La historia de Gustavo Coleoni: mascota de Talleres, se crió en un bar, fue taxista y ahora es finalista de la Copa Argentina contra River

Fernando Vergara
lanacion.com

En el rostro de Gustavo Coleoni hay algo que nunca se borra: la sonrisa. Un gesto que ni siquiera perdió en el momento más duro de su carrera como entrenador, cuando Sapito perdió cinco finales en el deporte que más ama, el fútbol. Pero ahora es tiempo de disfrute: a mitad de año logró el histórico ascenso de Central Córdoba de Santiago del Estero a la Superliga, y el cierre de 2019 lo tendrá como protagonista de la definición de la Copa Argentina, nada menos que frente a River.

"Estamos muy felices. Nuestro equipo merece disputar esta final. Pasamos todos los partidos de las series ganando en los 90 minutos, con lo que demostramos que somos un muy buen plantel. Y claro que se viene un cruce muy difícil. River tiene muchísimos jugadores de buena técnica. La tarea del entrenador es muy buena, Gallardo tiene cosas que otros no", remarcó Coleoni, repleto de euforia luego del 1 a 0 ante Lanús en las semifinales.

Sapito (16 de agosto de 1968) disfruta del momento más emotivo en una trayectoria cargada de viajes alrededor de la Argentina. El entrenador cordobés, de 51 años, hoy es uno de los responsables de la gesta de un club que apenas hace dos años había descendido al Federal A. Y su historia de vida, rescatada por LA NACION hace algunos meses, está repleta de anécdotas. "Yo me casé con la pelota, los bares y la bohemia al andar. La calle es una facultad y en los bares es donde pasa todo. Tené en cuenta que yo me crié adentro de un bar. Nací ahí, es mi hábitat. Juego muy bien al billar Casín. Siempre estoy con un taco en el baúl del auto. Amo el billar y soy feliz en esos lugares. En Santiago del Estero no hay una sola mesa, una pena. Y escuchá esto: hace dos días compré un barcito para uno de mis hijos frente a la cancha de Talleres. Le pusimos Tercer Tiempo. Si yo fuera el presidente argentino te pongo el café a dos pesos en todos lados. Hoy se perdió todo eso, esa forma de socializar. Hay mucha PlayStation, Instagram, Facebook. Es más fácil poner un ciber que un bar", apunta el DT.

Cuando Coleoni dice que se crió adentro de un bar es tal cual lo explica. Literal. Hace 40 años vivió debajo de la tribuna de la cancha de Talleres de Córdoba, mientras sus padres trabajaban en el buffet. Épocas en donde era la mascota del inolvidable equipo de la T que en 1977 perdió el título en una increíble final con Independiente. Eran días donde se sentaba a escuchar a Angelito Labruna y Adolfo Pedernera cuando dirigían al club cordobés. "Mis viejos Antonio y Juana Victoria me abrieron las puertas de la vida. Fue la infancia soñada. Parece un cuento, pero a mi me pasó. Era la mascota de Talleres, hacía jueguitos en los partidos y resultó una historia muy fuerte. Yo jugaba a la pelota todo el día", dice.

Cuentan que Coleoni llevaba la pelota atada al pie. Era bajito y el club le pagó un tratamiento hormonal similar al de Lionel Messi. No resultó. Gustavo nunca superó los 160 centímetros de altura. Sapito era el apodo colocado por sus amigos, por sus amagues y saltos para dejar rivales en el camino. Y porque era petiso. "El doctor Ortiz no quería porque ponía su matrícula en juego. Talleres me pagó el tratamiento hormonal porque yo pintaba bien. Las compraron en Italia, y de mucho no sirvió (sonríe). Fue cuando estaba en la escuela primaria. Era muy petiso y me querían hacer crecer. Me colgaban de todos lados, me estiraban el cuello. ¡Una locura! Un kinesiólogo hoy te diría que eran unos asesinos. El médico quería cuidar mi integridad física", detalla.

A Coleoni se le está dando como DT lo que no pudo lograr como futbolista. El cordobés asegura que todo el mundo pensaba que él iba a ser un "crack". "Basile me subió a practicar con la primera, llegué a jugar dos partidos amistosos, pero me fui a Perú y Chile, y terminé en ligas del interior de Córdoba: Matienzo de Monte Buey, Central de Río Segundo, Atlético de Río Tercero, Belgrano de La Para, Bella Vista y Las Palmas. La remaba. Y en Perú no tenía para comer, eh. La luché en todos lados", rememora.

