La ciudad que odiaba a su equipo de la NFL

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Un hincha anima en solitario a los Tennessee Oilers en Memphis (AP).
Un hincha anima en solitario a los Tennessee Oilers en Memphis (AP).

Parece una fórmula bastante simple: combinar una población apasionada por el fútbol americano con un equipo en busca de un hogar, y chan, de un flechazo, nace el amor. Y funciona casi siempre, como en el caso de Baltimore, Phoenix, Indianapolis y Charlotte, por poner solo algunos ejemplos. Incluso en aquellos casos en los que no hay química de inmediato, finalmente se prende la chispa; como ocurrió, por ejemplo entre la ciudad de Los Ángeles y los Rams.

Aunque en la historia de la NFL solo hay un caso en el que un equipo y una ciudad se hayan odiado intensamente desde un buen inicio, solo un caso en el que la relación llegó a estar tan mal que en unos pocos meses se separaron. Al igual que en todas las relaciones fracasadas, cayeron en las garras de los celos y el miedo, y también al igual que en toda relación negativa, ambas partes se olvidaron rápido la una de la otra.

Esta es la historia de una ciudad que, durante un breve período de tiempo, tuvo un equipo en la NFL… y cada uno de los minutos en los que eso fue así alimentó el odio de sus habitantes.

La NFL ya casi tenía a los Memphis Hound Dogs

Si la rueda del destino hubiera girado en una dirección ligeramente diferente, en este justo momento estarías leyendo algo sobre lo bien que les irá a los Memphis Hound Dogs este 2018 contra sus rivales de la AFC South. El Heartbreak Hotel sería tan temido entre los hinchas como el Dawg Pound de los Cleveland o el Black Hole de los Oakland. Ahí estaba la posibilidad, pero la NFL eligió otro camino, uno que la llevó bien lejos de Memphis.

A pesar de su prestigio en tanto semillero de músicos, se podría decir que Memphis en verdad es un pueblo grande o una ciudad pequeña, según se prefiera. Dependiente del río Misisipi, lejos de la costa, resulta tan sobrecogedor que puede intimidar a aquellos que se preocupen por las comodidades y es con demasiada frecuencia el típico lugar donde uno se detiene para hacer un alto antes de seguir camino hacia otro lugar. Si has enviado un paquete con FedEx en los últimos 30 años, es probable que haya pasado por Memphis.

“No somos una ciudad con todas las ventajas de las ciudades costeras, no somos una ciudad en la que haya decenas de empresas incluidas en el Fortune 500”, dice Frank Murtaugh, residente de Memphis en los últimos 30 años y editor de la revista homónima. “Pero tenemos el deseo, tenemos el corazón, tenemos la entrega, los componentes centrales para ser hinchas deportivos a largo plazo. Solo necesitamos a un equipo ganador”.

La complicada relación de Memphis con la NFL viene de lejos, décadas, dado que la ciudad intentó una y otra vez lucirse para atraer la atención de la liga, y una vez tras otra ha visto cómo otras ciudades se llevaban nuevos equipos.

La franquicia de Memphis de la World Football League, apodada “los Grizzlies” tres décadas antes de que llegara el equipo de baloncesto, se jactó de contar con notables como Danny White y Larry Csonka, y llevó la locura del fútbol americano a pleno centro sur del país a mediados de los años 70. Cuando la liga fue eliminada, el equipo recaudó durante la temporada el valor de las entradas de 40.000 hinchas por partido para intentar atraer a la NFL y que esta abrazara a los Grizzlies entre los suyos; pero la NFL no quiso.

Diez años más tarde, los Memphis Showboats de la USFL fueron uno de los equipos más destacados de la liga, con taquillazos en el estadio Liberty Bowl en partidos como uno que lo enfrentó al Birmingham en junio (hacer que los habitantes de Memphis hagan algo en ese mes es un logro asombroso). Pero cuando la USFL dejó de existir a raíz de una demanda contra la NFL presentada por uno de los dueños de la liga, un empresario de Nueva York llamado Donald Trump, una vez más la ciudad volvió a quedarse sin equipo.

