Hernán Crespo, exclusivo para LA NACION: “Messi y Di María tenían razón desde hace mucho tiempo”

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Messi, Di María y una vida llena de emociones en la selección argentina
Andre Penner

SAN PABLO.– Maldini dijo que él había sido el más perdedor de la historia. Porque perdió con Milan la final de la Champions League casi en el último minuto contra el Ajax, en 1995, y porque perdió con Italia la final del Mundial de los Estados Unidos 1994 contra Brasil, en la definición por penales. Y eso no es así, Paolo fue el mejor de su época.

Yo crecí con el estigma de que el ‘Lole’ Reutemann salía segundo y decían que por no salir primero no era bueno. O como Gaby Sabatini no le ganaba a Steffi Graf, no se la valoraba. Vilas tampoco fue el N° 1 porque una computadora lo traicionó en el ’77. No pudieron, no lo lograron. Pero hoy se valora que Reutemann, después de Fangio, fue de los nuestros el más destacado de todos. Y Gaby Sabatini fue la mejor desde siempre, sin alcanzar nunca el número 1. Y Vilas es leyenda. Entonces, ¿qué, vamos a caer en la sencilla obviedad de asumir que ahora sí Messi es el mejor o que el seleccionado argentino fue competitivo? No, por favor. Salgamos de esa cruel ilógica. De hecho, quizás podamos coincidir en que esta no fue la mejor final jugada por Leo, pero Messi no necesitaba este título para convencer a nadie de su jerarquía y de su trascendencia. Messi ya era el mejor de todos. El título te permite el goce pero el valor está en el intento, no en el logro. En el logro está la sonrisa tatuada en la cara, el canto, el abrazo. Pero en el intento está la razón de ser, esta el esfuerzo por seguir y perseverar, está el amor propio, la generosidad para esforzarte para darle algo a alguien más, a un compañero, a un hincha, a un familiar. Y está el ejemplo de hacerlo de la mejor manera posible.

Messi y Di Maria en Ezeiza
Messi y Di Maria en Ezeiza


Una postal que se repite desde hace años en el predio de Ezeiza: Messi y Di María, con ropas de la selección

Todos los que pasamos por estos 28 años sin títulos con la selección argentina fuimos “grandes perdedores”. Todos fuimos Lionel Messi, todos fuimos Ángel Di María de alguna manera. Por eso, verlos a ellos felices es reconfortante. Nos alivia, quizás. Porque parece difícil destacar cualidades cuando no hay trofeos. Deberíamos esforzarnos para afinar el ojo y encontrarlas porque se pueden hacer bien las cosas y no ganar. O que te lo ganen, porque recordemos que el rival también juega, y tiene intereses completamente opuestos a uno. En estos 28 años pasamos muchos futbolistas, que intentamos ganar torneos y no lo logramos. Quienes lo intentamos más de una vez, porque tuvimos la capacidad y la fortuna, nos sentimos identificados en Messi y en Di María.

Un abrazo del alma: Messi y Di María celebran el gol del 1-0 sobre Brasil en el Maracaná, el que valió una Copa América
Andre Penner


Un abrazo del alma: Messi y Di María celebran el gol del 1-0 sobre Brasil en el Maracaná, el que valió una Copa América (Andre Penner/)

Interiormente el futbolista da siempre lo máximo. Yo perdí la final de la Champions después de hacer dos goles. Hice la mejor final posible, ¿y me alcanzó para ganar? No, y es dolorosísimo. Pero evidentemente saber que hice el mejor esfuerzo posible es algo importantísimo para mí. Debe ser algo importante. ¿Qué, creen que alguien se va a guardar algo con tal de no coronar? Imposible. Sería ridículo. Pero la plenitud, y todos lo sabemos, es desatar la felicidad popular. Vos íntimamente sabés que podés ser el disparador de los humores de muchísima gente. Los cosquilleos que sí son inocultables responden al alivio. La sensación del deber cumplido, pero no para tranquilidad de tu conciencia, sino porque sabés que ese logro que ha llegado le regala felicidad a mucha gente. Punto.

