Gallardo no se tapa la boca para hablar

El Millonario necesitaba un buen resultado para poder para encarar la recta final del torneo con lo mejor que tiene.

Marcelo Gallardo nunca se tapa la boca cuando va a dar una indicación. No le importa que la televisión le robe un mensaje del movimiento de sus labios. No tiene nada que ocultar: todo lo que dice, hasta el día en que bajó línea desde el metamensaje de su estado de WhattsApp, lo piensa en el laberinto de su cabeza. A lo que no puede calcular le da un segundo más y es por eso que en las conferencias de prensa siempre habla sin mirar a los ojos, fastidiando a los productores radiales que se quejan de su ritmo cansino. En su primera semana como entrenador de River, de hecho, le preguntó a un amigo periodista si no se veía muy parecido al Loco Bielsa. Si algo tenía en claro era que dirigir a un equipo tan grande necesitaba de mirar el prisma desde cientos de variantes.

Gallardo, entonces, piensa, sin traje, pero con un pilotín que lo cubre de la lluvia que aplasta Medellín. Tiene los nudillos sobre su mentón, en lo que se volvió un gesto típico suyo de andar pensando. La está viendo delante de sus ojos, aunque no está nervioso. River sale a jugar con intensidad, pero lo están superando e Independiente Medellín es duro de arriba y puede perder el control. La cancha está demasiado mojada y ahí está su pensamiento. Una tarde, en La Bombonera, Racing perdía 1-0 contra Boca y Sebastián Saja sintió lo que el Muñeco, suspendió el partido y una semana después lo dio vuelta. Entonces, lo hace: levanta las manos al árbitro y le aclara, con argumentos, sin taparse la boca, que la pelota no está rodando. "No se podía jugar desde el comienzo", aclara, después. Grita que hay que parar.

Y paran.

Mientras un dirigente y Enzo Francescoli se ocupan de hablar con el árbitro, que demora 40 minutos en volver, habla con su equipo. Reelabora el planteo. Del equipo corto que era pasa a un tren largo. Junta a Leonardo Ponzio y a Ariel Rojas con los cuatro defensores. Suelta al Pity Martínez, como wing izquierdo. Le indica a Ignacio Fernández que enlace las líneas. Sebastián Driussi marcha eléctrico. Y a Lucas Alario, que viene de una lesión, que tuvo menos de un tiempo de juego contra Unión, le palpita lo mismo: ese centrodelantero tiene tantas leyendas como el técnico a esta altura.

Luis Zubeldía, del otro lado, se expone más nervioso. Alario, en el segundo gol de River, el de Sebastián Driussi, recibe un proyectil. El técnico de Independiente Medellín se queja de la queja. El nueve le acerca el objeto contudente. Qué le va a decir. Queda expuesto. Mientras, del otro lado, Gallardo festeja porque el timming, esa palabra en inglés que el castellano simplificaría con ser vivo o pillo, le salió perfecto.

Para más lecturas y más partidos queda, incluso, saber si, una vez más, el Muñeco logró reiventar el juego de su equipo. Esta noche es particular: el césped requiere de intervención quirúrjica. Su lectura cortita, la del día de partido, cada jornada se parece más a Carlos Bianchi. Es como su tuviera esa técnica de volver lo complejo algo muy simple. No hay tantos misterios, aunque busquen celulares en dios. Es olfato. Es sentir las copas internacionales. Es hablar en voz alta, para que se escuche, sin taparse para la televisión.