La abominación moral de los Juegos Olímpicos: cómo el dinero y la televisión pusieron en riesgo a las snowboarders

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Pyeongchang, Corea del Sur – Nunca debemos olvidar la verdadera razón de los Juegos Olímpicos. No permitamos que el esplendor de las Ceremonias de Apertura nos ofusque, que la actuación de los atletas nos nuble el entendimiento o que el encuentro amistoso entre los países nos confunda. Los Juegos Olímpicos existen para generar dinero y enriquecer a quienes los organizan, y cada vez que su negocio entra en conflicto con la moral, como sucedió el lunes por la tarde, puede intuirse quién será el ganador.

El dinero manda. La avaricia triunfa. Las prioridades equivocadas se llevan la medalla de oro.

El concurso de slopestyle de snowboard femenino no debió haberse celebrado el lunes. El fuerte viento, el mismo que motivó a la Federación Internacional de Esquí a cancelar el evento de esquí alpino, derribó a algunas de las riders de snowboard sobre el circuito en el Parque de Nieve Phoenix e hizo que otras desistieran de saltar para evitar romperse algún hueso o destrozarse los ligamentos. De las 50 riders que participaron, 41 sufrieron alguna caída o accidente. Afortunadamente, no se produjeron heridas graves. La estadounidense Jamie Anderson ganó su segunda medalla de oro consecutiva en slopestyle, aunque a sus compañeras les pareció más una nota a pie de página que un triunfo a celebrar.

“Es un espectáculo insultante”, dijo la rider holandesa Cheryl Maas, y habló en nombre de la gran mayoría de las atletas que expresaron su preocupación a los responsables de la competición, quienes las ignoraron. El suceso no sorprendió a nadie. Cada vez que tienen la oportunidad, la Federación Internacional de Esquí relega al snowboard a un tercer plano, y en este caso, las deportistas están convencidas de que pusieron en riesgo su bienestar en aras de satisfacer a las cadenas de televisión que pagan miles de millones de dólares para transmitir los Juegos Olímpicos.

La Federación Internacional de Esquí no hizo referencia a estas preocupaciones en su declaración. Dijo que “la prioridad principal para la Federación Internacional de Esquí es la seguridad de los atletas y que nunca organizaría una competición si no pudiera garantizar su seguridad”, y añadió que “la naturaleza de los deportes al aire libre también implica adaptarse a los factores adversos”.

Si la prioridad principal de la Federación Internacional de Esquí hubiera sido la seguridad de las atletas, seguramente habrían consultado a las deportistas y no se habrían fiado de la palabra de sus entrenadores. Y no fue así. La Federación Internacional de Esquí ha mentido sobre sus prioridades, y de la misma forma podría culpar a las víctimas. Es un clásico en los casos de incompetencia del organismo directivo. Es tan grave como frecuente.

La suiza Carla Somaini fue una de las muchas riders que cayeron en la final femenina de slopestyle. (Getty)
La suiza Carla Somaini fue una de las muchas riders que cayeron en la final femenina de slopestyle. (Getty)

Los Juegos Olímpicos se extenderán hasta el 25 de febrero. No era necesario celebrar la competición de slopestyle el lunes, pero la televisión lo necesitaba. Al cancelar la competición de eslalon gigante, la programación del horario estelar de la NBC se vio afectado. Las rondas de slopestyle lo llenaban, aunque no haya estado del todo bien.

En comparación con las carreras en las que los deportistas compiten en mejores condiciones, estas carreras fueron una abominación, indignas de su etapa cuadrienal. Anderson aligeró la suya debido al viento y no hizo ninguno de sus típicos giros dobles y triples. Los grandes progresos del deporte desde los Juegos Olímpicos de Sochi no se apreciaron y, un día después de la espectacular carrera en la que el estadounidense Red Gerard ganó la medalla de oro, las mujeres palidecieron porque la Federación Internacional de Esquí les arrebató la oportunidad de superarse.

“Al esquí alpino le confieren un estatus más alto”, dijo la rider noruega Silje Norendal, una de los mejores del mundo, quien cayó en su segunda carrera y terminó en cuarta posición. “Quieren un buen espectáculo. Sin embargo, siento que definitivamente nos relegan a un segundo plano. De hecho, podemos sufrir daños. Y es realmente injusto. Es un deporte muy joven. Es triste sentir que a veces nos desplazan”.

Norendal, como cualquier otra, era consciente de los peligros del recorrido. Ahí mismo, en una prueba preolímpica con mucho viento en 2016, se cayó, se rompió el brazo y pasó cuatro días en el hospital con lesiones internas. Esta semana, durante el entrenamiento, la adolescente australiana Tess Coady se rompió la rodilla tras sufrir los embates del viento.