En 1987, Memphis gastó 19,5 millones de dólares ‒en torno a 43,2 millones de dólares de hoy en día‒ para renovar el ya anticuado Liberty Bowl, ampliando el aforo sentado a 62.000 y añadiendo 44 suites de lujo para el óvalo de cemento con forma de montura. Luego la ciudad se quedó sentada esperando a que llamara la NFL… y más tarde observó horrorizada como Phoenix, al igual que Indianápolis lo hizo antes, le arrebataba una franquicia ya existente.

Seis años después, Memphis tuvo otra oportunidad en la liga, con un grupo propio que incluía a grandes personalidades locales como Fred Smith, fundador de FedEx, y Elvis Presley Enterprises. la ciudad puso en marcha un equipo, “los Hound Dogs” (perros de caza) un subproducto del legado elvispresliano que se enfrentaría a otros cuatro aspirantes a la NFL: Charlotte, Jacksonville, Baltimore y St. Louis (Para preguntas del Trivial: Jacksonville ya había puesto el nombre Jaguars, al principio Carolina llamó a su futuro equipo Los Cougars, mientras que Baltimore ofreció Bombers y St. Louis, Stallions. Los 90 no fueron una buena época para los nombres de equipos).

Según esa lista, puedes adivinar lo que ocurrió a continuación. Esas cuatro ciudades consiguieron las franquicias: Charlotte y Jacksonville atrajeron a equipos de otras ciudades construyendo estadios mucho más deslumbrantes que el Liberty Bowl. Memphis no pudo ganar por sus propios méritos y no contaba con los recursos para volver a forjar otro equipo desde cero.

Así que Memphis se quedó sentada, se lamió las heridas ‒ya estaba acostumbrada a eso‒ e intentó consolarse con el básquet universitario, donde un chico llamado Penny Hardaway le había devuelto algo de protagonismo al programa universitario local.

Eddie George hizo algo de ruido en el primer partido de los Oilers de Memphis contra Oakland (Getty).
Eddie George hizo algo de ruido en el primer partido de los Oilers de Memphis contra Oakland (Getty).

Houston y los Oilers: una fea separación de la NFL

A casi mil kilómetros de Houston, una ciudad apasionada del fútbol americano cada vez estaba más enfadada con su equipo… y más en concreto con su dueño, Bud Adams. quien amasó su fortuna con el petróleo y era un poco como el anti-Memphis, un jugador que había ganado a la NFL cada vez que daba vuelta a sus cartas. Miembro fundador de la antigua AFL, en 1960 fichó al ganador del trofeo Heisman, Billy Cannon, ante la mirada de la NFL, luego ganó un litigio judicial para retenerlo. Cerca de 20 años más tarde, se hizo con los derechos del codiciado Earl Campbell en un traspaso con Tampa Bay, y lo llevó hasta la cima de la AFC. Pero Adams parecía ser víctima de la maldición de no alcanzar nunca su tierra prometida, la Super Bowl; los Steelers derrotaron a Houston en dos campeonatos de la AFC consecutivos, y una década más tarde, Houston sufrió el revés más estrepitoso en la historia de las eliminatorias, perdiendo en la temporada 1993 un partido, a priori fácil, contra los Buffalo luego de haber ganado 31 a 3.

Al igual que Memphis, Adams había estado mirando con ojos envidiosos mientras los Rams se mudaban a sus nuevos y lujosos aposentos en St. Louis. Pero al tiempo que Memphis ansiaba tener un equipo, Adams deseaba un estadio. El Astrodome, donde en otro tiempo los Oilers jugaron para decenas de miles de ruidosos hinchas Luv Ya Blue fans, estaba decrépito y hecho un vertedero, y no mucho después del revés en las eliminatorias, Adams comenzó a pedir 186 millones de dólares para un nuevo estadio. Houston se volvió contra él, con dureza, y los dos partidos ganados y 14 perdidos en la temporada 1994 no ayudaron.

Así que Adams empezó a buscar por todo el país otro hogar, y he aquí, entonces, que el alcalde de Nashville, Phil Bredesen, extendió la alfombra roja. Lideró un referéndum en mayo de 1996 en el que los residentes de Nashville, embebidos de imágenes de partidos de Super Bowl en sus cabezas, votaron a favor de la financiación de un estadio a través de aumentos en el impuesto a la propiedad. Al mismo tiempo, los propietarios de la NFL aprobaron la mudanza de Adams a Tennessee por un margen de 23 votos a 6, con una abstención, el mínimo necesario para seguir adelante.

