Hernán Álvarez Forn. Adiós a una vida de leyenda y aventuras en el mar y la tierra

Olivia Díaz Ugalde
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Un hombre invalorable y extraordinario. Aventurero, culto, lector. Arquitecto, ávido navegante y un inquieto pasional. Eligió disfrutar de su vida, saborear cada paso y dedicar su tiempo a explorar. Explorar las mareas y las tierras, las letras y el arte. Un hombre independiente, un hombre del mar, de los suyos. Amante de los viajes y de la compañía, se dio el gusto de navegar con sus seres queridos, amigos y familiares. Hernán Álvarez Forn falleció hace unos días a los 94 años y dejó un legado lleno de historias, anécdotas y mucho amor.

"Realizó algo así como 700.000 millas a lo largo de toda su vida. Porque hasta los 80 y pico siguió navegando. Siempre encontraba alguna excusa para irse a navegar, era sumamente independiente. Eso era lo que realmente amaba; él siempre fue muy fiel a este amor. Era invitado a todas las embarcaciones, y hasta no hace mucho, al Ice Lady, un barco que llevaba a personalidades del arte, la fotografía, el cine, compositores, a la Antártida para alertar sobre la realidad del lugar. Algo totalmente filantrópico", narra Hernán, uno de sus hijos, para LA NACION.

Un artista en todas sus variantes, un bon vivant de otros tiempos. Escritor, dibujante, literario. Colaboró en el suplemento dominical del diario La Prensa durante 18 años y en las revistas Barlovento, El Navegante, Yachting Argentino e Yachting Mundial, entre otras. Publicó libros, entre los que se destacan El Nauticomio, Antarktikós y Cronicón de un marinero. Todos, bajo un manto del humor propio de su persona. Una de las reseñas de su libro pinta su estilo: "Escribo para que los legos entiendan la navegación y para que los navegantes no entiendan por qué siguen navegando. Los neófitos encontrarán novedades; los experimentados, recuerdos, vivencias. Y ambos encontrarán temas recurrentes como el de la ola y el de la escora".

"Mi abuela, María Teresa, era muy creativa, y creo que todos heredamos eso. Se ve en todos los cuadros, en sus libros. Mi papá tenía muy buen sentido del humor, era un caricaturista excelente. El tipo era muy, muy culto, informado, entonces tenía un humor muy al estilo de Les Luthiers, sarcástico pero de alto nivel", describe Hernán, que también se dedicó al arte y es escultor.

"Hormiga Negra" fue el apodo que le puso su tío, Carlos Ezcurra, a sus cinco años, por ser chiquito, movedizo y morocho. Fue él quien lo introdujo a la náutica y aquél con quien realizó sus primeros viajes. Hormiga Negra vivió la vida que soñó. No le quedó nada pendiente; su vida fue una aventura. Desde las vacaciones en familia, en carpa en períodos de más de un mes, hasta la creación de su estudio de arquitectura junto a su socio. En sus pinturas logró explayar esa creatividad interna y en los planos profesionales aplicó el arte estudiado.

La arquitectura fue la profesión que le dio la libertad que necesitaba. En el estudio de arquitectura Álvarez Forn y su socio realizaban un trabajo excelente, sin descuidar sus pasiones. Tenían todo organizado y las vacaciones diagramadas como para desarrollar sus actividades. Su socio, para viajar a jugar al golf, y él, para sus regatas. El trabajo justo, que les permitía disfrutar. "Fue siempre totalmente fiel a lo que le gustaba. Yo lo aplaudo. Tenía independencia para pensar, y la libertad era su lema", añade Hernán, el tercero de cuatro hermanos.

