Lewis Hamilton, el piloto de los récords y la voz que despierta conciencias

Alberto Cantore
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Siete coronas, el número mágico. Noventa y cinco victorias, la cifra récord. Enfocarse en el desafío deportivo sin descuidar las luchas personales, las metas que cruzó Lewis Hamilton en 2020. Un año atípico para el planeta, una temporada agotadora y angustiante para la Fórmula 1. Nada ni nadie sacó de eje al británico, que resultó una vez más dominante en las pistas y se exhibió como bandera en las batallas contra el racismo y a favor de la diversidad y la preservación del medio ambiente. Donde otros vieron frustraciones, desencanto y miedo en un receso insospechado, el piloto descubrió objetivos repentinos, energía y valor para desandar el tortuoso y agitado camino. Lo hizo con su estilo, con la clase de aquellos que se animan a reescribir la historia.

Doscientos treinta y tres días le demandó a Hamilton lograr su primera estrella, en 2008. Un desenlace dramático: superó apenas por un punto (98 a 97) a Felipe Massa, que ganó el Gran Premio de Brasil -el último del calendario- y desató la celebración del título de los torcedores, festejo que se ensombreció segundos más tarde cuando el joven británico superó a Timo Glock (Toyota) en la curva final del trazado de Interlagos, arribó quinto y le arrebató la corona al paulista. Cien jornadas menos -133 días- necesitó para emparejar la marca de siete mundiales que impuso Michael Schumacher en 2004: lo hizo con holgura en el GP de Turquía, con un triunfo y tres fechas antes de que la F.1 cerrará la campaña. El mejor auto y la escudería más aceitada del Gran Circo -Mercedes arrasa desde 2014 en el Campeonato de Constructores- guiada por la estrella que alumbra la F.1.

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Cerebral, como cuando condujo los 5891 metros finales para ganar el Gran Premio de Gran Bretaña, en el mítico trazado de Silverstone, con el neumático izquierdo destrozado; impiadoso en Montmeló -GP de España- para triunfar por una diferencia de 24s177/1000. No se enredó después del estreno en Austria, cuando fue penalizado por un toque a Alexander Albon (Red Bull Racing) y tampoco cuando recibió un doble castigo en Monza, un fallo que lo retrasó de primero a último en el pelotón.

Hamilton también escribió otras historias en 2020. Páginas personales que posibilitaron conocer al ser humano, su pensamiento, las inquietudes que le aceleran el corazón más allá de la brillantez que demostró cada vez que se enfundó en el mono, se calzó los guantes y el casco y apabulló a los rivales con el modelo W11 de Mercedes. Recuperó la relación con su padre Anthony, al que se lo observó emocionado en el paddock, se involucró en la decisión de suspender el GP de Australia, cuando la F.1 era la única actividad deportiva mundial en pie cuando estalló la pandemia mundial de Covid-19, fue una voz que despertó conciencias con su activismo en el movimiento Black Lives Matter, al punto de participar de una multitudinaria manifestación que se realizó en el londinense Hyde Park.

El segregacionismo es una batalla que combatió desde la niñez en la escuela, en la calle, en los inicios en el kart y en 2020 utilizó su influencia para visibilizarlo en el Gran Circo: la imagen rodilla en tierra, junto con varios de los pilotos apoyando la medida, en cada apertura de las carreras, las remeras negras con la leyenda End Racism, el compromiso de la F.1 con la campaña WeRaceAsOne y el acompañamiento de Mercedes, al pintar los autos de negro y dejar de lado el tradicional color plata, actos que lo tuvieron en el centro de la escena. También la causa ambientalista fue una bandera que ondeó Hamilton, que lanzó el Team X44, un equipo de Extreme E, una categoría de autos eléctricos que en 2021 visitará la Argentina.

En un año atípico, en el que el mundo se detuvo, Hamilton hizo convivir su pasión deportiva y sus batallas personales. Los récords y el hombre caminaron a la par.