Por qué nuestros cerebros recuerdan mejor dónde guardamos el chocolate que las verduras

Miguel Artime
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Brownie de chocolate, tu cerebro no olvida fácilmente donde lo guardaste. (Crédito imagen wikipedia).
Brownie de chocolate, tu cerebro no olvida fácilmente donde lo guardaste. (Crédito imagen wikipedia).

Solemos pensar en nosotros, los humanos, como criaturas no demasiado sensibles en cuanto a nuestro sentido del olfato. Al contrario que casi cualquier otro mamífero, parece que hemos sacrificado la agudeza olfativa en favor de otros sentidos, como el de la vista. Bien, en líneas generales la idea es correcta, pero eso no significa que seamos unos “adoquines” en cuanto a la percepción de los olores.

Un reciente trabajo de investigación llevado a cabo por científicos de la Universidad Wageningen (en Países Bajos) acaba de descubrir que nuestro olfato no es tan terrible como pensamos. En cierto modo, las conclusiones del estudio indican que nuestro sistema cognitivo ha evolucionado bastante poco desde los tiempos en que éramos nómadas y nos alimentábamos de forma errática, dependiendo de lo que la naturaleza podía ofrecernos.

Pero empecemos por el principio. Llamamos memoria espacial al proceso de recordar y recuperar datos sobre la ubicación de los objetos, en relación con nuestra posición. ¿Qué pensaríais si os dijera que nuestra memoria espacial evolucionó para que te resultara mucho más fácil recordar donde guardaste el chocolate que las verduras?

Pues así es, y en realidad el hallazgo tiene todo el sentido del mundo desde el punto de vista evolutivo. En aquellos tiempos primigenios en los que ni había supermercado ni frigorífico, nuestros ancestros necesitaban recordar donde podían encontrar alimentos ricos en proteína, ya que estos aportaban muchas más calorías y por tanto podían mantenerlos con vida.

Lo explica de forma expresiva el profesor James Nairne (un profesor de psicología de la Universidad Purdue, que no está relacionado con este estudio) en declaraciones a Scientific American:

“Es más probable que recordemos la ubicación de las cosas dulces, lo cual durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva fue una ventaja indudable. Por desgracia, hoy en día esto se ha convertido en un problema. Podríamos decir que caminamos por el mundo actual con cerebros de la edad de piedra”.

Manzana, deliciosa y saludable aunque tal vez tu cerebro no le de la importancia que merece. (Imagen Creative Commons vista en Pxhere).
Manzana, deliciosa y saludable aunque tal vez tu cerebro no le de la importancia que merece. (Imagen Creative Commons vista en Pxhere).

En el estudio, los investigadores de Wageningen observaron el comportamiento de 512 participantes, a los cuales se les hacía recorrer una ruta determinada a través de una habitación. Durante el recorrido, se les mostraban 8 alimentos, o bien se les hacía oler otros tantos bastoncillos de algodón empapados en frascos que contenían esencias alimenticias.

Cada vez que llegaban a una muestra, los participantes probaban el alimento (o bien olían el bastoncillo) y evaluaban del uno al diez lo mucho o poco que les gustaba.

Entre las muestras de alimentos se encontraban cuatro alimentos altamente calóricos, incluyendo brownies de chocolate, y patatas fritas. Las otras cuatro muestras correspondían a alimentos bajos en calorías, como manzanas o tomates cherry.

Al finalizar el test, se pedía a los participantes que identificaran la ubicación de cada muestra en un mapa de la habitación. ¿Resultado? Tenían un 30% mayor de aciertos recordando las muestras altas en calorías, con independencia de la puntuación que hubieran dado a cada alimento.

Además, los resultados totales mejoraban un 243% cuando los voluntarios realizaban la prueba con alimentos reales, y no con muestras odoríficas.

En fin, ya tenemos una excusa que utilizar con el nutricionista la próxima vez que acudamos a su consulta y nos regañe por no haber perdido peso. “La culpa no es toda mía, la evolución nos ha jugado una mala pasada”.

El trabajo del equipo de la Universidad Wageningen se publicó en la revista Scientific Reports.

Me enteré leyendo Scientific American.

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