hacia adelante como un poseso. Bruyneel aguanta, pero Boyer cede. A partir de aquí, Miguel tendrá que hacer todo el trabajo él solo, y la verdad es que la aventura parece llamada al fracaso.

Solo que por detrás el Mapei hace aguas. Los italianos no pueden mantener el ritmo y solo Mauleón y Escartín resisten junto a Rominger. Jalabert vuelve a hacer la guerra por su cuenta, pero en el uno contra uno no tiene manera de acercarse al del Banesto. La diferencia sube a los treinta y nueve segundos en un abrir y cerrar de ojos. Bajan Forges y Riis toma por fin la iniciativa, pero no hay nada que hacer: cuarenta y nueve segundos. De vez en cuando, Miguel le hace una señal con el codo a Bruyneel para que pase al relevo, pero Bruyneel no solo no puede hacerlo desde el punto de vista táctico, sino que parece completamente asfixiado intentando mantener el ritmo. La imagen de Induráin es la del vértigo, la de la voracidad, la de un Fórmula Uno a ras de circuito. No hay elegancia alguna, solo ambición, una fuerza descontrolada.

Quedan quince kilómetros para la meta y los de atrás, por fin, se ponen de acuerdo. Da igual: cincuenta y seis segundos. Un hombre solo contra cinco o seis gregarios y la diferencia no deja de subir mientras Bruyneel hace las veces de acompañante de lujo. Un español contra españoles: Mauleón, Escartín, Rojas, Mauri... todos ellos condenados a ganarse la antipatía del aficionado que ve cómo la ventaja se estabiliza y teme que después de todo la cosa acabe en nada. Por un momento, la televisión deja de dar referencias y quedan solo las imágenes de Lieja abriéndose para los ciclistas: Induráin siempre delante, Bruyneel siempre a la rueda, sabedor de que en el sprint acabará llevándose la etapa.

Porque Induráin está agotado. Tiene que estar agotado. Esta exhibición vale más que cualquier contrarreloj. Bruyneel gana en Lieja, justo premio por aguantar en el momento que había que aguantar. Años después se juntaría como director deportivo con Lance Armstrong y juntos ganarían siete Tours consecutivos. Otros tantos años después, los dos acabarían siendo suspendidos de por vida por tramposos.

¿Cuánto tiempo logrará sacar Induráin? Por detrás, Jens Heppner y Jesper Skibby cogen unos pocos metros sobre el pelotón mientras Jalabert lanza un sprint larguísimo, casi agónico, más bien inútil: ha perdido la oportunidad de colocarse líder. Cincuenta segundos. No le han recortado ni uno solo desde que coronaran Forges quince kilómetros atrás. No hay palabras: Bruyneel será líder durante veinticuatro horas mientras Induráin se hace con la segunda plaza gracias a las bonificaciones. Es lo mismo: el Tour ya tiene ganador, Induráin ya tiene su monumento.

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