El domingo, se canceló la ronda clasificatoria debido a los vientos excesivos, y Norendal dijo que el director de la competición Roby Moresi le comentó: “Si es muy fuerte, no voy a permitir que las chicas salgan”. No sabía qué hizo ceder a Moresi. Tras posponer la competición, la Federación Internacional de Esquí consultó a los entrenadores y la puso en marcha otra vez.

“Creo que es estúpido preguntarles por qué los entrenadores no hacen el recorrido”, dijo la corredora canadiense Spencer O’Brien. “Confío mucho en mi entrenador, pero no lo dejaría hablar por mí. En casos como este, se debe hablar con las deportistas para saber qué piensan sobre su seguridad. Y eso no se tuvo en cuenta.

“Honestamente, no tuvimos voz ni voto”, continuó. “No se reunieron con las riders para discutir las opciones o ver si la mayoría quería hacer la carrera o no. Nos dijeron que teníamos que hacerlo”.

Imagina lo que eso significa. El trabajo de estas deportistas es saltar a 15 metros de altura en el aire contorsionando sus cuerpos de formas inimaginables, con la convicción de que los raíles estén bien construidos y que los saltos sean seguros para unos aterrizajes limpios. Sus sustentos y sus vidas dependen de esa confianza. Y las personas en quienes depositaron esa confianza las vendieron.

La Federación Internacional de Esquí no se molestó en entrar en las tiendas de las deportistas para pedirles la opinión a las mujeres, sin las cuales no habría programa de televisión, ya que al hacerlo habrían quebrado la dinámica de poder que le da potestad a la Federación Internacional de Esquí para imponerse. Saben que las riders, quienes ya temen a la organización directiva, no se negarían.

Y no lo hicieron. Comenzaron a entrenar, y una vez que eso sucedió, estaban dentro de la competición, habían avanzado ido demasiado lejos como para dar marcha atrás, incluso si sus instintos les decían que era un error y una decisión egoísta.

“Muchas chicas se sintieron incómodas”, dijo Anna Gasser, la favorita a la medalla, quien cayó dos veces y terminó en la posición decimoquinta. “Solo unas pocas estaban de acuerdo. Es curioso que la que más insistió en hacerlo ganó la competición”.

Es cierto: Anderson fue una de las tres riders que apostaron por celebrar la competición. Las otras estaban inquietas: “Todo lo que quería hacer era sentarme en la cima y llorar”, dijo Norendal. Anderson intentó animar a las demás a competir. Un cínico podría decir que lo hizo sabiendo que las condiciones con las que competirían la beneficiaban. Sin embargo, ella lo vio de otra manera.

“Intentaba quedarme en mi zona, mantenerme optimista”, dijo Anderson. “Por supuesto, sabía que había viento, pero ¿quién sabe cuándo y dónde no habrá viento?”

El viento frío y penetrante es una de las características que definen los Juegos en Pyeongchang. El clima podría seguir siendo peligroso. Además de eso, y a pesar de la decepción con la Federación Internacional de Esquí, las riders no se arrodillarán en los Juegos Olímpicos, aunque muchos digan que es solo una competición más y no el Shangri-La como se ve en muchos otros deportes. Además, las riders son conscientes del peligro de su trabajo y del riesgo que implica.

Todo esto es cierto. Sin embargo, no absuelve a la Federación Internacional de Esquí de su negligencia ni siquiera porque haya sido presionada por otras fuerzas para llevar a cabo la competición de slopestyle. Todo lo que tenían que hacer era preguntarle a Cheryl Maas cómo era practicar snowboard con vientos fuertes, y habrían sabido que la única opción era cancelar la competición.

A inicios de esta semana, cuando una ráfaga de viento la atrapó en el aire, Maas confesó: “Tuve mucho tiempo para pensar. Por un segundo, me dije: ‘Por favor, bájame suavemente’. No creo en Dios, pero rezaba a quien estuviera allá arriba: ‘No me envíes al hospital’. Cuando estás en pleno vuelo, es una locura que pienses ese tipo de cosas. Deberías sentirte bien y confiada”.

¿Te sientes bien y segura? Pssssh. Los Juegos Olímpicos se preocupan por eso. Sin embargo, todo giró en torno a una cosa y, ni las mujeres que merecían algo mejor, ni el viento que las puso en peligro, ni nadie, ni nada, les impidió aferrarse al dinero que acabó con cualquier atisbo de moralidad que podría haber existido.

Jeff Passan

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