Laporta juega a dos bandas en la Superliga y logra que todos le aplaudan

Luis Tejo
·5  min de lectura
Joan Laporta, ante un atril y delante de una bandera catalana y otra del Barcelona, dando un discurso.
Joan Laporta, presidente del Barcelona. Foto: Alex Caparrós/Getty Images.

De un hombre temperamental como Joan Laporta, que ha demostrado en repetidas ocasiones su carácter fuerte e incluso su gusto por la provocación, se podía esperar cualquier cosa durante su recién estrenada segunda etapa en la presidencia del Fútbol Club Barcelona, sobre todo con la cantidad de frentes abiertos que se ha encontrado a su llegada. Quizás lo que nadie imaginaba es que iba a destacar por su manejo de la diplomacia. Y más en un asunto tan delicado y que ha causado tanto escozor como la Superliga europea, el proyecto fallido de crear un torneo cerrado de los principales equipos europeos en sustitución de la actual Champions League.

Y sin embargo, el máximo mandatario azulgrana se las está apañando para quedar bien con todo el mundo. Incluso su rival natural, el Real Madrid, le mira con buenos ojos. Como el Barcelona es el único de los otros once miembros fundadores que, al menos formalmente, no se ha retirado aún del proyecto (entre otras cosas porque, al tratarse de un club de los socios y no de una empresa de propiedad privada, semejante decisión debe votarse en asamblea), los blancos le consideran un aliado imprescindible para una iniciativa que, pese a la desbandada que hemos vivido, aún no está oficialmente muerta.

Personajes y medios habitualmente críticos con él están en estos días alabándole. Sirva como ejemplo el discurso de Josep Pedrerol anoche en el programa de televisión El Chiringuito, en el que se refirió a él en términos muy elogiosos. "Laporta ha sido valiente. Sabiendo la que le estaba cayendo a Florentino, va y dice 'vamos juntos en esto'. Hizo una buena primera gestión. Tiene pinta de que va a ser el mejor presidente ahora. Felicidades por la valentía, por la personalidad, por no acobardarte ante presiones. ¡Gente valiente, caray! ¡Gente valiente!", proclamó exaltado el presentador.

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Quizás a primera vista sea chocante que vikingos y culés, enemigos íntimos de toda la vida, vayan de la mano. Pero en este tema concreto tiene todo el sentido del mundo, ya que, en el fondo, más allá de consideraciones estrictamente futbolísticas, ambos son lo mismo: dos instituciones gigantescas, referencias mundiales en su sector, con millones de seguidores/clientes en todo el planeta, que viven graves problemas económicos y se consideran agraviadas en el sistema actual. De hecho, los 300 millones de euros que estaba previsto ingresar de manera inmediata simplemente por formar parte del plan (financiados, como ya te contamos, por el banco estadounidense JP Morgan) iban a suponer un alivio extraordinario para las muy maltrechas arcas barcelonistas.

Lo paradójico es que, aparentemente, Laporta ha sido un tahúr con dos barajas. Porque su intervención habría resultado fundamental para que la UEFA estuviera preparada con antelación y pudiera emitir una respuesta rápida y contundente al anuncio de la creación de esta Superliga. Esta hostilidad de la federación continental, sumada a la reacción muy adversa de algunos colectivos de aficionados particularmente en Inglaterra, fue el detonante de que los demás clubes, uno a uno, acabaran bajándose del barco.

La secuencia de los acontecimientos, según informa el New York Times y ratifica el diario As, se remonta al jueves de la semana pasada, poco antes de hacerse público el nuevo campeonato. Cuenta el diario americano que en esa fecha Javier Tebas, el presidente de LaLiga española, quedó para comer con Laporta con la excusa de darle la bienvenida tras su reciente llegada al palco del Camp Nou. En esa reunión, el mandatario catalán le reveló al jefe de la competición nacional que hasta seis clubes ya habían firmado su compromiso de participación en la Superliga y que, tal como ocurrió, otros seis iban a hacerlo a lo largo del fin de semana.

¿Se fue Laporta de la lengua de manera imprudente o lo tenía todo calculado y pretendía causar el terremoto posterior? La única forma de saberlo con seguridad sería meternos dentro de su mente, algo por ahora solo al alcance de las películas de ciencia ficción. Lo cierto es que a partir de ahí los acontecimientos se desencadenaron: Tebas, muy alarmado ante las repercusiones que tal torneo pudieran tener en su propio negocio, no tardó en contárselo a Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA.

A partir de ahí la bola de nieve creció sin control. Ceferin, amigo personal de Andrea Agnelli (directivo de la Juventus), intentó contactar con él para que le explicara lo que estaba ocurriendo, pero no recibió más que evasivas. Ahí dedujo que algo grave se estaba tramando y puso en marcha toda la maquinaria para contrarrestar la crisis que se avecinaba.

Alexander Ceferin sentado en el palco del estadio del Barcelona.
Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, asistiendo a un partido del Barcelona en el Camp Nou el año pasado. Foto: Álex Caparrós - UEFA via Getty Images.

Ante semejante jaleo, Laporta ha conseguido quedar bien con todo el mundo. No solo el entorno madridista aún le mantiene su aprecio, sino que el propio Ceferin le ha disculpado públicamente, justificando la presencia culé en la Superliga con que "fue algo que heredó" y de lo que la nueva directiva no tiene responsabilidad. Y de paso, ha conseguido evitar fuegos internos: figuras como el entrenador Ronald Koeman o como Gerard Piqué, uno de los futbolistas más representativos de la plantilla, ya empezaban a alzar la voz, pero el argumento de que la situación dejada por sus predecesores, tanto en lo institucional como en lo económico, es muy convulsa y que todos los escenarios están abiertos ha resultado convincente.

¿Habrá Superliga al final? A corto plazo seguro que no. A medio o largo, no lo sabemos. Si depende de Joan Laporta, probablemente sí. O no. O quizás. Quién sabe. Ignoramos qué será lo más conveniente ni para el Barça en general ni para él en particular, pero, haga lo que haga, está consiguiendo el aplauso unánime y generalizado. No le vamos a negar que tiene muchísimo mérito.

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