Las fotos de la vergüenza o por qué necesitamos políticos ejemplares

Javier Peláez
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Mientras se decretan restricciones a las reuniones familiares, los políticos se reúnen en una  lujosa cena de gala en el Salón Real del Casino de Madrid
Mientras se decretan restricciones a las reuniones familiares, los políticos se reúnen en una lujosa cena de gala en el Salón Real del Casino de Madrid

El pasado domingo, 25 de octubre, el gobierno de España declaraba el estado de Alarma en todo el territorio nacional mediante el Real Decreto 926/2020, en un nuevo intento de contener la propagación de infecciones causadas por el SARSCoV-2. Precisamente ayer publicábamos un artículo analizando la conveniencia y/o eficacia de algunas de las medidas adoptadas en este nuevo estado de alarma, entre las que se encuentran diferentes restricciones de movilidad, estrictas limitaciones a las reuniones sociales, toques de queda en horario nocturno, etc. De entre todas estas prohibiciones, el artículo 7 de este decreto establece además que las reuniones de grupos de personas, tanto en espacio cerrados como al aire libre, quedarán condicionadas a que no se supere el número máximo de seis personas. Las reuniones en el ámbito privado, también quedan limitadas a seis personas. Esto significa que, usted y yo, españolitos de a pie, no podemos reunirnos con más de seis personas mientras el decreto siga activo, que posiblemente sea durante varios meses.

Dos días después de aprobar estas duras restricciones, y tras finalizar la rueda de prensa donde anunció cariacontecido que los contagios en España se acercan a los 20.000 diarios, con 267 muertes en las últimas 24 horas, el Ministro de Sanidad se marchó a una fiesta multitudinaria.

La presencia del más alto responsable nacional de esta tremenda crisis sanitaria en una absurda, vergonzosa e innecesaria fiesta, es tan solo el pico de un iceberg de desfachatez. El Salón Real del Casino de Madrid fue el lujoso escenario que celebró una cena digna del príncipe Próspero de Allan Poe, a la que asistieron varios ministros, tres presidentes de Comunidades Autónomas (incluyendo a Isabel Díaz Ayuso), diferentes alcaldes (Martínez-Almeida no podía faltar), Pablo Casado (Presidente del PP), Inés Arrimadas (Presidenta de Ciudadanos) y un largo etcétera de políticos, mezclados con empresarios millonarios, ricos presidentes de clubs de fútbol, consejeros de multinacionales eléctricas, ejecutivos de marcas importantes.

Por supuesto, los implicados no han tardado en responder que esta fiesta está amparada por la excepción del punto número 4 de ese artículo 7, donde muy astutamente se ha colado que “no estarán incluidas en la limitación de reunión las actividades laborales e institucionales”… y claro, ir a un banquete en el Casino es institucional.

Todo ha sido legal, no se ha traspasado la fina línea que separa la comilona política aceptable de la malvada reunión familiar contagiosa. Cien políticos, consejeros y millonarios en un salón rococó engullendo un menú michelín se ajusta elegantemente al decreto… y aún así, a ninguno de los asistentes, se les ocurrió que no era buena idea. Simple y llanamente, no era una buena idea. Ni uno solo de estos políticos, ni siquiera a sus incontables asesores de imagen, se les pasó por la cabeza considerar que aparecer en una cena, tan pomposa y tumultuosa como innecesaria, era un terrible ejemplo y una pésima imagen. A ninguno.

La adecuada gestión de una situación histórica como esta pandemia requiere del máximo grado de confianza en los responsables políticos y no estamos teniendo suerte con eso. Disputas continuas, insultos, descoordinación, reproches, amenazas, desacuerdos constantes… necesitamos gestores eficaces y tenemos niños malcriados y chillones. La política se ha convertido en un obstáculo más, un factor que añadir a la difícil situación, un problema que entorpece. No parece necesario añadir estudios (aunque existen a montones) que muestren la importancia que tiene confiar en un gobierno para cumplir sus resoluciones. Para atajar los efectos de esta pandemia conviene tener dos elementos sociopolíticos: buenos gestores y una alta confianza de la población en las medidas adoptadas. Los países que mejor están gestionando la pandemia son aquellos cuyos políticos han creado menos polémica y más confianza. Representantes capaces de llegar a consensos, de no generar ruido innecesario, de adoptar medidas que la población acepta mayoritariamente.

¿Cómo van a aceptar los ciudadanos las decisiones, limitaciones y medidas de unas instituciones que no respetan o confían?, ¿Cómo va a aceptar la población unas duras y exigentes restricciones si no ve una contraprestación igual en sus políticos?

Se suele decir que no solo hay que ser respetable, sino parecerlo. Las maneras son importantes, el ejemplo es fundamental. Un político debe ofrecer un plus de ejemplaridad, mucho más en estos tiempos donde, diariamente, están exigiendo esfuerzos a los ciudadanos. El propio Ministro Illa ha reconocido hoy que los asistentes a esa fiesta se equivocaron y que la imagen que se ofreció a la ciudadanía no fue buena. Las imágenes de políticos sin mascarilla que aparecieron ayer en todos los medios se han apodado “las fotografías de la vergüenza” y sin embargo, son algo mucho peor que eso… son las fotografías de la desconfianza, y es lo peor que nos podría ocurrir ahora.