¿Hay alguien ahí? La historia escalofriante de Jake Haendel, el hombre que parecía estar en estado vegetal

Miguel Artime
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Imagen actual tomada del perfil de Jake en su canal de Youtube. (Crédito Jake Haendel).
Imagen actual tomada del perfil de Jake en su canal de Youtube. (Crédito Jake Haendel).

Jake Haendel es un joven chef del área de Massachusetts que pasó por todas las fases de la politoxicomanía y cuya historia pone los pelos de punta. A los 28 años su adicción por la heroína le provocó una Leucoencefalopatía tóxica progresiva, una de las complicaciones asociadas al consumo de esta droga en forma inhalada.

Para obtener su “chute” de este modo, el toxicómano debe calentar la heroína sobre un papel de aluminio y respirar los vapores resultantes. Si os imagináis a la nube tóxica como a un dragón, y visualizáis al toxicómano persiguiendo esa nube, comprenderéis por qué a este mal se le conoce también como el “síndrome de perseguir al dragón”.

Pero volvamos al inicio de la pesadilla de Jake y al “mal viaje” que dio origen a su escalofriante historia. Aquel día de primavera de 2017, Jake inhaló su heroína antes del desayuno – como era su costumbre - y acudió al trabajo conduciendo su automóvil. Sus movimientos errantes llamaron la atención de la policía. Jake sintió algo extraño cuando vio acercarse al agente a su ventanilla, quería moverse para ocultar los restos visibles de droga pero fue incapaz de cerrar la guantera. Se lo llevaron detenido, pero su estado de salud siguió empeorando por lo que fue desviado rápidamente a un hospital.

Alguna de las sustancias con la que los camellos cortan la heroína irrumpió en el cerebro de Jake Haendel causando estragos. Los escáneres que le practicaron mostraron signos evidentes de lesiones profundas y bilaterales en la materia blanca, los haces de fibras nerviosas que facilitan la comunicación entre las diferentes regiones del cerebro.

No había cura, así que Jack regresó a su casa con un buen suministro de fármacos paliativos. Inicialmente conservaba la movilidad, pero su situación fue empeorando durante el verano y el otoño siguiente. Sus músculos se debilitaron y sus extremidades comenzaron a sufrir torsiones, Se caía frecuentemente y comenzó a tener problemas al tragar. Al mismo tiempo, su habla se fue haciendo cada vez más ininteligible.

Finalmente en noviembre de 2017 Jake regresó al hospital, donde fue derivado a una UCI de la unidad de neurociencias, donde se le conectó a un ventilador y le entubaron una vía de alimentación. Sufrió numerosas crisis, que le hacían experimentar espasmos, hiperactividad del sistema nervioso, alucinaciones, y aumentos vertiginosos de las pulsaciones, mientras luchaba por su vida.

En última instancia, los daños sufridos en la mielina (la sustancia que recubre y protege los nervios) le hicieron perder el control motor, lo cual le imposibilitó hablar e incluso mover sus ojos. Salvo por eso, Jake comprendía lo que pasaba a su alrededor, pero no podía comunicarse.

Imaginaos lo atroz de la situación. Condenado a la inmovilidad más absoluta en una cama de hospital, como un vegetal, mientras que escuchas los comentarios de los médicos y enfermeras hablar de “daños cerebrales irreversibles”. Jake recuerda que en una ocasión, un médico de emergencias que le observaba como a un espécimen que fuera a diseccionar, hizo comentarios poco agradables sobre su estado de salud a pocos centímetros de su cara, como si él no estuviera allí. La experiencia le horrorizó.

Cuando las crisis neurológicas se aminoraron le trasladaron a un asilo de ancianos, y poco después le enviaron a casa con los tratamientos paliativos propios de un enfermo terminal. A su padre le dijeron que debía prepararse para lo peor. Cualquiera que observara a Jake no encontraría señales de conciencia o cognición.

Cuando su padre o su esposa le preguntaba a los médicos si Jake “estaba ahí” la respuesta es que nadie lo sabía con seguridad. Los electroencefalogramas mostraban patrones interrumpidos de actividad neuronal, lo cual indicaba una disfunción cerebral severa. Su padre creía que Jake era básicamente “igual que una planta”.

Jake Haendel en el hospital a comienzos de este año. (Crédito imagen: Jake Haendel).
Jake Haendel en el hospital a comienzos de este año. (Crédito imagen: Jake Haendel).

Obviamente no era así. Simplemente se encontraba “encerrado” en su cuerpo a efectos de comunicación, ya que sus sentidos permanecían intactos. En sus propias palabras: ”no podía hacer nada excepto escuchar y ver lo que caía directamente en frente de mi área visual, lo cual dependía de la posición en la que me situaban”.

