Hernán Crespo, un señor del fútbol, juega la Copa América para LA NACION

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Defensa y Justicia - Bahía
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Ya nadie le dice “Valdanito”, y está muy bien. Era un nene de 18 años que aparecía en River cuando cierto parecido físico entre ese flaquito alto y el campeón del mundo en México ’86 activó el apodo. Su propio recorrido le quitó hace tiempo esa etiqueta, que en algún sentido lo honraba: que a alguien que empieza lo comparen con un señor del fútbol no está nada mal. Pero Hernán Jorge Crespo construyó su propia marca a lo largo de los casi 30 años que lleva en estas lides. Ese prestigio será una parte central de la cobertura de la Copa América de LA NACION: Crespo aportará su mirada inteligente y crítica durante el recorrido de la selección argentina por Brasil.

No se trata sólo de una cuestión de currículum. Que lo tiene, y muy cargado de flores: campeón con River, Parma, Lazio, Milan, Inter y Chelsea, su carrera se llenó de hitos. Y de goles célebres, como el que le dio a River la segunda Copa Libertadores de su historia, en 1996, o los dos que anotó para Milan en una final de Champions League que increíblemente no alcanzaron para ganar ese torneo. Una larga trayectoria en las selecciones argentinas, que incluyeron tres mundiales, 64 partidos y 35 goles en la mayor. Pero si Valdano, tan admirado, es “un señor”, como se dijo, a Crespo se lo puede definir en otra lengua: es “il signore”. Es que Italia se transformó en su hogar, de tantos años de vivir y triunfar allí. No sólo en la cancha, que al final eso pasa y la vida sigue: en Parma formó su familia. Allí viven sus hijas y la mamá, a las que se acerca con videollamadas diarias desde que la vocación de entrenador lo devolvió a Sudamérica.

El 8 de junio de 2005 la Argentina ganó 3 a 1; los goles los hicieron Crespo en dos oportunidades y Riquelme
El 8 de junio de 2005 la Argentina ganó 3 a 1; los goles los hicieron Crespo en dos oportunidades y Riquelme


El 8 de junio de 2005 la Argentina le ganó 3 a 1 a Brasil; esa noche, Crespo anotó dos goles en el Monumental, en un partido histórico del ciclo Pekerman.

Cinco años atrás, Nicole, la mayor, le preguntó: “Papá, ¿qué pasa que hace cuatro años que vivimos en la misma casa?”. Doce mudanzas en la década anterior habían despertado la curiosidad de la nena. En Parma, el lugar en cuestión, papá Hernán veía como un impulso crecía en su interior: se acercaba el momento de encender de nuevo el motor del fútbol. Había pasado ya ese tiempo que para algunos es un placer y para otros un calvario: los primeros años de vida de un exfutbolista. Un tiempo de devaneos, dudas y horas del día que a veces no se sabe cómo completar.

Estaba decidido: no quería ser uno de esos que se queda anclado en el pasado, mirando fotos y videos de glorias (propias) pasadas. Iba a ser entrenador. “Estoy en casa mirando fútbol por TV y soy un león enjaulado, no me siendo feliz, entre comillas, y lo único que hago es generar malestar. Soy insoportable. Soy un alma inquieta…”, contaba en una de las entrevistas con LA NACION de esos años. Había dirigido en las inferiores de Parma y en la primera de Modena, de la serie B del calcio. Quería volver a la adrenalina del fútbol nuestro y abandonar esa engañosa zona de confort. “Siento esta necesidad desde mi madurez, desde el deseo de enriquecerme con nuevas vivencias. Soy muy curioso y tengo un poquito de alma de gitano…”, explicaba.

Herna Crespo, entrenador de San Pablo, celebra con los jugadores de su equipo después de ganar la final a Palmeiras del Campeonato Paulista 2021.
Alexandre Schneider / Getty Images


Herna Crespo, entrenador de San Pablo, celebra con los jugadores de su equipo después de ganar la final a Palmeiras del Campeonato Paulista 2021. (Alexandre Schneider / Getty Images/)

El nuevo Crespo, muy pronto, se puso a la altura de aquel que tiene un apellido ganado como jugador. Empezó en Banfield y llamó la atención por el juego ofensivo que proponía, aunque los resultados no estuvieron alineados con esa voracidad por atacar. El segundo escalón lo llevó otra vez a la cima: por siempre será el entrenador que condujo a Defensa y Justicia a ganar la Copa Sudamericana, el primer título internacional de su historia. Un equipo de autor, cartelito que no cualquiera puede llevar. El abrazo con sus hijas, que viajaron especialmente para la final ante Lanús, seguro ya es un cuadro familiar.

Sin pausas, aceptó el desafío inmediato de dirigir a San Pablo, el gigante brasileño que llevaba demaiados años arrumbado. En la primera conferencia de prensa sorprendió al responder en portugués. Para él no fue nada llamativo: entiende al respeto como un valor que se ejerce, no se proclama. Que enseguida haya llevado al club a celebrar un título tras siete años de sequía es un detalle más en la vida de este embajador argentino. El que ahora, en Brasil, bien pueden empezar a llamar “senhor Crespo”.

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