Basta de demagogia: no es culpa de Messi que nosotros cobremos poco

Luis Tejo
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Messi y Josep Maria Bartomeu firmando un contrato.
Leo Messi (izquierda) con el entonces presidente Josep Maria Bartomeu firmando un contrato con el FC Barcelona. Foto: Miguel Ruiz/FC Barcelona via Getty Images.

La casa de los líos en que se ha convertido el Fútbol Club Barcelona se las ha apañado, una vez más, para eclipsar a sus rivales y acaparar la atención mediática incluso en momentos en que su nivel deportivo es más bien discreto. Contra su voluntad, o bien fruto de una filtración interesada, quién sabe: el caso es que, en una semana en que el Atlético de Madrid ha ampliado su ventaja en el liderato a 10 puntos y que el Real Madrid se ha pegado un nuevo batacazo, los azulgranas han logrado que el tema de conversación sea Leo Messi. Pocos hay, interesados en el fútbol o no, que no se hayan enterado de las cifras de su contrato, que desveló el domingo el diario El Mundo, y que al jugador argentino le suponen ganancias por encima de los 500 millones de euros entre 2017 y el final de la presente temporada.

La cantidad es estratosférica. Muchos de nosotros, la inmensa mayoría, tendríamos que vivir centenares de vidas enteras para aproximarnos a semejante fortuna. En este grupo de los que no somos capaces ni de imaginar la magnitud de semejante montón de dinero estamos casi todos: desde el más irrelevante de los periodistas deportivos hasta gente extremadamente útil para la sociedad, como docentes, bomberos, sanitarios y toda clase de investigadores y científicos.

Precisamente a cuento de esto viene la nueva oleada de ataques populistas gratuitos, que esta vez se centran en la figura de Messi pero que son recurrentes para el colectivo de futbolistas en general. Porque no falta quien dice que “cobran demasiado”. Y sobre todo, que su remuneración se antoja excesiva en comparación con estos otros profesionales que tienen sueldos más bajos.

Estas críticas, en principio, pueden parecer fundadas. El de Messi es un salario desorbitado que “no se merece”, porque a fin de cuentas su trabajo consiste en dar patadas a una pelota, que es algo que aporta poco valor a la humanidad. Mientras tanto, quienes realmente trabajan para que todos salgamos adelante reciben salarios de miseria. La conclusión lógica es que no es justo que el 10 culé cobre tanto.

Pero tras una segunda pensada el razonamiento hace aguas. Porque es justo al revés. No es que Messi cobre demasiado. Esta es una premisa básica del sistema capitalista en el que llevamos varios siglos viviendo: los trabajadores, los asalariados que reciben una nómina (y los futbolistas, aunque sus ingresos sean altísimos, no son más que eso: empleados de una compañía como cualquiera de nosotros, con la única diferencia de que su puesto está mejor recompensado), se llevan solo una parte de lo que producen para su patrón. Si los jefes de Messi están dispuestos a ofrecerle un salario tan extraordinario, no cabe duda de que aun así ellos obtienen beneficio. O lo obtenían cuando se firmó el documento y la pandemia del coronavirus no se la imaginaba ni el guionista de ciencia ficción más retorcido. Como diría aquel, “es el mercado, amigos”.

Porque claro, a lo mejor el error está en otro lado. Quizás estos moralistas exaltados piensan que, de verdad, a Messi se le paga por el hecho de meter goles o hacer regates. Y sí, en eso estamos todos de acuerdo: la gente común no se beneficia en nada con ninguno de sus recursos técnicos o sus lanzamientos de falta. No nos supone ninguna mejora vital: los pobres, hambrientos o enfermos seguirán siéndolo por muchos Balones de Oro que consiga.

El matiz es que de sus habilidades con la pelota están pendientes centenares de millones de personas en todo el mundo, que las consideran suficientemente interesantes como para pagar por verlas o por productos relacionados con su figura. El deporte profesional es pura y dura industria del entretenimiento. Como el cine, como la música, como los YouTubers. ¿Más o menos digna, más o menos culta, más o menos elevada? Eso va en las filias de cada uno, pero pretender decirle a la gente qué le tiene que gustar y qué no desde algún tipo de atalaya ética autoerigida es, como mínimo, pretencioso.

¿No nos convence este modelo? ¿Nos parece excesivo que los trabajadores del espectáculo (los que triunfan, que otros con el mismo o más esfuerzo pero menos tirón de público probablemente tengan problemas para llegar a fin de mes) ingresen tanto dinero? Cambiemos el sistema. Prohibamos el deporte profesional y que todos los practicantes lo hagan por amor al arte, por pura pasión por el juego y sin representar a nadie más que a sí mismos, como en la Inglaterra de la época victoriana. Sin medias tintas.

¿Estamos dispuestos? Todo es debatible. Pero mientras no lo hagamos, quejarnos de que una empresa, un club en este caso, paga en exceso a uno de sus trabajadores está completamente fuera de lugar. Es otro principio básico de la lógica capitalista: nunca, jamás, ningún empleado “cobra demasiado”. Al patrón siempre le sale a cuenta. Si no, lo despediría.

Queda demostrado, por tanto, que sí, aunque duela, Messi cobra lo que merece. O quizás incluso menos. Lo que es un problema real y que tenemos que solucionar urgentemente es la segunda parte. El hecho de que con su sueldo llegue para 5.000 becas de científicos de altísimo nivel, que están esforzándose para mejorar las condiciones de vida de todos nosotros y que son especialmente relevantes en tiempos tan duros como los que vivimos, no significa que el argentino ingrese demasiado, sino que ellos ganan demasiado poco.

Quizás sea un concepto de justicia social muy mal entendido, quizás sea pura y dura envidia, pero cuando pretendemos, al menos desde el plano teórico, deshacer las desigualdades, tendemos a recortar por arriba y no por abajo. Cuanto peor, mejor para todos, decía otro ilustre. Y no: el hecho de que un futbolista reduzca sus emolumentos no va a significar que el investigador perciba más. La experiencia nos dice que funcionamos de otra manera y que, aunque haya recursos disponibles, por mucho que el mantra liberal diga lo contrario, los jefes suelen ser reacios a pagar más a los trabajadores.

Estamos enfocando el asunto al revés. Si tan importantes nos parecen los demás trabajos (que lo son), si tan disparatada nos parece la diferencia entre sus ganancias y las de Messi, presionemos para que ellos, para que todos nosotros, cada uno en su sector y con sus particularidades, obtengamos una contraprestación económica más acorde a lo que sería adecuado. La ciencia en concreto, que la mayoría de las veces depende del dinero público, nos da una buena oportunidad para que los ciudadanos nos hagamos cargo y exijamos a los gobernantes que mejoren la situación. Pero no caigamos en la falacia de acusar a los futbolistas, trabajadores como nosotros, de algo que ni es culpa suya ni son ellos quienes deben resolverlo.

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