Un español puede hacer historia en Moto GP y nadie se está enterando

Guillermo Ortiz
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ALCANIZ, Oct. 25, 2020 -- Spain's Joan Mir L of Suzuki Ecstar leads during the MotoGP race of Teruel Grand Prix in Alcaniz, Spain, Oct. 25, 2020. (Photo by Pablo Morano/Xinhua via Getty) (Xinhua/Meng Dingbo via Getty Images)
Photo by Pablo Morano/Xinhua via Getty (Xinhua/Meng Dingbo via Getty Images)

Durante casi tres décadas, los domingos por la mañana fueron en España coto exclusivo del motociclismo. Desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde, no había competición posible a uno de los deportes con más aficionados en nuestro país. Mañanas de Jorge Martínez Aspar, de Sito Pons, de Álex Crivillé, de Sete Gibernau... pero también de Mick Doohan, de Wayne Rayney, de Valentino Rossi. El motociclismo rara vez entendió de banderas, era una forma de vida, un espectáculo apasionante en el que, sí, normalmente uno iba con los españoles pero podía permitirse admirar del mismo modo a cualquier figura extranjera siempre que le hiciera vibrar en el sofá.

Eran los españoles pilotos de bajas cilindradas. Pilotos de 50 centímetros cúbicos, luego de 80, de 125... La barrera estaba en los 250cc y el salto a la categoría máxima, por entonces llamada 500cc ya era de por sí un acontecimiento. Sé que es difícil de imaginar en estos tiempos, pero hasta 1999 no hubo un campeón español en 500cc y fue Álex Crivillé. De hecho, tuvieron que pasar once años hasta que pudimos ver a Jorge Lorenzo repetir descorchando de nuevo el champán. Hablamos de 2010, no hace tanto tiempo, y aquello fue una locura. Un hito. Algo inesperado. Para entonces los españoles dominaban todas las categorías inferiores pero la ya llamada Moto GP parecía seguir siendo un reducto de italianos como antes lo había sido de estadounidenses y australianos.

Para alguien que se levantaba de madrugada para ver si “Champi” Herreros o Carlos Cardú conseguían un título, no puede dejar de extrañar que España se haya acostumbrado tanto a la victoria que haya dado de lado a las carreras. ¿O no ha sido culpa de los aficionados? El ritual dominguero se rompió cuando Dorna vendió los derechos a Movistar en exclusiva y luego a DAZN. De algún modo, se perdió el vínculo con el espectador medio, que empezó a desengancharse del día a día de los campeonatos incluso teniendo a un campeonísimo como Marc Márquez de referencia mundial. A día de hoy, las motos ya no unen al país, ya no están puestas en cada bar a las dos de la tarde, ya no hay manera de comentar todos juntos tal salida o tal adelantamiento.

Resulta chocante este alejamiento cuando Moto GP parece ahora mismo un producto enteramente español: hasta nueve pilotos de los veinticuatro que han disputado un gran premio son españoles... y en territorio español se celebran este año siete de las catorce carreras. Ahora bien, sin público, en silencio, con mascarillas, el motociclismo no es lo que era. Y si a las primeras de cambio se cae Marc Márquez y dice adiós a la temporada, tragedia consumada. La combinación de las dos cosas ha influido aún más negativamente en el impacto que el motociclismo tiene en el aficionado medio: por un lado, acceder a las carreras es objetivamente complicado y mucho más hacerlo en grupo; por otro lado, la ausencia de un líder carismático parece haber enterrado en el desdén uno de los campeonatos más apasionantes de los últimos años.

Porque la realidad es que este campeonato de Moto GP, con su carencia de grandes nombres, nos está dejando una emoción a prueba de corazones débiles. Baste con decir que el líder, Joan Mir, campeón de Moto 3 en 2017, solo aventaja en 25 puntos al cuarto, esto es, hay cuatro pilotos en el margen de una carrera. Para rizar el rizo, Mir corre con Suzuki, una marca que lleva años a la sombra de Honda, Yamaha e incluso Ducati, y no ha ganado ningún gran premio de los once disputados. Es el suyo un campeonato de regularidad entre tanto alto y bajo, tanta remontada épica de Álex Márquez o Álex Rins, tanto desplome inesperado del francés Fabio Quartararo, llamado este año a ser el sucesor de Marc.

No hay manera de saber qué va a pasar en cada carrera y lo mismo te gana un Morbidelli que cogen cuatro españoles y te copan los cuatro primeros puestos. En medio de todo este ninguneo, Mir puede convertirse en campeón y parece que sea fácil o al menos parece que ha perdido toda la épica de décadas pasadas. Contando el citado triunfo de Lorenzo en 2010, entre Márquez y él se han repartido nueve de los últimos diez campeonatos. La excepción fue Casey Stoner en 2011. En los últimos 37 años, solo dos veces ha conseguido Suzuki vencer la hegemonía de Honda y Yamaha: en 2000 (Kenny Roberts Jr.) y en 1993 (Kevin Schwantz). Las demás ediciones, excepto la mítica que se llevó Ducati con Stoner en 2007, han ido a las vitrinas de las dos grandes fábricas.

Este año, eso puede cambiar. Mir puede ser el cuarto campeón español de la historia, algo que ni Dani Pedrosa consiguió. También lo pueden ser Maverick Viñales o Alex Rins. Suzuki puede romper una sequía de veinte años. Es una temporada histórica, con un montón de jóvenes batiéndose el cobre cada semana o dos semanas en medio de un escenario apocalíptico. Que nadie esté haciendo caso en medio de esta acumulación excesiva de competiciones es una auténtica desgracia. Algo habría que hacer para que el motociclismo vuelva a las portadas y a las audiencias millonarias. Es raro que un deporte se mantenga a largo plazo escondiéndose de sus seguidores potenciales. Por muy fieles que estos sean, que lo han demostrado durante mucho, mucho tiempo.

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