Las insólitas chucherías que se comen en los estadios de México y sorprenden a un extranjero

(Photo by Jessica Rinaldi/The Boston Globe via Getty Images)
(Photo by Jessica Rinaldi/The Boston Globe via Getty Images)

Vas al estadio o a la arena cada dos semanas, quizá cada viernes si lo que te gusta es la Lucha Libre o si coincides con amigos que apoyan a otro equipo que no es el tuyo y los acompañas aunque no te llame la atención el partido.

El deporte, sea el Pancracio, el fútbol o el béisbol, o cualquier otro que se juegue en un inmueble que albergue a miles de espectadores, cobrará la misma importancia de lo que puedes encontrar ahí para comer, pues es la comida, en general chatarra, una parte inseparable de la idiosincracia mexicana en un evento masivo.

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Y es que ante tus ojos pasan los cueritos, esos cuadritos rizados de piel de cerdo sancochada y que no requirió mas que la paciencia del vinagre para darle un sabor único, más la salsa de etiqueta negra, bien picante y un limón, más la sal directa del salero que el heroico vendedor acomoda a la perfección en la charola de los vasitos que alojan toda esta mezcla que para otras culturas alcanza grados corrosivos.

La comida en un estadio, si no es sana, al menos es variada, siendo esta su mayor virtud, que comparte con el color, el sabor y lo típico, como los dichosos cueritos, los cacahuates sin cáscara dura que mantienen aún su ligera piel, las pepitas de calabaza recién tostadas (miles en sus formas) o las ahora multi famosas sopas de fideo Maruchan, que alcanzan su mayor suavidad gracias a los minutos que pasan sumergidas en agua caliente proveniente de una enorme cafetera que ayuda a mantener la temperatura adecuada.

¿Hervida? Es un lujo, agradezcamos que cuando llega a nuestra manos aún está tibia y eso sí, con un limón y cucharita de plástico que desafían las leyes de la gravedad al mantenerse en su sitio por un buen rato pese a los vaivenes de los vendedores que las transportan en una charola sobre sus cabezas. Más folclor no se puede pedir, a pesar que el origen de esta comida sea asiático y esté envuelta en décadas de discusión sobre lo malo que puede ser su consumo.

Sumemos a este amplia carta las palomitas de maíz de microondas, sin siquiera saber en dónde está el horno, o la nieve de limón, apetitosa por su color verde radioactivo adornada por enormes motas de polvo, que vaya uno a saber en dónde estuvieron antes de recorrer los pasillos del túnel número 30.

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Para beber hay de todo, pero inclinémonos por la bebida más consumida en cualquier estadio del país. Pese a los escándalos de cervezas recicladas-adulteradas, el dorado líquido se pasea por todos lados a precios tan accesibles que apagan la sed de los aficionados sin importar su nivel social.

No hay restricción en la venta de cervezas, excepto por los 15 minutos antes de que termine un partido y se dejan de ofrecer, con el obligado aviso ‘previo’ de “¿cuántas va a querer antes que ya no vendamos?” Aficionados salen con los vasos vacíos apilados en señal de triunfo, como un trofeo que deba presumirse. Se cuentan por más de 10, 15 o hasta 20.

Todo lo que podemos hallar en las tribunas además, convive pacíficamente con lo que otras culturas aportan a esta infinita dieta: pizzas individuales de Domino’s o sándwiches de roast beef con queso amarillo de Arby’s. ¿En qué lugar se puede acompañar una hamburguesa con un vaso de cueritos o un chicharrón bañado en salsa picante y crema con una pizza de peperoni?

(Photo credit should read YURI CORTEZ/AFP via Getty Images)
(Photo credit should read YURI CORTEZ/AFP via Getty Images)

Esa imagen que ha recorrido el mundo, la de la vendedora de sopas, es una digna postal de lo que estamos hechos los mexicanos en un evento masivo. Quien escribe estas líneas ha visto mil veces a una vendedora similar con sus billetes acomodados en los dedos, como si hubiese vendido cientos de sopas ese día a pesar que la charola está llena de vasos con el potaje, pero nunca ha visto a alguien consumir alguna, al menos cerca de él.

Es simple, sin complicaciones, accesible sin importar el evento, porque igual se vende todo eso en un caro partido de fútbol americano de temporada regular de la NFL, que en una cartelera de lucha libre de un viernes por la noche. El nivel económico del público puede cambiar en cada evento, en cada partido, por favor que la oferta gastronómica nunca deje de ser la misma.

Y todo esto al interior de un estadio, afuera la variedad y sabores alcanzan dimensiones indescriptibles.


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