La cantina de México que murió luego de 90 años y con ella toda una tradición: la Nuevo León

Yahoo Noticias
Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

Gerardo Alatorre tiene 57 años, de los cuales 24 los ha pasado detrás de la barra de la cantina Nuevo León en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Se dice muy feliz en su trabajo; es el hombre orquesta de otros 10, que como él, han estado por años al servicio del lugar al que llaman su casa. Lamentablemente, el viernes 31 de enero de 2020 fue el último día que el bar abrió sus puertas.

En medio de la locura de las cuentas, los pedidos vía telefónica, las solicitudes de los meseros y el lugar atiborrado me confesó que era una gran tristeza porque ahí quedaban sus mejores años, “me gusta mucho mi trabajo”. Y se nota, después de tantos años, Gerardo conserva una sonrisa para sus clientes, muchos lo conocen de años o décadas.

Así, casi de un día para otro, y luego de 90 años de abrir, la tradicional cantina cierra sus puertas. La despedida fue amarga, pues no es un negocio que ya no funcionara o que vaya a probar fortuna en otro lugar, simplemente el edificio cambió de propietario y Domingo Saiz, el dueño, que hoy cuenta con 93 años, no logró un acuerdo favorable para seguir rentando.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

Y nos toca ser testigos de cómo estos lugares únicos van cerrando de a poco. En una cantina de estas pareciera que la clase social se esfuma. En la Nuevo León, lo mismo convivía un juez de la Suprema Corte que un comerciante ambulante o recientemente los millenial que la descubrieron porque ahí paraba el Turibús. Es un crisol del México profundo, un ensayo social que no se repite en otros espacios; solo en el corazón de país y en estas cantinas donde no se reprime la entrada al bolero, al clásico vendedor de lotería, al músico, al de los toques y a un sinfín de personajes.

La cantina Nuevo León era una extensión de la Suprema Corte que queda a escasos metros. El mismo Gerardo con orgullo cuenta que cuando eran cinco salas, al lugar le decían la Sexta Sala; y así conforme las han ido modificando.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

Cuando Claudia Sheinbaum llegó a las oficinas de la jefatura de la Ciudad de México, una de sus primeras acciones fue enviar a su secretario particular por 30 de las famosísimas tortas de pierna de la Nuevo León.

Pero a diferencia de otros lugares que exhiben las fotos de los famosos que han pasado por el lugar, la cantina de Pino Suárez 18 conservaba una decoración casi frugal, solo alguna referencia a España, el lugar de nacimiento de los padres del dueño. Pero lo que destaca ante esta sencillez es la barra de madera que parece transportarte a la época de oro de estas tascas.

Y aunque no fue la dirección original de hace 90 años, pues la cantina se abrió enfrente hasta que don Domingo asumió el control del negocio, que originalmente era de su suegro, no dudó en moverse de ese lado de la calle a este espacio de mayores dimensiones que había sido un cabaret que se llamada La Alegría.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

En la Nuevo León también desfilaron muchos famosos. Cuenta Gerardo, -a quien por cierto, no le gustan las fotos-, que el luchador Konnan hizo de la cantina sus segundo hogar, quien junto a su entonces esposa realizaba hasta sus fiestas de cumpleaños.

Por supuesto, magistrados de la Suprema Corte, para quienes era cómodo comer, beber y hasta tener largas juntas, mientras esperaban la rica comida de doña Guadalupe o las tortas de Benancio (sí, con esa ‘B’). Todos los parroquianos conocían bien a Don Julio, encargado de cocina y quien trabajó 34 años detrás de la barra. Llamaban por su nombre a Lalo y Huicho que hacían magia para que todos tuvieran sus bebidas a tiempo.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

Mucha gente de la farándula también visitaban constantemente el lugar; Eugenio Derbez, cuando vivía en México, ahora su hija Aislynn a quien recuerda Gerardo que le encantaban las aceitunas; Eugenia León, Joaquín Cosío y Plutarco Haza.

Divertidos los chicos de la barra narran cómo ingenuamente uno de los meseros atendió una mesa donde estaban los integrantes de La Maldita Vecindad, en sus épocas más exitosas, sin percatarse que se trataba de los rockeros, por lo que recibió la burla de sus compañeros por varias semanas.

Eso sí, como cualquier lugar del Centro Histórico tiene sus leyendas propias y aseguran que en la parte de atrás espantan, ninguno del staff quiere ir ahí cuando ya no hay gente.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

Además del equipo de 10 de la cantina, otros muchos que dependían de este lugar como el maestro Edgar, que cuenta en su repertorio con 500 canciones para el deleite de los comensales que se pierden en este espacio. También otros músicos, vendedores e incluso proveedores se quedan sin su principal fuente de ingreso.

Don Edgar confiesa que se va a ir a cantar al Metro o posiblemente a la otra cantina como esta que queda en la zona: La India.

La despedida es agridulce. A pesar de estar triste, para Gerardo es reconfortante ver cómo sus compañeros reciben en forma de propinas de los asistentes una compensación en lo que se acomodan en otro empleo; pero no es fácil en una economía detenida encontrar un lugar así de exitoso.

Foto: Ivon Álvarez
Foto: Ivon Álvarez

En medio del tumulto, un hombre que ha dejado casi la mitad de su vida ahí me dice que no se resigna, que luchará, que hablará de nuevo con el dueño y que sus compañeros lo apoyan para dialogar con quien compró el edificio. Alatorre no se da por vencido. “Siga pendiente”, me dice con su voz cargada de esperanza. Ojalá.

Qué leer a continuación