Las áreas cerebrales responsables del procesamiento consciente habían quedado al margen de los severos daños experimentados por Jake, lo cual en su situación solo servía para que permaneciera al tanto del horror que le rodeaba. No solo tenía miedo a morir sino que había algo peor: el miedo a que la situación fuera permanente. La idea de permanecer postrado en aislamiento de por vida era simplemente inasumible.

Más tarde escribiría: “no podía decirle a nadie que tenía la boca seca, que tenía hambre, o que tenía un picor horrible que necesitaba ser rascado”. Durante meses, la única actividad que podía permitirse era la de escuchar sus propios pensamientos.

Con el paso de las semanas Jake desarrolló una especie de diálogo interno consigo mismo que resultó vital para su supervivencia. “Dos voces, ambas mías” como más tarde describiría.

- “¿Qué tal estas hoy Jake?

- “No demasiado mal, aquí esperando la medicación”.

- “Si, vendrá enseguida. No te asustes, estás bien.

- “Lo sé, intento no tener miedo. Oh Dios ¿me estoy asustando? ¿Qué me va a suceder?”

- Todo está controlado, intenta relajarte. Estás bien”.

Cuando alguna de las personas que le atendían, bien fueran sanitarios o su propia esposa, le hablaban como si él pudiera entenderle, lo disfrutaba sobre manera. Una de las enfermeras que le atendía le cantó una canción, otra le dijo que parecía un dios griego, y Jake atesora esos recuerdos como lo único positivo de aquellos días aciagos.

Pasados seis meses, Jake había vivido más de lo que el estado pensaba inicialmente, por lo cual sus cuidados paliativos a domicilio dejaron de aplicarse. Sus constantes vitales eran bastante normales, así que fue admitido en un Hospital general de Boston, donde en mayo de 2018 se le hizo una reevaluación.

Aquel cambio le hizo recuperar poco a poco la esperanza. Un buen día a finales de junio descubrió que podía mover un poquito sus ojos, de forma controlada. No mucho aunque lo suficiente como para poder mirar hacia arriba y hacia abajo, aunque al principio de forma poco consistente. El personal médico percibió el cambio, aunque no podían saber si el movimiento era consciente.

En palabras de Jake: “fue terriblemente descorazonador oír a los médicos decir una y otra vez que se trataba de un movimiento involuntario”. Dado que Jake no mostraba emoción alguna en el rostro, a quienes le rodeaban simplemente le costaba trabajo imaginarse que estaba vivo y consciente atrapado en un cuerpo “averiado”.

El 4 de julio llegó otro avance. Jake pudo escuchar los fuegos artificiales de la fiesta nacional, y aunque no pudo verlos se prometió a sí mismo que lo haría de nuevo en el futuro. A la mañana siguiente un doctor de atención primaria que revisaba su estado observó un ligero movimiento en su muñeca izquierda. Se aproximó a él intrigado y le dijo: “hazlo de nuevo si puedes, mueve la muñeca”.

En ese momento Jake descubrió que podía moverla sin pensar. Un pequeño movimiento, pero sin duda una señal de que se cuerpo estaba despertando. El médico quedó en estado de shock, y como más tarde diría Jake: “la alegría que sentí simplemente fue indescriptible”.

En cuestión de días pudo pestañear para responder preguntas. Una semana más tarde se le trasladó a un hospital especializado en rehabilitación de lesiones cerebrales que contaba con unos medios impresionantes, y que es unánimemente considerado como uno de los mejores centros médicos de los Estados Unidos.

El optimismo regresó con fuerza y comenzó a repetirse constantemente frases del tipo “puedes hacerlo”. Con mucho esfuerzo comenzó a mover un poco el cuello y la lengua. Pronto comenzó a sacar la lengua para decir “si” y a pestañear para decir ”no”. No estaba nada mal para un paciente que unos meses antes estaba catalogado como terminal.

Más tarde, pusieron en sus manos una tablet llamada “MegaBee” que reconocía su movimiento ocular y le permitía agrupar letras para comunicarse. Jake lloró cuando pudo dirigirle una pregunta a su fisioterapeuta Rebecca Glass con este dispositivo:

“T..O..D..A..V..I..A..P..U..E..D..O..M..O..R..I..R..”

“No sé lo que te depara el futuro Jake, pero no lo creo”, respondió.

Desde entonces el trabajo ha sido constante y los frutos casi increibles. Jake se mueve ahora en una silla de ruedas y puede hablar de nuevo. De hecho, según he podido comprobar en su canal en YouTube, ahora también puede silbar:

¿Lección a aprender? No te rindas nunca, la esperanza puede mantenerte vivo.

Me enteré leyendo The Guardian

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