Michael Robinson y su último Informe: una historia de valor más allá del carisma

Guillermo Ortiz
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BARCELONA, SPAIN - MAY 18:  Michael Robinson attends a press presentation of 'Informe Robinson, Wembley 92' documentary at the Ikibana Sarria on May 18, 2017 in Barcelona, Spain.  (Photo by Robert Marquardt/Getty Images)
Photo by Robert Marquardt/Getty Images

El último “Informe Robinson” de la historia tenía que estar dedicado a su fundador, fallecido en abril por las complicaciones derivadas de un melanoma. Tenía que ser un Informe Robinson en el sentido estricto y no ceder ni una pizca del estilo que los Luis Fermoso, José Larraza, Raúl Roldán y compañía han creado a lo largo de estos más de diez años. Conocer a Michael Robinson suponía ir más allá de su carisma. Si, era un tipo divertido. Sí, era un tipo simpático. Lo bueno de este documental póstumo es descubrir por fin que era mucho más que eso: dar a conocer los enormes méritos de un deportista que siempre se subestimó con una sonrisa en la boca pero que llegó a ser el más caro de Inglaterra, fue justo campeón de Europa con su Liverpool y tuvo una carrera exitosa que solo las lesiones pudieron frenar.

Sobre todo, es un Informe sobre un hombre ambicioso y con un enorme afán de superación. Un hombre que, con una rodilla destrozada, se pegaba en El Sadar cada domingo con los contundentes defensas de los 80, un hombre que no dejó que sus carencias con el español frustraran una larguísima carrera en la comunicación televisiva; un hombre que, con el cerebro lleno de tumores cerebrales, se sentaba cada fin de semana junto a su inseparable Carlos Martínez y a Julio Maldonado para aportar comentarios siempre certeros sobre el partido de la jornada. Como dice el propio título del programa, hablamos de alguien a quien no le bastaba con ser bueno, tenía que ser mejor que eso. Siempre y en todo. No como obsesión competitiva sino como modo de vida. Buen hijo de padre militar.

Lo curioso es que Robinson pudiera ser así y a la vez ocultarlo bajo una imagen de relajación y bonhomía. Veíamos a Robinson y, como dice Valdano en el reportaje, queríamos ser como él: feliz, siempre sonriente, con apariencia de tener todo controlado y de no pensar mucho en lo que quedaba fuera de su alcance. No era de esos luchadores que se empeña en demostrar a todo el mundo lo mucho que lucha. No. Robinson se consideraba un hombre con suerte y se limitaba a creer en él y en su destino. Sin heroísmos. Hacer lo que tienes que hacer y buscar la manera de hacerlo mejor para no defraudar a ninguna profesora.

Hay muchas cosas maravillosas en este último Informe Robinson. De entrada, que no es complaciente. Que no pinta a un héroe perfecto sino a una persona que se derrumba cuando le quitan “El Día Después”, que discute con sus jefes, que sonríe cuando no tiene ninguna gana, que se refugia en Cádiz como se refugiaría cualquier fugitivo. No hay condescendencia siquiera con la propia cadena: la parte de Maracaná 05, decisión de los mismos responsables que colocaron ahí el Informe Robinson y ahí lo mantienen, se cuenta sin medias tintas, sin intentar dulcificar nada. Es probable que a alguien le haya sentado mal.

Es lo mismo. El documental es un festejo de la vida y no se preocupa de lados oscuros. Estos mismos días podemos ver en cines “Eso que tú me das”, la película póstuma de Jordi Évole sobre los últimos días de Pau Donés, que coincidieron casi fecha por fecha con los de Robinson. Es curioso comparar cómo los dos vitalistas encaran su final de maneras tan distintas. O, más bien, la narrativa de ese final. Cómo Pau Donés siempre habla sonriendo, pero como si ya no estuviera, consciente de que ya no estará cuando le escuchemos y asumiéndolo con naturalidad. En el caso de Robinson, incluso estremece su uso del presente, su resistencia a rendirse: calvo por los efectos de la radioterapia, hinchado por la medicación, con una dicción lenta por la propia enfermedad y consciente de que se está muriendo, Robinson habla de sí mismo como si fuera a vivir por siempre, como si un último giro de la fortuna le fuera a mantener con los suyos.

Por supuesto, hay momentos muy emotivos. Carles Francino derrumbándose ante las cámaras, su familia y sus amigos recordándole entre lágrimas, pero lo más duro, sin duda, es la propia entradilla. Ese Michael sonriente, enorme, seguro de sí mismo, que te invitaba a entrar en su universo que en realidad era el tuyo: el universo del deporte. Esa casa que ya no se abrirá más, ese hombre que ya no está entre nosotros pero sí está, mírale, como si nada hubiera cambiado, en la pantalla, hablándonos. El documental no pretende meter el dedo en el ojo para obligar a llorar a nadie, pero obviamente lo consigue de muchas otras maneras. Sin sentimentalismos, pero sin evasivas.

La historia de Michael Robinson es, en definitiva, la historia de demasiadas infancias, demasiadas adolescencias. Entre tanta noticia horrible, su muerte de vez en cuando se nos olvida y al recordarlo nos damos cuenta de algo terrible: no solo que ya no esté el comunicador excelso que nos alegró la juventud sino que es nuestra propia juventud la que ha muerto en parte junto a él. Porque sí, ha muerto. El documental afronta ese hecho como de pasada, porque supongo que en el fondo no es lo importante cuando se celebra el pasado. Otra cosa es el futuro, claro. Un futuro sin Michael es un futuro más triste. Un futuro sin “Informe Robinson” es un futuro más pobre.

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