La hazaña que no fue: el mejor partido de River de la era Gallardo... que puede ser el final de su ciclo

Ariel Ruya
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El llanto desconsolado de Nacho Fernández, uno de los intérpretes que mejor comprendieron una época, resulta todo un símbolo. La complicidad con el abrazo de Marcelo Gallardo, el creador de la era sobresaliente en el campo internacional de River, oficia como una mirada brutal, suerte de fin de ciclo y de uno, y tal vez, de otro. Un interesante volante que se convirtió en una referencia doméstica -lo elogiaba Diego Maradona, lo admirada Román Riquelme- con el ojo clínico del conductor. Tal vez, sea el final. O el principio de otro tiempo.

Gallardo, entre el orgullo y el dolor tras la eliminación de River

Las lágrimas, además, representan otro asunto, aún más profundo, que es complejo aceptar cuando el equipo queda tendido, eliminado, fuera de competencia, sin espacio en la final del Maracaná: River tuvo la mejor actuación colectiva de todo el ciclo. Por el contexto, por el escenario, por la adversidad, por el rival, que no había perdido en toda la competencia. Parece una exageración, ahora, en el tiempo del desconsuelo. Con el corazón hirviendo, no puede ser cierto. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, aún en la angustia del adiós -que puede ser un adiós con letras de molde-, con la cabeza fría, fue la mejor demostración de juego, guapeza, táctica y, también, de caballerosidad deportiva.

River es más River hoy que en la medianoche de San Pablo. El triunfo por 2 a 0 -que pudo ser mayor, si se recuerda el gol anulado, el penal convalidado y rechazado, el tiro en el palo- fue una muestra extraordinaria de que el fútbol es, por fortuna, una moneda al aire. River era un equipo angustiado, derrotado, desde el empate final de Villa en el clásico de la Bombonera, desde el insostenible 3 a 0 de Palmeiras en Avellaneda, desde la caída de brazos cruzados contra Independiente en el ámbito doméstico.

La reflexión de Gallardo

River estaba de capa caída. La hazaña, el milagro, solo eran sostenidos por la capacidad intelectual de un entrenador que le lleva una ventaja enorme a sus colegas, a sus adversarios. El afecto exagerado -lo tomó del cuello y no lo soltaba- del conductor de Palmeiras lo certifica: por juego, autoridad y ambición, debió romper los libros de historia, esos que aseguraban que ningún equipo en la historia de las competencias de la Conmebol habían levantado un 0-3 fuera de casa. El equipo millonario jugó a lo grande (casi, casi) como nunca antes. El resultado moral -toda una osadía- debió ser un lógico 4-0.

Pero no lo consiguió. No lo hizo.

Ni el VAR, ni el árbitro, ni sus contratiempos ofensivos. Estuvo a punto de conseguirlo, de tal modo, que Palmeiras -un equipo de novela reducido a cenizas- festejó la clasificación derrumbado, de rodillas. Desconsolado. El cabezazo de Robert Rojas pareció un viejo salto de Daniel Passarella. Gonzalo Montiel era un Cafú moderno, incluido el gol anulado y las manos en la pelota seguro, antes del penal que no fue. Nunca tuvo miedo. Las medias bajas de Enzo Pérez -el mejor partido en mucho tiempo-, que puede haber tenido su última vez. Hasta Pinola y Paulo Díaz, tantas veces a destiempo, tuvieron una tarea copera de las que quedan grabadas.

Por qué el VAR anuló el gol de Montiel, la gran polémica de la noche

Sin embargo, River quedó a un costado de la ruta. Y el resultado tapa -no debería hacerlo-, una noche que fue de las mejores de un ciclo que marcó una época en el Monumental. En el fútbol argentino, en realidad. El 9 de diciembre de 2018, en Madrid, lógicamente está en un cuadro. La otra Libertadores, conseguida en un elocuente 3-0 sobre Tigres, también. Hay otras páginas imbatibles: el 3-0 en Belo Horizonte sobre Cruzeiro (luego de perder en su casa por 1-0), la épica de la lluvia en la noche de Porto Alegre, con el penal de Pity Martínez... Un 8-0 sobre Wilstermann luego de perder 3-0 en el primer encuentro, la definición de la anterior Recopa Sudamericana Todos esos finales fueron felices. Este no. Y sin embargo, está en ese pedestal.

River perdió contra Boca por 1 a 0 en la Bombonera y alcanzó la final de la Copa Libertadores 2019. No jugó nada bien, más allá de las protestas por algunos fallos arbitrales. Festejó a lo grande esa noche en la Ribera, casi hasta el anochecer. Lógico, por el resultado global y porque otra vez había apartado del sendero al rival de toda su vida. Sin embargo, no tuvo ni una pizca de lo que acaba de dejar en San Pablo, con uno menos durante los últimos 30 minutos, por la expulsión de Robert Rojas. Palmeiras, siempre de atrás, siguió en estado de shock. Hidalguía, fútbol, coraje. Lo tuvo todo. Le faltó un gol y quedó eliminado, lo que confirma la certeza de que el fútbol es un deporte apasionante. Y lo seguirá siendo, con la tecnología y sus bemoles. Con errores que se pagan carísimo y con la certeza de que las hazañas están para ser tomadas. Con Gallardo en River. O en cualquier otra parte.