Las olimpiadas del miedo: los patrocinios cuestionan, los atletas están en riesgo y los japoneses se inquietan

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Aunque las autoridades se empeñen en asegurar que las medidas son rigurosas, no se han inaugurado los juegos y ya iniciaron los contagios. En medio de una nueva ola del virus, las olimpiadas se convirtieron de pronto en un túnel indeseado. Pero, parece tarde e improcedente frenar el evento

TOKYO, JAPAN - 2021/06/26: A pedestrian wearing a face mask as a precaution walks by signage advertising the Tokyo 2020 Olympic Games. (Photo by James Matsumoto/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)
La XXXII edición del mayor torneo multideportivo a nivel mundial se verá deslucida por la ausencia de varias estrellas que han declinado su participación y por el vacío en las gradas. El único público con acceso a los recintos de competición serán los miembros VIP de la familia olímpica y de las delegaciones. (Photo by James Matsumoto/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

Aplica la famosa Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Japón estaba entre los modelos mundiales admirados en el manejo de la pandemia. La conocidísima metódica japonesa era inigualable para aplicar unas medidas que preservaran muy conservadoramente a los mejores atletas del orbe. Sin hablar de la inobjetable infraestructura japonesa. Era la sede perfecta para restituir los ya retrasados Juegos Olímpicos de 2020. Pero todas esas virtudes se volvieron en contra: la confianza en el manejo del Covid les impidió resguardarse ante una nueva emboscada. Precisamente la rigurosidad de sus métodos retrasó enormemente la aprobación de las vacunas y la inmunización de la población (Japón están entre los países industrializados con una vacunación más lenta, sólo un tercio de la población está vacunada) y a prácticamente horas de la inauguración olímpica, han empezado a reportarse ya los casos.

Previendo el marasmo inevitable, Japón pasó de permitir público japonés en las competiciones a no permitir que nadie atestiguase las faenas deportivas. Será la primera olimpiada sin público de la historia. Los atletas estarán extremadamente aislados. Y aún así, comenzaron ya los contagios.

¿Valía la pena poner en riesgo a tanta gente y recursos para efectuar un evento que a fin de cuentas lucirá desolado? Depende del punto de vista, porque la gesta vencedora de seguro será abanderada de la civilización y los deportes en un hito épico, pero desde el punto de vista de la salud pública aún faltan por verse las consecuencias. Podría, ojalá que no, ser otro de los gestos irresponsables que han marcado mundialmente la pandemia.

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De la excepción al escepticismo

Los Juegos Olímpicos se abrirán oficialmente el próximo 23 de julio, aunque las primeras pruebas empezarán el día 21.

"Es inevitable que tengamos casos", admitió el domingo Christophe Dubi, director de los Juegos en el Comité Olímpico Internacional, mostrándose comprensivo a los temores de parte de la población japonesa.

Pero no parece ser un tema para llevarlo con tanta frescura. Justo para la llegada de los juegos, Tokio está sumida en el cuarto estado de emergencia impuesto por sus autoridades desde el inicio de la pandemia, lidia con un nuevo brote de covid-19 que ha incrementado el escepticismo entre quienes cuestionan la pertinencia de la celebración del certamen (encima, desde el mes pasado cunde la variante delta, la más contagiosa), y la cifra diaria de infectados ha superado durante cinco días consecutivos el millar de registros.

A pesar de que tanto el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, como el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Thomas Bach, han reiterado que la de Tokio será una edición “segura y con garantías”, un estudio publicado en el diario japonés Asashi Shimbun, revela que el 68% de los japoneses tiene dudas sobre la capacidad de los organizadores de controlar la pandemia apropósito de las Olimpiadas y el 55% de los encuestados se opone a que se celebre.

Lo que fue una virtud, se volvió en contra. Quien en 2020 era primer ministro japonés, Shinzo Abe, se apresuró a declarar entonces el triunfo del modelo japonés. Dijo que el virus se había controlado “de una forma característicamente japonesa”, que permitió que la vida siguiera adelante sin un bloqueo económico. Para el verano, el gobierno incluso promovió una campaña de turismo nacional para impulsar la debilitada industria de viajes.