Las historias del entrenador que llegó a la final de la Copa Argentina se suman. Además, Coleoni fue taxista durante 15 años. Hoy es un trotamundos que cuenta con un bagaje enorme en los torneos de ascenso. Tiene amigos en todos los pueblos, revela. "En todos lados me gané la moneda como pude. Y cuando vuelvo a Córdoba me como un asado con toda mi gente. Tengo una familia espléndida con dos hijos, Emanuel y Franco. Y mi nieta María Pía, la mujer de mi vida", se emociona. Allí, en su provincia, ahora tendrá varios días de descanso hasta retomar los entrenamientos con Central Córdoba. Y fue allí mismo donde se subió a manejar el taxi cuando las cosas no se daban en el fútbol. "Teníamos un Dacia, no te das una idea lo que era: se rompía todos los días. Mi viejo fue tachero de siempre. Yo hablaba con la gente, les preguntaba de todo. Una vez, una chica muy pituca que era profesora de la Universidad se subió: lentes, rodete, una estampa. Al auto le había puesto un asiento de un Renault 12, que entraba justito. ¡Yo ponía la música fuerte para que no se escucharan los ruidos! Pero en una esquina frené de golpe y la chica voló para todos lados. Se le cayeron todas las cosas, se bajó enojada y me dio vuelta la puerta de un golpe", recuerda.

Cuando dejó de jugar, en 1990, Coleoni puso una escuelita de fútbol. Debutó como DT en 2005, en Racing de Córdoba. Y comenzó a recorrer la Argentina de norte a sur, y de este a oeste: Gimnasia de Mendoza, Juventud Antoniana de Salta, Juventud Unida de San Luis, Central Norte de Salta, Talleres de Córdoba, Guillermo Brown de Puerto Madryn, Sportivo Patria de Formosa, Ramón Santamarina de Tandil, Ferro y Central Córdoba de Santiago del Estero. "En un mismo año yo estuve en los ciclones de Puerto Madryn, donde hay un viento terrible y a los tres meses me fui al infierno de Formosa. ¡El calor que hace ahí.! ¡En verano, a las 3 de la tarde, los gorriones explotan por el calor! Anduve de punta a punta. Me encanta estar en las ciudades, conocer su gente y sus formas. En el norte suelen ser más sociables. Yo me adapto a todo por necesidad".

A la hora de hablar de referentes, Coleoni no duda: Marcelo Bielsa. "Me quedo siempre con sus palabras. Tengo una debilidad especial por él, por sus trabajos y sus formas. Me gusta la verticalidad, y presionar. Miro mucho al Cholo Simeone y a Mohamed. Algunos jugadores que lo tuvieron me dijeron que tengo formas parecida a las del Turco. Es un tipo con calle y sabiduría. Creo que tenemos una esencia diferente a la de entrenadores que son más de laboratorio".

Simpático, activo, entrador, Coleoni revela cuáles son sus formas para llegarles a los futbolistas. "Con ellos tomo mate, converso con ellos durante tres horas. El jugador es lo más hermoso del fútbol. Ellos siempre quieren ganar. Pero siempre hay un plus que podés sacarles de acuerdo a cómo vos los hayas hecho sentir. En eso trabajo, eso trato de extraerles. Yo sé qué música las gusta, cuáles son sus problemas, cómo son sus familias. En Santamarina perdimos tres partidos al hilo y nos fuimos a hacer trekking y a comer un asado. Unión de grupo. Otra vez, en un equipo tuve a un jugador que estaba irascible. Insoportable. Lo querían cagar a trompadas todos los compañeros. Hasta que hablé con él y le pregunté qué le pasaba. 'Mi papá tiene cáncer', me respondió. Quedamos helados. A partir de ahí todos lo ayudamos de la manera que pudimos. Yo trato de llegarle a todos cuando tienen puesto el pantalón largo, porque de corto solo se visten tres horas al día".

En el horizonte, ahora, aparece nada menos que River. Otro sueño para un hombre que mira de reojo a la Copa Libertadores 2020. ¿Por qué no? "Estamos de colados en esta fiesta, pero nos gustaría irnos con el mejor premio". Una historia más para una vida a la que no le faltaron caminos por donde transitar.

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