Adams procedió con cautela con los hinchas de los Oilers, los medios de comunicación y sus propios jugadores ‒los miembros del Houston Oilers se enteraron por los periódicos, con suerte‒ y eso llevó a tres temporadas de decepcionantes reveses. Houston jugó su último partido en diciembre de 1996 ante una multitud de apenas 15.000 espectadores.

“Se manejó tan mal”, eso dijo el defensa presente en el Salón de la Fama, Bruce Matthews. “En cualquier caso ‒pienso en los Rams y los Chargers‒ dimos un ejemplo propio de no querer mudar la franquicia. Fue un desastre”.

Además, había un problema en la otra parte. Nashville no tendría su estadio listo hasta la temporada 1998. Eso significaba que los Oilers tendrían que encontrar un lugar para jugar esos dos años. Al principio, Adams dio por sentado que podría jugar en el Dudley Field de Vanderbilt, que contaba con 41.000 asientos, pero hubo algunos problemas: primero, no había palcos de lujo para los dulces ingresos corporativos, y segundo, el estadio no podría vender alcohol, al ser un estadio de la NCAA. El estadio Neyland de la Universidad de Tennessee tenía una capacidad de 102.000 difícil de llenar; y a Adams le asustaba la idea de franjas enormes de asientos vacíos, algo que resultaría dar un toque irónico. En combinación, ambos estadios universitarios daban pocas ganas de ir.

Luego Adams se fijó en otra opción con la que dio por sentado que contaba como “local”: el Liberty Bowl. Fue una decisión que se hace mirando un mapa, no consultando a nadie con una noción de lo que es una ciudad. Parecería que el razonamiento fue que Memphis estaba a solo tres horas por la carretera interestatal 40. Eso fue lo más cercano a la solución perfecta que podría encontrar… ¿No?

No. Nashville y Memphis se odiaban mutuamente. Memphis veía a Nashville como un enclave suburbano pretencioso y Nashville veía a Memphis como una ciudad fluvial retrógrada. Ambas ciudades han pasado un siglo disputándose prácticamente por todo, desde la música (country o blues) a la comida (hot chicken o barbecue) o apodos convertidos en marca (Smashville o Grind City). Dar por hecho que los hinchas de Memphis apoyen a un equipo de Nashville fue tan ingenuo como dar por hecho, digamos, que los hinchas de los New York Giants irían a los partidos de los Jets, o que los hinchas de Houston irían a animar a un equipo de Dallas. Veinte años antes de que la confianza del cerebro de los Charlers diera por hecho que los hinchas de San Diego viajarían hasta los Ángeles, Adams pensó que el viaje de tres horas entre ambas ciudades no sería ningún problema.

Pensó mal. Cuando la NFL llamó a su puerta una vez más esperando un cálido recibimiento, Memphis ‒escarmentada tantas veces antes‒ no mordió el anzuelo.

Nadie en Memphis prestó mucha atención a los Oilers (Getty).
Nadie en Memphis prestó mucha atención a los Oilers (Getty).

Memphis a la NFL: váyanse al cuerno

“Parece que piensan que todo lo que tienen que hacer es poner un cartel en el estadio y ver a los residentes de Memphis y de Nashville hacer fila para comprar entradas y ver los partidos de los Oilers”, eso escribió el escritor local Dennis Freeland en la edición del 28 de agosto de 1997 del Memphis Flyer. “Los Oilers no han hecho prácticamente nada para congraciarse con los hinchas de la ciudad donde viven, entrenan y esperan jugar algún día, o en la ciudad donde juegan mientras Nashville termina un nuevo estadio de 292 millones de dólares”.

Adams y la NFL se mostraron tan preocupados por Memphis como uno lo estaría por un estacionamiento en una tienda de comida. Llamó a los residentes de Memphis, “memphanites”, sea lo que sea que eso signifique, y el comisionado Paul Tagliabue luego redobló la apuesta respondiendo al entonces alcalde de Memphis Jim Rou,t llamándolo el “alcalde rechoncho”.

Claramente, eso fue hacer un alto en el camino, nada más.

“Houston ha acabado para nosotros, y Memphis no estaba encantada”, eso dice el por entonces director general de los Oilers, Floyd Reese. “Todo sucedió tan rápido. No tuvimos tiempo suficiente para conseguir hacer las cosas como queríamos”.