Lo que no es sensato es que Di María haya tenido que pasar por lo que pasó, o que Messi haya tenido que pasar por todo lo que pasó, para que ahora les den la razón. No. No. Me rebelo contra eso. Antes ya tenían razón. A Di María no le temblaba el pulso antes, ni se desgarraba porque tenía miedo. No, sucedió porque es la vida misma. Y ocurren imponderables. Ni Messi ni Di María son desde el sábado pasado a la noche mejores que dos horas antes. Ni debían demostrarle nada a nadie, ni revalidar su talento. Porque de lo contrario, ¿qué? ¿Íbamos a ningunear a Messi y Di María si no se ganaba? Si Di María fallaba el gol, ¿qué hacíamos? ¿Había que deportarlo del país?

Y también rivales. Aquí, Di Maria consuela a Messi después de que PSG eliminó a Barcelona de la última Champions League
FRANCK FIFE, Agencia AFP


Y también rivales. Aquí, Di Maria consuela a Messi después de que PSG eliminó a Barcelona de la última Champions League (FRANCK FIFE/)(Agencia AFP/)

Insisto: no tenían que demostrar nada. El compromiso, la lealtad, el sentido de pertenencia ya lo habían mostrado después de cada derrota. Volviendo a intentarlo. Sí, ahora disfrutan del privilegio del goce, porque desde ya que no es lo mismo ganar que perder. Muchos en el mundo, por un día y de alguna manera, se hicieron hinchas de la Argentina porque todos percibían el dolor que le causaba a Messi no poder ganar. Él se merecía un final feliz y ya no finales de terror. Necesitaba disfrutar, sentirse el vehículo para la alegría de otros.

Yo me sentí culpable mucho tiempo porque también me han hecho creer que era ganar o nada. Y no es ganar o nada, es intentarlo de la mejor manera posible, sabiendo que está la posibilidad de perder y la hermosa posibilidad de ganar también, pero especialmente, estar presente con toda la valentía y el esfuerzo posible. Yo me he sentido un poco culpable por sentir que sin victorias no inspirábamos. Aunque hubo muchísimos ejemplos para admirar en todos estos años.

Messi y Di María, juntos en la selección
Afa


Messi y Di María, juntos en la selección (Afa /)

No conformes con el presente de felicidad de la selección, ya espiamos el futuro. Y lo entiendo, el Mundial aparece a poco más de un año. Pero antes quedan muchas y difíciles estaciones por cumplir en las eliminatorias. Podría venir ahora un período de baja intensidad, porque naturalmente desciende después de un logro que se persiguió durante largo tiempo. El éxtasis tiene sus efectos colaterales, entonces, subrayo: compresión de frente a lo que vendrá. La energía podría llegar a bajar, es una reacción tan inconsciente como humana.

Messi y Zanetti se abrazan con  Crespo, tras su segundo gol, que abrió definitivamente el camino de la victoria
Messi y Zanetti se abrazan con Crespo, tras su segundo gol, que abrió definitivamente el camino de la victoria


Crespo y uno de sus goles en la selección; el abrazo con Messi y Zanetti

Pero ya estoy espiando el futuro. Volvamos a anclarnos en este momento que todos esperamos. Pero insisto, con recaudos en el mensaje. Di Stéfano no necesitó ganar una Copa del Mundo para ser Di Stéfano. Cruyff tampoco. Maldini tampoco. Está lleno de fantásticos perdedores que escribieron la historia. Que a nadie se le ocurra instalar que Messi y Di María necesitaban este título en la Copa América para demostrar algo. Ya eran y son cracks. La victoria activa una celebración popular que, estoy seguro, desde hace años ellos eran los primeros que querían ofrecerle al país. Someterlos a la prueba del éxito como medida de aceptación nos retrata.

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