“La contención temprana de la pandemia en su primera ola de alguna manera atenuó el sentido de urgencia de introducir medidas y herramientas políticas más sólidas en preparación para una propagación más severa”, destacó Akihisa Shiozaki, un abogado que trabajó en los estudios relativos a la preparación olímpica.

Japón desconcertó a los observadores al comienzo de la pandemia al mantener bajas las infecciones y las muertes pese a realizar muchas menos pruebas que otros países, imponer solo restricciones leves y hacer poco para sumar camas de hospital. De aquella confianza estas aguas.

Las calamidades alimentan el pánico

Es un momento para el que Japón se ha estado preparando durante mucho tiempo: desde marzo del año pasado, cuando los Juegos de Tokio se retrasaron debido a la pandemia; desde 2016, cuando el entonces primer ministro de Japón, Shinzo Abe, tomó la batuta en Río de Janeiro con un disfraz de Super Mario y también desde 2013, cuando el país logró por primera vez su reñida oferta.

Pero a muy poco de que la llama olímpica se encienda este viernes en el pebetero de un Estadio Nacional de Tokio casi vacío, la situación alrededor de los Juegos Olímpicos es todo menos halagüeña. Ya son varios los deportistas que han dado positivo dentro de la Villa Olímpica, pese a todas las precauciones adoptadas y las medidas de seguridad impuestas. Y Toyota, uno de los grandes patrocinadores, ha anunciado que retira sus anuncios relacionados con la competición, dado el ínfimo apoyo del público.

La XXXII edición del mayor torneo multideportivo a nivel mundial se verá deslucida por la ausencia de varias estrellas que han declinado su participación y por el vacío en las gradas. El único público con acceso a los recintos de competición serán los miembros VIP de la familia olímpica y de las delegaciones.

Además, hay deportistas obligados a aislarse por haber tenido contacto con personas contagiadas en su trayecto a Japón o después de haber aterrizado (los últimos, seis atletas británicos), y de delegaciones que han retrasado su viaje porque un miembro dio positivo antes de partir.

La que se supone es la reunión internacional con la representación más variada y noble del planeta, no sólo se va convirtiendo en un evento de competiciones aisladas, con atletas aislados y ausencias de todo tipo, sino que la posibilidad de enfermarse en el certamen ha dejado de ser un temor para convertirse en una realidad.

El escenario de que surja un brote masivo aterra a los organizadores. Los atletas que dieran positivo, y sus contactos cercanos, tendrían que aislarse y se verían imposibilitados a participar en las competiciones. Es decir, más allá del aislamiento y las sedes desoladas, las competencias mismas pueden verse afectadas.

Bochorno, resignación y orgullo nacional

El Comité Olímpico Internacional (COI) no fue particularmente útil para ganarse al público japonés. Esta misma semana, el presidente de la entidad, Thomas Bach, prometió hacer que los Juegos fueran seguros para el “pueblo chino”, antes de corregirse rápidamente en su primera aparición pública en Tokio. El día de su llegada, el hashtag Bach, vete a casa” era tendencia en Twitter.

Bach eludió las preguntas de los medios japoneses sobre lo que sucedería en caso de un aumento drástico de la infección durante los Juegos Olímpicos, y solo dijo que la cancelación “no era una opción”.

Alrededor de 60 empresas niponas que han desembolsado unos 3.000 millones de dólares en derechos de patrocinio se encuentran ante el dilema de romper su vínculo con los Juegos o que se continúe asociando su marca con estos, a pesar de no haber conseguido ganarse el favor de la sociedad japonesa, según informa Reuters.

Aun así, el país va camino a los Juegos Olímpicos con un sentido de resignación y un ajuste de cuentas sobre cómo sus líderes manejaron una pandemia que está arruinando un momento clave para el orgullo nacional.

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