José Saturnino Cardozo, de histórico jugador a DT fracasado

El Universal

CIUDAD DE MÉXICO, marzo 19 (EL UNIVERSAL).- El andar de José Saturnino Cardozo en el futbol tiene varios matices y contrastes, divididos, sobre todo, por el momento en el que dijo adiós como jugador.

El paraguayo, quien hoy cumple 49 años de edad, es el cuarto máximo anotador de la Liga MX, por detrás de Cabinho, Carlos Hermosillo y Jared Borgetti, suficiente para ser una leyenda del futbol mexicano.

Las 249 dianas que convirtió a lo largo de los 11 años que portó la camiseta del Toluca lo catapultaron a una élite de extranjeros, de la que -en los últimos 25 años- sólo él forma parte.

El "Príncipe guaraní" logró cuatro campeonatos de Liga y la misma cantidad de títulos de goleo, entre los cuales destaca el del Apertura 2002, cuando marcó 29 veces, cifra récord en torneos cortos y que prevalece.

Es, además, el máximo goleador en fase de Liguilla, con 43 tantos a su nombre, y el mejor artillero en finales, con nueve.

Con la Selección de Paraguay, se adjudicó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atenas y es el segundo jugador con más anotaciones (25), sólo por detrás de Roque Santa Cruz (30).

Tras retirarse con el San Lorenzo, en 2006, Cardozo decidió tomar el rumbo de los banquillos, pero ahí acabó su letalidad.

En esta faceta, comenzó con el Olimpia y también dirigió al Sportivo Luqueño, pero -como en su época de pantalón corto y calcetas largas- ha pasado más tiempo en México.

Como director técnico del Querétaro, clasificó a la primera Liguilla de la franquicia y hasta eliminó al Guadalajara en cuartos, pero cayó frente a Tigres en semifinales.

En 2013, recibió la oportunidad de sus amados Diablos, y por tres años se mantuvo al frente, pero no revivió las alegrías que les brindó como delantero.

Tuvo un paso por los extintos Jaguares de Chiapas y posteriormente el Puebla, ambos sin éxito.

Luego, casi de forma inexplicable, recaló en las Chivas, como sustituto del argentino Matías Almeyda, cuyos zapatos nunca pudo llenar; terminó cesado y atrapado en el cliché de que los grandes futbolistas no suelen ser grandes estrategas.



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