De Madrid a Lima y la maldición del reloj

Cristian Grosso
lanacion.com

Le duele el cuerpo a River. Puede sentir cada pliegue de su piel con solo mirarse, arrumbado sobre una escenografía que contrasta. En este instante ni el fulgor reciente alcanza para que el dolor afloje un poco. El fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes de la vida, se alimenta de las victorias, pero también de derrotas así, aunque el escenario invoque perplejidad: ¿perder la final de la Libertadores a minutos del desenlace? Increíble. En la serie decisiva del año pasado, de los 210 minutos contra los xeneizes, River apenas estuvo en ventaja doce, Sí, doce. Suficientes. Campeón incuestionable y eterno. Pero ahora el Diablo metió la cola y tres minutos fatales torcieron el destino. River estuvo adelante casi toda la tarde, y cuando rozaba la copa..., se le esfumó. El equipo granítico no pudo ni reaccionar.

El Monumental de Lima no tiembla, ni late. La mole de cemento tiene la frialdad de la piedra. Ajena, al fin. Comienza a caer la tarde en Perú cuando la nación riverplatense entra en combustión para transitar una noche de emociones ingobernables. Allá y acá, angustia en estado salvaje. Y esa lágrima que cae. A veces el fútbol es sólo una excusa. En otras ocasiones, le da contenido a todo. La desproporción lo cubre todo. El primer bicampeonato de América, en el patio menos pensado, ante una potencia brasileña..., casi una fascinante extensión de lo que había ocurrido hace casi un año. Madrid-Lima en una simbiosis soñada. Pero había otro guión.

¿River pierde? Habitualmente, solo por algunos minutos. El equipo está construido para transformar la desventura en su propulsión, en un trampolín de rebeldía. ¿River pierde? Se reinventa, ocurrió en Porto Alegre, en el estadio Santiago Bernabeú y en tantos lugares más. Pero este cachetazo no le dio tiempo. Fue un relámpago cruel. Un mazazo único a la mandíbula. ¿Cómo se gestiona la felicidad? Nadie como Marcelo Gallardo, ya lo demostró.

¿Y la tristeza? Entregarse a la desgracia no parece una opción para este plantel. Aguijoneado, ahora genuinamente herido. Asoma un nuevo reto. Con las exageraciones y los contrasentidos que solo el fútbol es capaz de repartir, este desconcertante sábado 23 de noviembre de 2019 abrirá una nueva dimensión. De repente, el mundo se vino encima: acostumbrado a ganar por demolición, a reducir a los rivales a las cenizas de la frustración, River está buscando explicaciones. Gallardo le enseñó a su equipo a vivir en guardia, tal vez porque intuía que cualquier distracción podía descubrir el knock-out menos pensado. Y desolador.

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