La vida desconocida del último ganador del Augusta incluso en su país

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Luis Tejo
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El golfista Hideki Matsuyama sostiene un palo por encima de su cabeza
Hideki Matsuyama durante el Masters. Foto: Augusta National via Getty Images.

"La fama cuesta", decía la mítica frase de la no menos legendaria serie de televisión de los años '80 que está ya instalada en el imaginario colectivo. Por supuesto, cuesta conseguirla haciendo algo digno del reconocimiento de los demás humanos que permita destacar. Pero también cuesta gestionarla y asumir que, desde el momento en que uno se convierte en famoso, hasta el último detalle de su vida será escrutado con ojos inquisidores, tenga o no que ver con la actividad profesional que le ha hecho triunfar. Bien lo sabe Hideki Matsuyama.

Estamos tentados de decir que este golfista japonés acaba de conocer el sabor agridulce de la popularidad. Se ha proclamado recientemente campeón del Masters de Augusta, uno de los torneos más importantes del circuito, siendo además el primero de su nacionalidad capaz de imponerse en un major. Es, sin duda, el nombre del momento en su deporte.

Pero estaríamos mintiendo. No es que no sea famoso, sino que no "acaba" de convertirse en una celebridad. En realidad, gracias a sus éxitos en competiciones anteriores, ya era un hombre tremendamente popular. Vale, su prestigio estaba restringido a su Japón natal, pero hablamos de un país de más de 125 millones de habitantes.

Si ya en España, con bastante menos de la mitad de la población nipona, nuestras celebrities locales están sometidas a una presión asfixiante, es fácil suponer lo que tiene que significar la fama en un territorio como el nipón. Por eso mismo, Matsuyama se vio obligado a adoptar medidas extremas para preservar su intimidad. Entre ellas, ocultar durante mucho tiempo datos tan relevantes como que está casado y tiene una hija.

Hideki Matsuyama coge un palo de golf que le da su 'caddie' Mei Inui, quien carga con una gran bolsa con todo su material.
Hideki (derecha) junto a su 'caddie' Mei Inui. Foto: Christian Petersen/Getty Images.

Lo cuenta la publicación ESPN: Hideki ha sido siempre extremadamente reservado con respecto a su vida privada y, pese a la insistencia de la prensa rosa, jamás ha querido contar nada. No anunció estos hechos hasta agosto de 2017, un mes después de nacer la niña Kanna, y lo hizo únicamente con el fin de evitar cualquier especulación. La noticia fue un terremoto mediático en Japón no solo porque no se esperaba que llegara una bebé, sino porque ni siquiera se sabía que tenía pareja.

Matsuyama, además, dijo que el matrimonio se había producido en enero de ese mismo año y que la mujer con quien lo había contraído es Mei Inui. Esa identidad coincide con la de quien fuera su caddie habitual, pero también se trata de un nombre femenino y un apellido muy comunes en Japón (sin ir más lejos, en la liga española tenemos jugando a un Inui en el Eibar). Y el golfista no ha llegado a confirmar que se trate de la misma persona, dando pie a aún más inquietud en la opinión pública oriental.

En condiciones normales serían irrelevantes las relaciones personales de un deportista profesional, o en general cualquier cosa que fuera más allá de su desempeño en los campos. Pero es que lo que se vive en Japón con Hideki Matsuyama dista mucho de ser "condiciones normales". Para entenderlo, hay que tener en cuenta consideraciones sociológicas del Japón de las últimas décadas.

Al Imperio del Sol Naciente el golf, pronunciado "gorufu" en el idioma local, había llegado a principios del siglo XX, pero de forma muy minoritaria. Incluso no era demasiado bien visto en el ambiente ultranacionalista anterior a la Segunda Guerra Mundial, que lo consideraba un símbolo de la decadencia de Occidente. Tras la derrota en la contienda y la influencia creciente de Estados Unidos, este juego elitista se reintrodujo en el país, favorecido además por el crecimiento intensísimo que experimentó la economía durante los siguientes 40 años.

Hideki Matsuyama atendiendo a la prensa durante un torneo.
Hideki Matsuyama atendiendo a la prensa durante un torneo. Foto: Richard Heathcote/Getty Images.

Sin embargo, el de los palos y los greens no dejaba de ser el pasatiempo de los norteamericanos, es decir, del enemigo que les había vencido y casi destruido con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y que hasta bastantes años después de acabar los combates seguía siendo la fuerza extranjera de ocupación. Un pueblo tan orgulloso como el japonés consideró que llegar a vencer a los yanquis en el golf, en su terreno, era una forma de recobrar la dignidad nacional. Así, la cobertura mediática se multiplicó, los profesionales que destacaban mínimamente pasaban a ser héroes (a menudo de forma prematura, sin responder luego a las expectativas generadas) y las competiciones importantes con algún local presente se convertían en asunto de Estado.

Pese a la crisis económica de los '90, el interés no decayó. Más bien al contrario: se calcula que en el archipiélago hay unos 2.500 campos, más que en todo el resto de Asia junta. Por comparar, España, que tiene menos residentes pero casi el doble de extensión territorial, no llega a 500. Que en los últimos años el joven Hideki, nacido en 1992, empezara a cosechar éxitos y llegara a la élite mundial sirvió para consolidar su fama a niveles difíciles de medir. Tal como se relata en ESPN, Matsuyama, orientado por su padre desde bien joven para triunfar en los campos, "creció hasta convertirse en el mejor golfista de la nación, rico, famoso, respetado, el tipo de persona a quien el primer ministro invita para jugar cuando vienen presidentes americanos de visita".

Por si fuera poco, hay otro factor muy relevante en su historia. Aunque nació en una ciudad que se llama igual que su apellido situada en la isla de Shikoku, al sur del país, de adolescente se fue a estudiar a Sendai, mucho más al norte, cerca de Fukushima. El maremoto y el consiguiente tsunami de 2011 arrasaron por completo su lugar de residencia, si bien él puede considerarse afortunado porque quiso la casualidad que la catástrofe le sorprendiera en Australia disputando un torneo. La mentalidad colectiva le considera representante de la región más afectada y sus triunfos ayudan a subir la moral de la población.

Por eso, durante los últimos años, la prensa ha estado pendiente al milímetro de todo lo que ocurría en su vida. Incluso de si engordaba un poco cuando permanecía algún tiempo jugando en Estados Unidos y cambiaba su dieta. Viaje donde viaje, juegue donde juegue, un séquito de no menos de 20 reporteros está permanentemente detrás de él, atento a cualquier movimiento. "Hideki representa para Japón lo que Tiger Woods para el resto del mundo", dijo el australiano Adam Scott, antiguo número 1 del mundo, cuando fue a disputar el Open de Japón de 2016, aludiendo a la "locura" y el "fanatismo" que genera su figura en el público local.

Es comprensible, entonces, que se sienta intimidado, incluso agobiado, y opte por esconder informaciones personales tan reseñables como su matrimonio y su descendencia. Cuando lo contó, se permitió el lujo de hacerlo con un chiste: "Todo el mundo está centrado en mi golf y la verdad es que nadie me había preguntado por mi boda, así que no tuve que contestar". Tiene mucho mérito ser capaz de que algo así pase inadvertido pese a la atención casi obsesiva que los medios japoneses le dedican.

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