Lionel Messi disfruta que en el equipo del mejor del mundo, la figura sea un tal González

Cristian Grosso
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Ni atractiva ni confiable, pero habrá que reconocerle a la Argentina que es insoportable. Su capital es el compromiso y la disposición al esfuerzo, a veces, con reprochables aires pendencieros. La idea madre más reconocible de la selección es su devoción por el sacrificio. Un equipo arrabalero, también desconcertante, y siempre dispuesto a asfixiar a los adversarios para robarles la billetera. Y hasta Lionel Messi se ha contagiado, es el capitán de una manada de lobos hambrientos dispuestos al esfuerzo hasta la inmolación. No brilla como antes, titila su jerarquía, pero en ningún momento se frustra. Al contrario, lidera la cacería bien implicado para atender obligaciones colectivas. Después, cuando tiene la oportunidad, algunos fogonazos de su sello le recuerdan al mundo que es diferente al resto. Nadie tiene pereza, todos se involucran. Hasta el crack, que comete infracciones como nunca antes porque decidió sumarse a la tarea gregaria.

Argentina-Perú: la selección le dio un pase al futuro con una idea, un triángulo, una revelación y la zona Messi

Messi a veces resuelve, en otras ocasiones disimula defectos. O hasta no participa, como en los dos goles de la Argentina, los de Nicolás González y Lautaro Martínez, en los que no apareció ni en el penúltimo toque. Interviene de una manera diferente, pesa distinto. Lleva 14 partidos en el ciclo de Lionel Scaloni. ¿Alguno fantástico, alguno inolvidable? Nada a la altura de sus formidables antecedentes; quizá su mejor día haya sido aquel contra Brasil, en las semifinales de la Copa América del año pasado.

En realidad, Messi comienza a acostumbrarnos a una reconversión futbolística. Gravita, influye, claro, pero desde otro lugar. Sin dudas, menos espectacular. Ya sin slaloms ni apiladas. Con menos piques y pocas gambetas en espacios reducidos. Tiene 33 años, es cierto. Buscar sus mejores actuaciones en las últimas temporadas en la selección obliga a repasar bien el archivo. Pero partidos en los que haya deslumbrado..., porque él acostumbró al planeta a lo inexplicable. La injusta vara que persigue a los genios. El apuntado del año pasado con Brasil, bien, agendado. El día de la imprescindible victoria sobre Nigeria, para resistir en el Mundial de Rusia, el peor de sus cuatro mundiales. Y la tarde/noche de Quito y los tres goles en la altura para asegurar la clasificación en las anteriores eliminatorias. Pero eso sucedió en 2017. En tres años, tres partidos. Un repaso que algo indica. Internamente, seguramente él lo sabe. Por eso acelera la reinvención.

A Lionel Scaloni le cuesta darles vigor y profundidad a las raíces de su idea. Hace tiempo que definió un grupo, pero no afirma un equipo. El funcionamiento amaga. La Argentina es sinuosa, porque genera peligro y desconcierta. Hay un eje rector: varias veces gana (más del 70% de eficacia, con 15 triunfos, 6 empates y 4 derrotas) y pocas veces conforma. ¿Juega la Argentina? Puede suceder cualquier cosa. Anoche, antes del duelo con los peruanos, nadie se atrevía a afirmar nada. Dos hora después, había ofrecido su actuación más convincente en el camino a Qatar 2022. Con Messi sucede algo similar: siempre será capaz de lo increíble, pero con pasajes cada vez más terrenales. Lo que no concede nunca es el compromiso. Juega con rabia.

Astuto para retrasarse y conectar líneas desde el inicio. Por momentos, en Lima hasta fue lanzador. Astuto para administrar su físico, con pocas aceleraciones.

Merodeó el gol y volvió a negársele. Increíble, pero Perú sigue siendo -después de seis enfrentamientos- uno de los dos rivales a los que no pudo quebrar en las eliminatorias mundialistas. El otro es Brasil. Son 22 goles que se reparten entre 5 a Ecuador, otros 4 a Uruguay, 3 más a Venezuela, Colombia, Chile y Paraguay, y uno a Bolivia. Pero ninguno a Perú.

Como en Barcelona, los caminos al gol están bloqueados. Prácticamente, o son de penal o no festeja Messi. Paradójico. Puede ser apenas una casualidad..., o algo más también. Los últimos cuatro goles del rosarino en la selección llegaron a través de esa vía. A Paraguay en la Copa América 2019; a Uruguay en un amistoso a finales del año pasado, en Tel Aviv; a Ecuador hace algunas semanas, y a Brasil, también en el cierre del año anterior, en Riad, en el rebote... de un penal. Extraño. Pero los datos están ahí. Le falta un grito para meterse en el top 10 de los máximos goleadores de la historia a nivel selecciones, ese club exclusivo en el que Cristiano Ronaldo marcha segundo. Y se hace rogar la membresía. Ahora tendrá que esperar, al menos, hasta marzo de 2021.

En una de las trayectorias más largas en la historia del seleccionado -pasó los 15 años, y Diego Maradona estuvo 17 años, tres meses y 29 días-, anoche llegó a los 142 partidos para quedar a sólo uno de Javier Zanetti y ya amenazar el récord de su amigo Javier Mascherano, con 147. Es otro Messi, naturalmente. La pelota se va cerca, el tiro libre queda en la barrera, algunos pases no conectan. La seducción no es instantánea, dosifica la magia. Busca socios, corre, grita. Se fastidia. Insiste. Siempre insiste. En el equipo de Messi, alrededor del mejor del mundo, un tal González es la figura. Un escenario infrecuente que disfruta el capitán.