Messi, Messi, Messi, Messi, Messi y Messi. En ese orden.

Ruben Uria Blog
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“No sé cuántos premios más subir a recibir, porque yo creo algo está saliendo ahora mismo de mis pantalones” . La cita no pertenece a Paul Newman, ni a Robert De Niro, ni siquiera a Al Pacino. Fue cosa de Robert Pattinson, protagonista de la saga “Crepúsculo”. Más allá de pomposas ceremonias, quizá el cine se ha futbolizado y el fútbol se ha convertido en galas de cine, es posible. O quién sabe, quizá la pelota ya es un circo. Quien esto escribe considera que estos premios individuales en un deporte colectivo tienen más que ver con el galmour, el márketing y el postureo que con la justicia, la coherencia y el mérito. Nadie sabe qué se vota, por qué se vota, qué merecimientos tienen más calado que otros y qué criterio lógico rige en un galardón donde importa más la camiseta que se vista que la temporada y donde prima más la corriente periodística que el rendimiento. Nadie sabe qué importa más, qué pesa más, qué inclina una votación o qué título sirve más que otro, si es que tiene sentido que los premios individuales se decidan, paradojas de la vida, por lo que consigue un colectivo. Miren, el Balón de Oro, desde hace muchos años, es una turra mediática insoportable, un show más propio del cine que del balón y un relleno barato para un periodismo deportivo que ya linda con el rosa.

El año pasado, el prestigio del premio alcanzó cotas de surrealismo insospechadas cuando se decidió dejar a Messi fuera de los finalistas. Fue una gran farsa que demostró dos hechos: primero, que el mérito ha sido fagocitado por el negocio y segundo, que el politiqueo le ganó al fútbol. De hecho, más allá de la galaxia entre Messi y Cristiano - un jugador imponente con el que uno ha sido muchas veces realmente injusto-, uno se acuerda más de la injusticia de los premios que de sus ganadores. Uno piensa en aquel que nunca ganó Maldini, aquel que ganó Cannavaro, aquel que debió ganar Ribery, aquel que le birlaron a Raúl, aquello que le hicieron a Butragueño por no vestir la marca deportiva que tocaba, la cara que se les quedó a Xavi e Iniesta, aquel premio a Cristiano sin haber ganado nada o el triunfo de Modric – un gran deportista y mejor tipo-, que en un curso discreto, fue coronado por delante de Ronaldo. Nadie entiende el premio. Nadie sabe para qué demonios sirve, ni qué se premia, ni qué criterio rige. Se lo dan a quien quieren, a quien les da la gana y lo hacen aplicando un criterio tan caprichoso como disparatado. Adelante, sigan.

Sobre Lionel Messi, pues poco más que añadir a lo que todo el mundo, sea del equipo que sea, puede y debe reconocer, que es el mejor. Si se cuenta por premios, la cuenta es simple. Tiene uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Messi ya tiene seis Balones de Oro. Más que nadie. Eso es información. Ahora, opinión: Messi no presume de nivel, lo demuestra, ni necesita distinciones, ni palmaditas en la espalda. Tampoco necesita premios, porque el premio es él. A Messi no se le puede explicar, sólo se le puede disfrutar. Y todos los aficionados, a los que les gusta el fútbol incluso más de lo que les gusta su propio equipo – todavía quedan, oigan-, saben que en el caso de Lionel, no importa si en un premio sale segundo, tercero, quinto, sexto o primero, porque su estatura es gigantesca y su figura es mucho más universal que cualquier premio. Conclusión: que le sigan dando los premios a quien quieran, pero si se trata de saber quién es el mejor de los mejores, el asunto está más claro que el caldo de un asilo y se puede explicar en clave viral: Messi, Messi, Messi, Messi, Messi y Messi. En ese orden.

Rubén Uría

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