¿Le digo a mi hijo que Santa no existe? Cómo resolver el dilema navideño de muchos padres

Berna IskandarColaboradora

Se acercan las celebraciones navideñas y con ello se hacen muy frecuentes las consultas por parte de los padres sobre mentir a los niños con los personajes como Santa Claus, los Reyes Magos y los regalos que estos les traen. Tal preocupación la manifiestan a partir de una inquietud legítima a luz de que mentir o engañar no es saludable ni respetuoso para las criaturas. Algunos papás y mamás lo experimentan desde el conflicto de privar a los niños de la ilusión y del disfrute de estas tradiciones, con lo cual se preguntan qué hacer.

Ciertamente el propósito de no mentir ni engañar a los niños es legítimo y saludable, sin embargo, concretamente en este caso, caben algunos matices si queremos ampliar la mirada para abarcar el punto de vista de los niños, su lógica infantil y las particulares necesidades del momento evolutivo en que se encuentran cuando creen que estos personajes de la tradición popular son reales y existen.

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¿Qué cosa es real o imaginaria, qué es verdad o mentira para un niño pequeño?

En primer lugar debemos considerar que la verdad desde el punto de vista de los adultos parte de una interpretación racional propia de la mente del adulto, pero alejada de la lógica del niño y de su pensamiento mágico inherente a su momento madurativo egocéntrico de la primera infancia.

En la primera infancia (cero a siete años) el niño es regulado por la fantasía. En la mente de un pequeñín todo es posible (la casa puede volar, el sofá de la sala se convierte en una divertida montaña llena de aventuras, el caballo es púrpura…) Se encuentran en una etapa donde la frontera entre fantasía y realidad es muy difusa, aún no se percibe claramente. Los pequeños están regulados por el placer, aún no integran el principio de la realidad y en consecuencia del deber. Todo lo hacen jugando, aprenden jugando, regulados orientados por el placer y por su mundo interno mágico y fantástico, tal y como corresponde y es saludable durante esta franja etaria egocéntrica (no egoísta) que irán dejando atrás en la medida en que maduran.

Para un pequeñín cuya mente permite que cualquier cosa sea posible estos personajes llegan a ser reales, y disfrutan de dichas creencias con la familia y con otros niños de su entorno inmersos en la cultura que lo celebra de esa manera. Desde el punto de vista del niño, la “verdad de los adultos” podría vivirse como una desilusión o privación del disfrute del imaginario implicado en estos personajes de la tradición y sus regalos.

Tal y como explica la psicóloga Yolanda González, autora del libro “Amar sin miedo a malcriar”, una vez que los niños maduran y entienden o digieren mejor la realidad, logran discernir, por ejemplo, que Los Reyes, Santa, el Hada de los Dientes o el Ratón Pérez, no pueden estar en tantos lugares a la vez, entonces comienzan a preguntarse si realmente existen, etc. Llegado este momento los padres podemos acompañar con mucho amor y tacto aprovechando las preguntas para explicarles que esos personajes viven en el mundo de la fantasía y que nosotros, que los queremos mucho, los hemos acompañado en ese mundo mágico mientras tenían la edad que correspondía.

Si respetamos sus tiempos, esperando hasta que estén listos para pasar a un nuevo hito del desarrollo, al igual que la despañalización, el destete o la escolarización, el proceso se cierra sin traumas ni engaños, afirma González.

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Dos cosas que son importantes a tener en cuenta sobre las celebraciones navideñas

La primera tiene que ver con dejar atrás la práctica insana de amenazar o condicionar la llegada de Santa o Los Reyes y sus regalos según el niño se “porte bien o mal”, haga o no lo que esperamos, etc. Como ya he explicado profusamente en comunicaciones anteriores, los premios y castigos no son estrategias éticas, comportan malos tratos y siempre generan consecuencias adversas en el desarrollo de los niños.

La segunda cuestión tiene que ver con cuidarnos de la vorágine consumista inherente a estas fechas, nada saludable ni para el equilibrio ecológico del planeta ni para nuestro equilibrio económico o emocional. Nos vendría bastante bien resignificar la manera en que hemos terminado entendiendo la celebración de estas fiestas, reorganizar las prioridades, y si existe una prioridad entre las prioridades, es la de recuperar el encuentro humano, consciente, sentido, el disfrute de permanecer conectados en la intimidad emocional, el amor y la alegría.

En nuestras sociedades terminamos acostumbrados a conectar con los niños a través del consumo (paseos o peregrinajes a centros comerciales, comprar juguetes, chucherías, ir a salas de juego sobre estimuladas o al cine con más chucherías, más la compra de mercancía vinculada a los personajes de las pelis…) Es importante incluir en nuestras agendas actividades que nos permitan permanecer conectados sin la distracción de consumir cualquier cosa, en general innecesaria. Hacer más paseos por la naturaleza, sentarnos a dibujar y hacer manualidades en casa, establecer espacio y tiempo de disfrute para comunicarnos desde el corazón, disfrutar performances de cuentacuentos o teatro infantil, conciertos, exposiciones de arte u otras actividades en la ciudad que nutran el alma y nos ayuden a conectar con lo bello y con lo bueno de la vida.

Regalarnos y regalar a nuestros hijos e hijas experiencias de fusión emocional nutritivas en lugar de perdernos entre consumos desmedidos e insostenibles que solo aportan un breve placer seguido de un enorme vacío y una profunda insatisfacción vital.

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Berna Iskandar es divulgadora y asesora de crianza alternativa.

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