“Nos pasó factura porque, una vez que todo esto termine, va a ser grandioso”, dice Matthews. “En cambio, se volvió cada vez más extraño”.

Los intentos de congraciar al equipo con sus hinchas fracasaron de forma miserable. El equipo intentó reunirse y saludar en autobús desde Nashville a Memphis, y se detuvo en Jackson, donde los indiferentes hinchas y los desconcertados jugadores se miraron unos a otros con un calor de casi 37 ºC de calor. Después vino un intento desastroso de hacer desfilar al equipo por la calle Beale de Memphis… un desfile en el que no hubo nadie.

“Veníamos de la alfombra roja a este parque al aire libre”, recuerda Eddie George. “Todos los lados estaban acordonados, pero allí no había nadie. ¡Se presentaron 150 personas con suerte!” Solo algunos titanes cruzaron la línea acordonada para comprar cerveza a los vendedores ambulantes.

“En la NFL, viajar es un asunto de primera importancia, pero el hotel en el que nos alojamos en Memphis era de segunda categoría”, dice Reese. “Tomabas el avión a Memphis, entrabas en la misma habitación en la que habías estado antes y la misma luz parpadeaba en el teléfono con el mismo mensaje de hacía tres semanas”.

“Siempre estábamos en la carretera una vez daba comienzo la temporada”, dice Matthews. “Fue tan ridículo. Seguíamos diciendo: ‘¿Cuándo llegaremos? ¿Dónde está la zona de confort? Nunca la sentimos’”.

Los jugadores volarían a Memphis el sábado por la noche para un partido el domingo, se hospedarían en ese lúgubre hotel y tratarían de averiguar qué hacer a continuación. Hasta llegaron a tener que tomar taxis desde su hotel hasta el estadio.

“Memphis no era una gran ciudad”, recuerda George. “Ha cambiado mucho, pero en aquel momento, no había mucho qué hacer por la noche después del partido. Aparecías, jugabas y te ibas. A veces lográbamos hacer una barbacoa o íbamos a un club de jazz o de blues para relajarnos, pero eso era todo. No había posibilidad alguna de conectarse con la ciudad”.

Entre los visitantes que llegaban a Memphis muchos venían de Oakland, ciudad que aportó un gran contingente de entusiastas hinchas locales, y Cincinnati… no, es mentira. El partido con los Bengals reportó una asistencia de 17.000 hinchas ligeramente interesados que ni siquiera lograban hacer el suficiente ruido como para ser escuchados a una calle de distancia del Liberty Bowl.

“[Los adversarios] llegarían y simplemente moverían sus cabezas”, dice Reese. “Ellos lo entendieron. Estábamos jugando en un estadio que no estaba al nivel de la NFL. Te disculparías, pero no había nada que pudieras hacer para cambiarlo”.

“No era un lugar al que fuera la gente. No se programaba la semana en base al partido”, recuerda Murtaugh. “La gente iba solo si no tenía nada mejor que hacer ese día”.

Las entradas costaban de 25 a 60 dólares (unos 40 a 95 dólares de hoy), pero aun con esos precios razonables, no apareció nadie. El empeoramiento de la situación llevó a Jacksonville y Baltimore al Bluff City para recordar a la gente de Memphis lo que se habían perdido. De alguna manera, el equipo ganó seis de sus ocho partidos jugados en el Liberty Bowl (el equipo dirigido por Jeff Fisher se abrió camino con 2-6 para finalizar con un perfecto 8-8).

George, el joven central del equipo, sufrió un choque cultural que le hizo bajar el rendimiento; su primer año como Oiler fue el último del equipo en Houston. “Estaba recién llegado del Heisman [en el estado de Ohio] y jugaba frente a 102.000 personas”, dijo Reese. “Y ahí estaba él, jugando frente a 20.000 personas. Seguí diciéndole a él y a todos los demás: ‘Chicos, aguanten. Va a mejorar’”.

Durante ese año, George corrió 1.399 yardas y ejecutó seis touchdowns. El mariscal de campo móvil de los Oilers, Steve McNair, registró unas estadísticas más que respetables, y el resto del equipo hizo una promesa: esa temporada no se rompería.

