Inglaterra - Escocia, por la Eurocopa. El primer clásico del fútbol mundial, de Peaky Blinders al espíritu de Diego Maradona (y un gol inglés en otro estadio)

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Todo un símbolo: los escoceses, siempre desafiantes y enamorados de Diego Maradona, antes de ingresar a Wembley, en Leicester Square
Todo un símbolo: los escoceses, siempre desafiantes y enamorados de Diego Maradona, antes de ingresar a Wembley, en Leicester Square

Wembley no solo es un gran escenario: es un mito del fútbol mundial. Llueve, como casi siempre, para que la historia se tiña de gris, de melancolía. Inglaterra inventó el fútbol, aunque no siempre su estirpe haya acabado en vueltas olímpicas. Tiene un Mundial, el del ‘66, que aún hoy despierta sospechas. Escocia suele mirarlo desde abajo -o, en realidad, el gigante lo mira desde arriba, con cierta prepotencia-, en una reseña de desencuentros que exceden el juego. Los escoceses tienen sangre caliente, los desafían, jamás se quedan de brazos cruzados. Hermanos separados en las rencillas del tiempo. El encuentro del Grupo D de la Eurocopa acaba en tablas, un abúlico 0 a 0, entre estrellas y valientes. Por fortuna, hay otras historias.

El video de Del Potro entrenándose, a dos años de su último partido oficial y a cinco semanas de los Juegos Olímpicos de Tokio

Inglaterra y Escocia es un ancestral clásico británico: el primer partido se jugó el 30 de noviembre de 1872, hace 149 años, con un empate sin goles -igual que hoy- en Hamilton Crescent, Escocia. Hubo 145 enfrentamientos, con una ventaja inglesa de 48 triunfos contra 41 y 26 empates. El anterior encuentro fue el 10 de junio de 2017, con un empate 2 a 2 y con apenas un antecedente en la Eurocopa, en la de 1996, jugada en Inglaterra, cuando logró, también en Wembley un cómodo 2 a 0, con goles de Alan Shearer y Paul Gascoigne. Dos personajes del fútbol, de esos que ya no hay. Y, en el medio, el espíritu de Diego Maradona...

Los escoceses armaron una fiesta en Wembley, siempre con la imagen de Diego Maradona dando vueltas...
JUSTIN TALLIS


Los escoceses armaron una fiesta en Wembley, siempre con la imagen de Diego Maradona dando vueltas... (JUSTIN TALLIS/)

No hace falta recordar cierta rivalidad -social, futbolera- entre ingleses y argentinos. No hace falta recordar el gol de La Mano de Dios y, sobre todo, la mejor obra creada en la historia de la Copa del Mundo. México ‘86 quedó demasiado lejos, menos para los argentinos y para los... escoceses. Enamorados de Diego, el enemigo público número 1 de los ingleses. “Ahí me aman por el gol que le hice a los ingleses”, contó el 10 alguna vez. Se visten con camisetas celestes y blancas, gritan “Argentina”, se emocionan como si hubieran nacido en nuestra tierra.

Hasta Murray celebró (en Wembley)

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El fútbol todo lo puede. También hoy: camisetas clásicas de Le coq sportif, máscaras de un Diego barbudo, canciones desafiantes: ”Ponés tu mano izquierda y lo sacudís todo. Hacés el ‘hokey cokey’ (baile ancestral) y metés un gol. De eso se trata todo. Oh... Diego Maradona, dejó a los ingleses afuera...” Y la argentinidad al palo hasta en las estaciones de subte próximas al estadio.

Maradona y los escoceses, una historia de amor

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Hinchas entrados en años, embriagados en alguna bebida de color dudoso, vestidos con las clásicas polleras que son una referencia en el planeta, arropados con banderas con diversas imágenes de Diego, que exceden el marco del desafío al gigante. Despiertan nostalgia, arrancan un lagrimón. El espíritu de Pelusa trasciende el seleccionado argentino; vive, de Brasil a Inglaterra. De la Copa América a la Eurocopa. En todos lados. Y suele despertar una sonrisa. Desde el cielo, habrán pensado los escoceses, les dio fuerza y así arañaron una igualdad impensada. No tiene figuras, le sobran guerreros, como Roberton, el capitán, de Liverpool, como Tierney, de Arsenal o Gilmour, un pibe de 20 años, de Chelsea, que jamás vio jugar a Diego...

La rivalidad histórica, deportiva e incluso política por el espíritu independentista escocés, potenciado tras el Brexit, no se percibió dentro del estadio, donde unos 2.600 escoceses transmitieron alegría, respeto global y alguna que otra vez, un silbido a modo de advertencia.

Una imagen de un encuentro trabado, sin brillo: Declan Rice lucha contra Lyndon Dykes en el 0 a 0 entre Inglaterra y Escocia
CARL RECINE


Una imagen de un encuentro trabado, sin brillo: Declan Rice lucha contra Lyndon Dykes en el 0 a 0 entre Inglaterra y Escocia (CARL RECINE/)

Inglaterra amaga, siempre amaga. Lo tiene todo: Kane, Sterling, Mount, Foden, Rashford y un ascendente entrenador, Gareth Southgate. Pero es un equipo tímido, no se anima a atacar, a avanzar. Lejos está de arrollar. Tiene, eso sí, un crack subterráneo, un 10 de los de aquí a la vuelta, un sudamericano nacido en Inglaterra con las medias bajas, una vincha en el pelo y siempre, siempre, con una sonrisa. Jack Grealish tiró magia durante la útima media hora, pero fue suficiente para comprender que al menos uno tenía un 5 por ciento de lo que tenía Diego. Es un sentimental: ocho partidos en el seleccionado, una vida entera en Aston Villa, más allá de un primerizo y fugaz paso por Notts County.

El resumen

Lo quieren los grandes, pero él prefiere quedarse en su casa, en Birmingahm, esa ciudad humeante, proletaria, que hace recordar a una serie genial, Peaky Blinders, basada en el ascenso de una familia de mafiosos, liderados por Thomas Shelby. Desde abajo y sentimental, como Maradona y con una historia conmovedora: su hermano menor, Keelan, falleció por la muerte súbita del lactante cuando apenas tenía nueve meses, en abril de 2000. Uno de sus antepasados, Billy Garranty, también fue futbolista, convocado una vez por el seleccionado y que ganó la final de la FA Cup de 1905 para Aston Villa.

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Los tiempos modernos lo pueden todo: un inglés marcó un gol este viernes... para Chile, contra Bolivia, en la Copa América. Benjamin Anthony Brereton Díaz, de padre inglés y madre chilena. Es un delantero potente, que juega en Blackburn Rovers y que fue una joya en potencia en las juveniles inglesas. No habla español, pero el idioma del gol es universal, más allá de que en Wembley nadie tomó nota...

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