Jake LaMotta, un campeón de los tiempos duros

LA NACION

Con la muerte del ex campeón mundial mediano Jake LaMotta, a los 95 años, acaecida anteayer en Miami, el boxeo y el deporte universal perdieron una reliquia invalorable. Rica en todo aquello que identifica la lucha del hombre ante la vida y su realización a través del único elemento natural que tuvo consigo: sus puños. Último testigo de una época irrepetible en este oficio.

Giacobe LaMotta nació el 7 de octubre de 1921 en el Bronx, la zona más brava de una Nueva York despiadada y poco protectora para los hijos de los inmigrantes italianos que soñaban con hacer la América en un tiempo de hambre y delito. Desarrolló su carrera profesional entre 1941 y 1954 y fue un estandarte de la legión italo-americana conformada, ente otros, por Rocky Marciano, Willie Pep, Rocky Graciano y Carmen Basilio.

Su convicción particular sobre la lealtad y la conducta con sus semejantes lo convirtieron en un peronaje de película. Polémico y resistido. Amado y odiado al mismo tiempo; arriba y abajo del ring.

El film "Toro Salvaje" lo inmortalizó. Allí, el célebre Robert De Niro reencarnó con una crudeza casi real los pasajes más trascendentes de su existencia. Esta obra, dirigida Martin Scorsese, no sólo recibió el premio Oscar, sino también divulgó por doquier sus andanzas como boxeador, gestadas en una carrera de 106 peleas, con 83 éxitos (30 por KO), 19 derrotas y 4 empates.

Fuerte como pocos, con un estilo ofensivo de cintura rústica y ganchos potentes. De mentón de acero y corazón de oro. Recordado para siempre por haber sido el primer vencedor de Ray "Sugar" Robinson, el mejor boxeador de todos los tiempos, en 1943, más allá de haber perdido cinco veces ante él.

Probó su capacidad de sufrimiento sobreviviendo al tormento que implicó la muerte de dos de sus seis hijos, en 1988 , y al "bombardeo" pugilístico que le propinó Robinson la última vez que estuvieron frente a frente: el 14 de febrero de 1951, en Chicago, cuando en un baño de sangre lo declararon perdedor por KOT en el 13° round. Aquella pelea fue bautizada " La Masacre de San Valentín" y pese a relegar la corona ganada ante el francés Marcel Cerdan, exaltó el hecho de terminar demolido, pero de pie ante un golpeador fenomenal.

Purgó su condena de "vender" su pelea con Bill Fox, dejándose ganar por KOT en el cuarto round, en 1947, en tiempos de "mafia y box" cuando sin tapujos denunció a los mayores hampones de esta industria, bajo juramento oficial a la Comisión Kefauver, instituida por el Senado de Estados Unidos, para purificar este deporte en 1961.

Nunca enfrentó a boxeadores argentinos, pese a que un joven Eduardo Lausse lo miró de reojo, en sus épocas doradas de Nueva York, cuando el viejo Madison Square Garden y la Cabalgata Deportiva Gillete decidían en esta industria, en las veladas de televisión abierta de NBC y CBS para todo Estados Unidos.

Los habanos, las mujeres rubias como su amada Beverly "Vikki" Thailer, los divorcios y los escándalos, fueron sus compañeros inseparables. Sin embargo, la sabiduría que sólo tiene aquel que pasó por todo -por lo mejor y lo peor- lo sumergió en una vejez digna y pacífica con la que agotó sus últimas horas en un hospital, frente a la playa y mirando el mar.