“No sabíamos qué esperar de una semana a la otra”, dice George. “Pero en cuanto añadimos algunas piezas clave nos volvimos invencibles. Superamos la barrera y esa adversidad nos ayudó para unirnos”.

Al tiempo que el vestuario se unía, la dirección se fracturaba. El último partido de la temporada desató la furia de Adams. Los Steelers llegaron a la ciudad, y la asistencia aumentó a más de 50.000 personas, como mucho, de lejos el mejor registro de la temporada. Pero había una razón: para los hinchas de los Steelers era más barato comprar pasajes aéreos, hotel y entradas para ver un partido de los Oilers en Memphis que un partido en su ciudad de Three Rivers. Enfurecido al ver que legiones de negro-dorados ahogaban los gritos de la los pocos fieles de los azules, Adams paró las apuestas y llevó al equipo de vuelta a Nashville para siempre. Ningún equipo de la NFL ha jugado un partido regular de temporada en Memphis desde 1997, y a nadie parece molestarle demasiado.

Memphis y los Oilers: mejor tras la ruptura

Tras esa temporada desastrosa, Memphis y los Oilers se vinieron arriba. Dos años más tarde, los Oilers ‒rebautizados como los Titans‒ llegaron a la Super Bowl y cayeron por una yarda en el tiempo extra. Los jugadores que habían sufrido durante los oscuros días pasados en Houston y los desoladores días en Memphis se juntaron como equipo ante la adversidad y estrecharon sus lazos.

“No hay dudas”, dice Matthews. “Cuando lo haces mal durante un tiempo, se llama a filas, y llevábamos terminando con 8-8 durante tres años consecutivos. Pero todo culminó en aquel equipo del 99 que fue a la Super Bowl”.

“En tres temporadas, estuvimos en tres ciudades distintas, tres estadios distintos, con tres nombres distintos”, dice Reese says. “No tuvimos la posibilidad de saber quiénes éramos”.

Memphis también dio un paso adelante como ciudad deportiva, albergando a los Cardinals de St. Louis de la Triple-A en un nuevo estadio de béisbol en pleno centro, no muy lejos del vertedero desvencijado a la sombra del Liberty Bowl. Menos de cuatro años después de aquella desastrosa temporada de los Oilers, Memphis ganó una reubicación profesional dando la bienvenida a los Grizzlies de Vancouver de la NBA en la ciudad. Sin duda, la ciudad seguiría viendo algunos equipos de fútbol profesional sin grandes marcas y no muy conocidos aún. El “Maniax” de la XFL estuvo en Memphis un año en 2001, y el nuevo Alliance of American Football también tuvo un equipo en Memphis, pero gracias a los Grizzlies, Memphis es ahora una legítima ciudad de deportes profesionales.

En estos días, aunque la rivalidad entre Memphis y Nashville sigue siendo fuerte, la reciente racha de éxitos de los Grizzlies ha ayudado a suavizar las tensiones. Ahora ambas son ciudades en las grandes ligas, aunque en diferentes deportes. No hay muchos hinchas de los Titans en Memphis, a pesar de que los partidos de los Titanes opacan a los demás en su horario de todos los domingos. Preséntate en cualquier bar de deportes y es probable que veas más camisetas de los Patriots, los Steelers, o los Cowboys que de los Titans.

Tal vez se deba a algunos sentimientos persistentes o tal vez sea el hecho de que Bud Adams nunca se dio cuenta: Memphis y Nashville comparten fronteras, pero poco más. Las colinas del este de Tennessee, las luces brillantes de Nashville y el río Misisipi que alimenta a Memphis son tan distintos que bien podrían ser tres estados diferentes. Al fin y al cabo, la bandera del estado tiene tres estrellas por algo.

“No tengo dudas de que la NFL habría tenido éxito aquí, al menos si se mide la asistencia y el resultado final”, dice Murtaugh. “Queremos ser conocidos por ser una ciudad del baloncesto, pero esta es una región de fútbol. Si no hubieran existido los Tennessee Titans, si hubiera una franquicia ubicada en Memphis, habría personas que acudirían desde Nashville hacia el oeste”.

Dos rarezas: un banderín de los Tennessee Oilers y un partido de la NFL en Memphis (Getty).
Dos rarezas: un banderín de los Tennessee Oilers y un partido de la NFL en Memphis (Getty).

Jay Busbee

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