Garbiñe Muguruza y lo injustos que somos al valorar a alguien que comparte época con Rafael Nadal

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Garbiñe Muguruza, tras ser derrotada en la final del Open de Australia (Photo by TPN/Getty Images)
Garbiñe Muguruza, tras ser derrotada en la final del Open de Australia (Photo by TPN/Getty Images)

Se acabó el Open de Australia y el sabor español que deja es agridulce. Nos quedamos sin ver a Nadal disputando una nueva final y hemos sufrido con Garbiñe Muguruza en su caída en la suya. La tenista ha mostrado su mejor y su peor cara en un mismo torneo en el que sus propios errores la han condenado.

Pero dos cosas quedan claras: la primera, que Conchita ha logrado comenzar a cambiar el tenis y la mentalidad de la tenista; la segunda, que todo se complica cuando convives con Nadal en la misma época.

Garbiñe tiene 26 años y ya ha ganado dos Grand Slam: Roland Garros y Wimbledon. También ha conseguido ser número uno de la WTA, pero siempre se ha sido excesivamente crítico con ella. Cierto es que su carácter nunca la ha convertido en un personaje cercano a las masas ni la ha hecho excesivamente querida, pero lo innegable es que cada vez que pisa una pista, como en el caso de este Open de Australia, no se deposita mucha confianza en ella. Los fantasmas de Garbiñe son negros. Piénsenlo: cuando Rafa Nadal sale a jugar, por muy fea que se ponga la cosa, todos creen y confían; cuando lo hace Muguruza no.

En esta ocasión, Garbiñe se ha encargado de demostrar que tras su gesto serio e impenetrable hay una convicción y una seguridad que se elevan al máximo exponente al lado de Conchita Martínez, con la que consiguió el título en la hierba de Londres en 2017. La propia Conchita ha reconocido estos días en Melbourne que con Garbiñe “hay que controlar los sentimientos” y que “no hay más secreto que el trabajo para cambiar la dinámica de una deportista de este nivel”. El trabajo y el respeto hacia un entrenador o entrenadora que en su día también ganó un grande, porque esto es lo que ocurre siempre: el respeto infunde respeto. Zidane es respetado en el vestuario del Madrid por ser quien es; Conchita es respetada por Garbiñe por ser quien es. Y por ahí ha comenzado el camino de retorno al máximo nivel de Muguruza.

Muguruza (Getty Images)
Muguruza (Getty Images)

Nunca hemos sido justos con Garbiñe. Siempre se pone el foco en lo malo con ella. Esa es la sensación generalizada de una mujer que ha conseguido seguir la estela de las dos tenistas más grandes de nuestro país: la que ahora es su entrenadora y Arantxa Sánchez Vicario. Y esa es la sensación que deja el compartir época con el más grande de nuestro tiempo: Don Rafael Nadal Parera, que diría Angelito García.

El hecho de que haya perdido la final presa de sus propios errores, (también de los aciertos de su rival, Sofía Kenin, que con un 0-40 en contra se sacó de la manga cinco golpes ganadores consecutivos para cambiar el signo de la final) nos deja a las claras que aún queda camino por recorrer con una tenista que, si se centra y consigue ser más constante, tiene un potencial asombroso para abrirse paso en el ‘olimpo’ del tenis.

Pero, también, además de exigirle al talento, debemos aprender también a destacar también lo bueno, porque si no, no veremos lo que tenemos delante: si Garbiñe llega a ganar la final, se habría proclamado la primera tenista española en ganar tres Gran Slam diferentes. La primera. Con todo lo que nos regaló el tenis femenino en los años 90. Y no creo que lo estemos valorando. No es fácil luchar contra viento y marea y menos hacerlo cuando todos, absolutamente todos los focos apuntan a Rafa Nadal. Comparte época con el mejor, se está convirtiendo en la mejor delante de nuestras narices y no nos damos cuenta (Arantxa Sánchez Vicario se retiró con cuatro grandes: tres Roland Garros y un US Open y Conchita conquistó Wimbledon). Valoremos a Garbiñe Muguruza.

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