Karate: quién es el auténtico Señor Miyagi, maestro en la Argentina

Andrés Vázquez
lanacion.com

La sencillez lo define. Es un verdadero maestro oriental Takeshi Miyagi. Todas sus actitudes, su manera de andar, sus austeros ademanes, conllevan el sigilo del hombre que se mueve con cautela, como si estuviera atado a una consigna de discreción, temeroso de desnudar sus emociones, su identidad de noveno dan de karate. Habla en voz baja, casi sin articular las palabras entre el español y el japonés, sostenido en el bagaje de su filosofía. Sin embargo, su diminuto cuerpo con rostro de abuelo bueno muestra una vitalidad y una destreza asombrosas al momento de transmitir su arte, que a la vez será, en Tokio 2020, disciplina olímpica, pero que dejará de serlo en París 2024, cuando ya no sea un deporte local, oriundo del país anfitrión.

"Nuestra filosofía se rige por la frase «karate ni sente nashi», que significa que en este arte no existe un primer ataque, sino solamente la respuesta cuando somos atacados. El karateca no debe tener una actitud arrogante y violenta para generar el duelo; nos formamos para actuar en situaciones límite, en las que están en juego nuestras vidas", cuenta para la nacion el gran maestro Takeshi Miyagi, que luego de vivir en la Argentina entre 1965 y 1989, volvió a su tierra natal y ahora regresa a Buenos Aires anualmente con el fin de actualizar las técnicas, afianzar los vínculos con sus instructores y promover el crecimiento de la escuela Shidokan, una de las formas del karate más tradicionales de Japón, originaria de Okinawa.

Miyagi nació en esa isla hace 74 años, entre el verde de las laderas y el agua cristalina de color turquesa del Pacífico. Allá se crió y forjó el amor al karate como instrumento de defensa contra los ataques de los marines estadounidenses que se quedaron en bases militares en el archipiélago luego de la Segunda Guerra Mundial. Y esa familiaridad con el mar, esa amistad con el sol y la vida en libertad, habitan su mente aun en Buenos Aires, con la misma pasión de la infancia.

"El karate es mi vida, mi pasión. La escuela Shidokan apunta a preservar la práctica del tradicional arte marcial de Shuri-Te para las futuras generaciones, con el fin de enseñarlo y aplicarlo a todos los aspectos de la vida y así fortalecer el espíritu y superarnos como personas. El logro de la competencia es efímero. Los valores del karate trascienden el éxito de un combate ganado", explica Miyagi, el mismo apellido pero sin relación con aquel famoso personaje de la película Karate Kid, protagonizada por Pat Morita y Ralph Macchio.

En la Argentina, el karate comenzó a organizarse como deporte a mediados de los años setentas, con la creación de una federación que se encargó del armado de los primeros torneos nacionales y ayudó al crecimiento de la cantidad de practicantes con fines meramente competitivos. Actualmente existen 60 federaciones provinciales y regionales en todo el país.

Este año, la disciplina hará su debut olímpico en Tokio. Quienes concentran las mayores expectativas del karate nacional son Julio Ichiki, Miguel Amargó, Yamila Benítez, Luca Impagnatiello y Julián Pinzás. "Es sorprendente ver qué tan arraigada está la práctica del karate en Argentina; es tan común como el fútbol. Y sus exponentes están a la altura de los mejores", afirma Miyagi.

La influencia de algunos conceptos técnico-tácticos y filosóficos procedentes de artes marciales modernas, principalmente el kendo y el aikido, llevó al karate a mejorar en su faceta deportiva y a una reinterpretación de sus movimientos clásicos incluidos en sus formas ("kata"), pero Miyagi no comulga con ellos. "Acá el karate es un deporte muy joven; todavía no está clara la filosofía. La organización y la parte deportiva están bien, pero hay mucho que tiene que ver con la cultura japonesa que todavía no entendieron", agrega quien además de formar karatecas es acupunturista y quiropráctico.

Takeshi comenzó la práctica del karate a los 10 años. Sus primeros pasos fueron en el estilo goju ryu, típico del vecindario donde vivía. En 1965, con apenas 15 años, se radicó en la Argentina y de la mano del senséi Nakazato, cultor del estilo shorinji kempo, logró convertirse en 6º dan e inaugurar su propio dojo (suerte de gimnasio) en el barrio La Paternal. "Llegué a formar algo más de 350 karatecas sin saber hablar bien el castellano. En mis clases no se habla; sólo hay que cumplir órdenes", explica entre risas Miyagi, que en 1989, una vez que enviudó, decidió regresar a Okinawa para seguir su perfeccionamiento.

Allí, de la mano del senséi Katsuya Miyahira (10º dan), creador del estilo Shidokan, se graduó de 7º, 8º y 9º danes y comenzó la tarea de difundir el karate-do en la mismísima capital nipona, donde actualmente reside. "Fue duro tomar la determinación de volverme a Japón. Costó muchísimo que mis hijos entendieran que no estaba abandonándolos y que, simplemente, estaba continuando mi filosofía de senséi", explica Takeshi, mientras una melancólica sonrisa se le dibuja al recordar lo duro que fue estar 18 años distanciado de su familia.

El término "senséi" ("maestro") está compuesto por dos partes: kanji sen ("antes") y sei ("nacer" o "vida"). Y refiere a aquel que posee el conocimiento y la experiencia para enseñar. Esa es la cualidad de la cultura oriental que Miyagi más destaca como para pasar sus días lejos de sus cuatro hijos y cinco nietos argentinos. "El pintor no abandona el cuadro antes de terminarlo", explica. "Cuando el hijo ya tiene capacidad de andar solo, el padre tiene que irse para que él siga creciendo y haga su propio camino", razona.

Los 2700 años de tradición no pueden ser transmitidos en apenas seis o siete décadas, pero quienes conocen a Takeshi Miyagi saben que no es esa una única razón que lo retiene lejos de sus afectos. Bastó verlo disfrutar la exhibición que brindó hace unos días en el Jardín Japonés junto a los instructores Alberto y Eduardo Luis para comprender los motivos extras que lo llevan a vivir en total soledad. "La práctica mejora el estado físico y uno gana seguridad porque sabe que el cuerpo responde. Este estado permite percibir el riesgo, la energía negativa, y así escapar cuando se siente el peligro", argumenta.

Es sagaz Miyagi. Su actitud concentrada, su aire cauto, esconden a un individuo que sabe balancear situaciones y está convencido de que el karate es un arte antes que un deporte. "Es una disciplina muy buena, que enseña cortesía y respeto. Con los años de práctica uno aprende a conocerse y a controlarse. Para aguantar el mismo movimiento mil veces se necesita fuerza mental", reflexiona el senséi sobre algo que, en él, desborda.

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