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Su padres navegó 20.000 millas a bordo de la Fragata ARA Libertad y en casi todos los buques de la Armada. Incluso en el submarino ARA San Juan. Fue piloto de yate de la Prefectura Naval Argentina, lo que lo llevó a protagonizar importantes regatas locales y de crucero en el Río de la Plata, el océano Atlántico (Sur y Norte) y el Pacífico, y a realizar viajes por el Cabo de Hornos, Ushuaia, Isla de los Estados, el Estrecho de Magallanes y la costa de Brasil, como también el primer crucero a la Antártida por parte de un velero deportivo de bandera argentina. Además, tripuló buques de la Armada como el portaaviones 25 de Mayo, corbetas, destructores, lanchas rápidas, el rompehielos Irízar y la corbeta Uruguay, en un viaje histórico a remolque a Mar del Plata.

Navegar fue para Álvarez Forn una forma de vida, y eso, seguro, tuvo algún costo. Pero, también, hubo algo en su interior que no le permitió dejar todo y dedicarse ciento por ciento a la náutica. Él quería formar una familia junto a su mujer, Verónica Suárez Videla, su fiel aliada y su gran sostén. Así llegaron a su vida sus cuatro hijos: Santiago, Sandra, Hernán y Verónica. Todos, separados por períodos de dos años, y todos, de julio. Premeditado o no, alguna razón tuvo que haber.

Si algo ha de sobresalir en la historia de Álvarez Forn fue su viaje de 1984 a la Antártida, que lo convirtió en el primer argentino en hacer base allí con un barco propio. Lo encaró a bordo de su velero Pequod (en homenaje a un escrito del que era fanático, Herman Melville, el autor de Moby Dick, que era su libro de cabecera), que él mismo armó en tres años. "Construí un barco suficientemente valiente para navegar sobre el mar. Lo hice de acero, de un plano holandés; chiquito pero muy fuerte. Para este viaje armé tres tripulaciones: una, para viajar hasta Ushuaia; otra, para entrar dala Antártida y salir, y otra, para volver, por un tema de tiempo. Tardamos tres meses", contó en una entrevista con Latitud Sur en 2007.

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"Mi hermana Verónica lo acompañó en esa aventura. Fue una gran experiencia, dicen. Uno de sus viajes más recordados. El barco era espectacular, robusto, fuerte. Él tenía la teoría de que el barco debía boyar en vez de afrentar la ola, y así fue como lo armó. Tenía una atracción muy particular por el Sur. Sentía devoción por los héroes de 1800 que hicieron descubrimientos por esos rumbos. Su primer proyecto fue ir a las Malvinas, pero la guerra lo frenó. Entonces cambió y se propuso hacer el cruce del Cabo de Hornos, y para eso construyó este barco de diseño holandés. Luego llegó este proyecto y lo hizo", rememora Hernán, de 61 años.

Hombre lúcido, estudioso, a quien todos alrededor admiraron, nunca le tuvo miedo al mar; sí, respeto y gusto. Pasó sus peores momentos en los puertos, con las formalidades. "Navegar es una manera de vivir. En los puertos con los burócratas, con las autoridades pidiendo el documento imposible, los papeles para no dejar entrar... Ésos han sido los momentos de mayor terror como navegante. Con el mar, y con el río, que fue una gran escuela, siempre me entendí. ¿El mar? No hay que pelear contra él; hay que encontrarle la vuelta para hacerse amigo, aun en las peores circunstancias. Siempre el mar, si uno lo comprende, perdona", explicó Hormiga Negra en aquella entrevista.

Nadie dirá que Álvarez Forn no disfrutó de su vida. Mucho menos, que no vivió para contarla, ni que no dejó maravillosas historias. En su inmensa biblioteca perdurarán sus manuscritos, dibujos y fotografías. En la memoria de sus hijos, su presencia, su esencia, su espíritu libre. Él los educó de una manera estricta, con un objetivo noble. En aquella época les hacía escuchar música clásica, bossa nova, jazz, y no les permitió tener un televisor hasta la mayoría de edad. Hoy, a la distancia, ellos le agradecen la puerta que les abrió, de infinitos horizontes donde pudieran proyectar y soñar.