La comunidad imaginada desde la élite independentista

Uno de los aspectos destacados del independentismo catalán en los últimos años ha sido su capacidad para movilizar de forma conjunta a un alto número de personas. Lo que significa que la élite del independentismo catalán comprende, de forma más intencional que casual, que algo que nos hace diferentes, de verdad, a los seres humanos es nuestra capacidad de cooperar alrededor de ordenes en el mundo que, en realidad, no existen.

Ejemplos del éxito de este tipo de cooperación alrededor de un orden inventado son las religiones, los nacionalismos o las identidades colectivas (políticas, deportivas, raciales…) que, en realidad, solo son comunidades imaginadas. La fuerza de este tipo de creencias colectivas reside en su vocación por construir una ficción de orden superior, fuera del alcance de las capacidades individuales. La organización cooperativa alrededor de una idea imaginada de gran escala no sólo facilita la cooperación sino que, además, incrementa el grado de confianza colectiva de que lo que se persigue tiene un significado de superior. Lo que, a su vez, permite continuar cooperando de forma cada vez más eficaz y, así, atraer a nuevos miembros al seno del orden imaginado aumentando su valor y, no menos importante, su verosimilitud. Cuando el número de nuevos miembros se reduce o, simplemente, se quiere acelerar la construcción identitaria es necesario crear un enemigo (los judíos han sido utilizados como enemigos por múltiples ordenes a lo largo de la Historia) que acelere la construcción de la comunidad imaginada como elegida. Y, de paso, legitima a la élite rectora para defender a la comunidad imaginada.

Algunos de los muchos arquetipos que se utilizan en la construcción de la comunidad imaginada se encuentran de forma recurrente en los cuentos populares: el anciano sabio o el héroe que se condena por un error descomunal (el independentismo ha dejado en el camino de la corrupción a Jordi Pujol), la madre (la nación), el diablo o los malvados (los responsable de la adversidad), la pérdida original (desde 1714 o 1640 ya que suele ser habitual que diferentes narraciones compitan por convertirse en dogmas), un símbolo personificado del mal (Felipe V, cuando la mayoría de los catalanes permanecieron a su lado y un grupo de catalanes querían, en realidad, depender de la Corona de Inglaterra), una descomunal travesía del desierto (la lucha de siglos en defensa de la identidad imaginada), la vocación de superación de las adversidades (la relación histórica de infortunios), los héroes y mártires del pasado (R. CasanovaF. MaciáL. CompanysF. Cambó, etc), la persecución del paraíso imaginado con la promesa siempre pospuesta (la independencia) que dará lugar estadio de felicidad permanente (la república) y que se extenderá a lo largo del tiempo sin conflicto alguno (el final feliz para siempre). Aunque como en los cuentos populares nunca se sabe que sucede después del final feliz. Lo cierto es que todos estos arquetipos son recurrentes, también, en los movimientos totalitarios.

Para la reconstrucción de la historia de la comunidad imaginada, la verdad -entendida como las verdades fácticas- solo son necesarias de forma tangencial, basta con que la narración imaginaria sea verosímil y, en concreto, que sea útil al relato político. A lo largo de la Historia todos los nacionalismos se han servido de mitos y falseamientos para construir el tejido de su propia realidad. Después lo que se persigue es la exigencia de que esos mitos sean aceptados como algo propio del sentido común, lo que se consigue con el adoctrinamiento y la repetición testaruda de los dogmas derivados de la mitología política. De igual forma aparecen en las comunidades imagiandas, con base en la antropología, diferentes ritos de pertenencia y nuevas simbologías (p.e. abandonar la senyera a favor de la estelada) y ceremonias litúrgicas colectivas (p.e. las cadenas humanas) o eventos de mortificación colectiva (como el 1O) o la exigencia de derechos objetivos que no existen (como el derecho a decidir) o la apropiación por un grupo del todo (como el supuesto mandato popular” o arrogarse la representación total del pueblo catalán -en realidad una exclusión de más la mitad de aquellos no independentistas en Cataluña) junto con la reivindicación expansiva de anexión de espacios vitales geográficos (como los denominados Països Catalans).

También es habitual que existan organizaciones parapolíticas que garanticen la pureza doctrinal (Ómnium Cultural o la ANC). Todo ello permite, llegados aquí, que nadie dude de la existencia de la comunidad imaginada porque el sentimiento de copertenencia es real. El último rizo del rizo es la falacia de una epistemología emocional que consiste en tener por indudable que puesto que lo que se siente es real también es cierto aquello en lo que se cree.

(Photo by Adria Salido Zarco/NurPhoto via Getty Images)
(Photo by Adria Salido Zarco/NurPhoto via Getty Images)

Ahora lo más importante es que el independentismo catalán parece haber entrado en una nueva fase: la imposición de su comunidad imaginada al resto de la población. El activismo independentista en las calles protagonizado por grupos e individuos violentos forma parte de una evolución natural hacia la toma del poder político. El objetivo sigue siendo el mismo: la antigua DUI o una nueva declaración de independencia como la que ya se amaga con activar en cuanto el momento sea propicio. La irrupción de la violencia con alta carga política en Cataluña ya fue anticipada en esta columna, al inicio de octubre, cuando en las semanas previas el clima de opinión alrededor del independentismo mostraba evidencias de un incremento del uso del lenguaje belicista en perfiles particulares y medios independentistas. Esta violencia muestra ya señales de alta capilaridad como evidencian los vídeos de acoso, agresiones e insultos (1234,…) a las personas que pretendían asistir a la entrega de Premios de la FPdG. Hechos que en un ejercicio de cinismo han sido negados oficialmente por el Gobern. El nivel de violencia persona-a-persona es un signo muy preocupante de que se ha alcanzado por muchos el estadio de deshumanización del otro.

En las sociedades democráticas la administración de la violencia -tras dos Guerras Mundiales y numerosas guerras civiles- está asociada a la legitimidad de su uso como último recurso. La forma en que el independentismo oficial está comprendiendo, por un lado, y siendo ambivalente, por otro, la violencia explícita e implícita evidencia una tolerancia instrumental. Desde una posición de calculada ambigüedad o negación el objetivo más plausible es el de mantener el control (administrar) de la calle en mano de los CDRs. Unos CDRs que, sin embargo, también se revuelven en contra de sus propios líderes o fuerzan el distanciamiento de políticos independentistas. Lo que apunta a una decreciente capacidad de gestión del movimiento independentista en las calles por parte de su propia élite. En los próximos meses va a ser crítico en qué medida esta élite sepa o pueda controlar la violencia, o bien, que los CDRs y grupos similares se vuelvan más autónomos. Las alternativas a esta cuestión abren el paso a escenarios con dinámicas sociales y políticas caóticas –con el próximo 10N como nuevo punto de partida- en Cataluña y España.

Seguiremos atentos.

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