Masters 1000 de Roma: Rafael Nadal festejó su noveno título ante un Djokovic agotado

José Luis Domínguez
lanacion.com

Nueve títulos en un torneo del circuito ATP ya es, de por sí, un número excepcional. Si además esa cifra se refiere a trofeos conseguidos en un certamen histórico y tradicional como el Abierto de Italia, cobra aún más valor. Eso es lo que consiguió Rafael Nadal , el mejor jugador de la historia en canchas lentas. El zurdo de Manacor gritó una vez más campeón sobre el polvo de ladrillo del Foro Itálico y se adjudicó el Masters 1000 de Roma al ganarle el clásico entre los dos primeros del ranking a Novak Djokovic por 6-0, 4-6 y 6-1, en 2 horas y 25 minutos.

Esta vez, la definición mostró retazos de la intensidad y paridad a la que Djokovic y Nadal acostumbraron al universo de las raquetas en los últimos años. El serbio pareció sentir el desgaste de las batallas en las que eliminó a los argentinos en las últimas dos jornadas: empleó casi tres horas el jueves por la noche para vencer a Juan Martín del Potro, y otras dos horas y media el sábado -terminó al filo de la medianoche- para superar a Diego Schwartzman. Más allá de su espíritu competitivo, sin estar al ciento por ciento no había manera de vencer a un Nadal que llegó más fresco y con la confianza en alto a esta final.

Arrasó Nadal en el primer set, con tres quiebres ante un Djokovic al que le costó el arranque, demasiado lento y errático. Recién en el amanecer del segundo parcial empezó a levantar temperatura el duelo. El número 1 del mundo resistió los ataques del español, que tuvo cuatro chances para quebrar y encaminarse hacia el título, pero no las capitalizó; Djokovic olfateó sangre, pisó el acelerador con lo que le quedaba de físico y se llevó el segundo set. Sin embargo, el último intento del serbio de revertir el partido se terminó en el comienzo del tercero: perdió su saque en un costoso primer game, y ante la certeza de que el partido se le había hecho muy cuesta arriba, destrozó su raqueta contra el piso. De manera inexorable, Nadal se encaminó sin más problemas hacia la victoria, sellada con una volea que Djokovic dejó la red. En los fallos estuvo una de las claves de la final: apenas 17 errores no forzados de Nadal, contra los 39 de su adversario.

El capítulo 54 del clásico entre Nole y Rafa le dejó un dulce sabor a Nadal. El manacorí, además de celebrar su novena corona en Roma, llegó a 34 títulos de Masters 1000, con lo cual es el máximo ganador en esta categoría del tour, justamente por delante de Djokovic (33). Pero, lo más importante para él, ganó su primer título del año y en la superficie que más cómodo se siente, a una semana del comienzo de Roland Garros, su torneo preferido.

Aunque cueste creerlo, este año Nadal aún no había ganado títulos, ni siquiera en polvo de ladrillo. Perdió la final del Abierto de Australia con Djokovic, y luego cedió en cuatro semifinales seguidas: Indian Wells, Montecarlo, Barcelona y Madrid. Su último festejo había sido en agosto pasado, en el Masters 1000 de Canadá que se jugó en Montreal; luego, vale recordar, estuvo sin jugar hasta fin de año por la lesión en la rodilla derecha por la que se retiró en la semifinal del US Open contra Del Potro.

Roma tuvo acaso la mejor final posible en una semana accidentada, con un día entero sin actividad por tormentas, quejas múltiples de los jugadores por problemas de organización y por el estado del court central, más el escándalo que protagonizó el australiano Nick Kyrgios, descalificado por arrojar una silla al medio de la cancha.

Ya en la recta final rumbo al abierto francés, Nadal recuperó la senda ganadora a tiempo. Dueño de un registro fantástico en polvo de ladrillo (429 triunfos y 39 derrotas, con un 91,67 por ciento de efectividad), el español también achicó distancias en el historial contra Djokovic, ganador por 28-26 en los duelos. La de este domingo era la quinta final entre ambos en el Foro Itálico, y por ese lado la balanza se inclina del lado del español, con tres victorias contra dos del serbio, que se quedó con las ganas de alzar su quinta corona en Roma. Más allá de dejar hasta la última gota, pagó el precio de dos arduos combates previos que le restaron fuerzas justo en la batalla final, ante el adversario más complicado del mundo en canchas lentas.

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