Lionel Messi: que el futbolista extraordinario no se vuelva un hombre vulgar

Cristian Grosso
lanacion.com

Protestón: el otro lado de Lionel Messi

Lionel Messi siempre fue guapo, cantara o no el himno, en definitiva, una ridiculez bien nuestra. Él, como nadie, cuidó la marca Argentina en el mundo. Él consiguió que la selección no se cayera del mapa. Y siempre con elegancia, nadie le había escuchado un reproche ni le había visto un ademán de fastidio. Su cruzada, reservada, llevaba algo quijotesco. No había necesitado ser bravucón, fanfarrón o transgresor, rasgos que tantas veces en la Argentina parecen imprescindibles para trepar a la idolatría. ¿La fascinación debe incluir un estilo polémico para nuestra sociedad? Messi siempre se había resistido, pero últimamente se intoxicó.

Durante años, mucha gente en su país lo mantuvo bajo sospecha. Pese a que su contrato con la selección fue incuestionable desde la cuna: eligió jugar por la Argentina cuando pudo hacerlo por España. Su personalidad discreta abría la grieta: insulso e inexpresivo para muchos, educado y prudente para otros. Siempre correcto, eso estaba fuera de discusión. Pero hace poco apareció otro Messi, más 'maradoneano', más argento creen varios. Ya había mostrado el rostro impensado en marzo de 2017, cuando al término de un partido con Chile, por las eliminatorias para el Mundial de Rusia, en tiempos de Edgardo Bauza como entrenador, insultó en la cara al árbitro asistente brasileño Emerson Augusto do Carvalho. La FIFA lo sancionó de oficio con cuatro fechas, y luego le quitó la pena. ¿Alarma? Quizás había sido un episodio esporádico, su inmaculada foja de servicio lo respaldaba.

Pero en la Copa América de Brasil tampoco cuidó las formas. Ni los tonos. Optó por los señalamientos y la descalificación. Contra la Conmebol, contra los arbitrajes y a hasta se trenzó en la cancha con el chileno Gary Medel. Entonces, aquel desborde ya no fue excepcional. Todavía debe pagar la sanción y nadie le ha escuchado una autocrítica. Volvió, y en el primer partido no tuvo mejor ocurrencia que dirigirse al director técnico brasileño Tite con gestos desagradables. ¿Los códigos de la cancha? Nunca había sido descortés ni grosero. Que muchos le hayan celebrado su valentía arrabalera frente al uruguayo Edinson Cavani al amistoso siguiente es otra manera de auscultarnos como sociedad. Tal vez Messi es un poco víctima, también, del entorno. De la ausencia de liderazgos creíbles en la dirigencia de la AFA y en el recambio generacional de la selección. Con el riesgo de que los Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, Lucas Ocampos o Lautaro Martínez se envalentonen a la sombra de la emergente rebeldía de su capitán. Que el futbolista más extraordinario de la historia no se convierta en un hombre vulgar.

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