Gallardo lo hizo: cómo pasó River de ser una moneda al aire a convertir casi tres goles por partido en apenas un mes

Ariel Ruya
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Un mes atrás, River era una moneda al aire. Agresivo, punzante, protagonista, pero sin los reflejos del noqueador. Se imponía por puntos en los combates en el escenario virtual -en el resultado, no siempre ganaba-, pero le faltaba ese golpe de KO. Uno, dos, tres: a la lona. River era un boxeador elegante, sin la mano caliente, la decisiva. Marcelo Gallardo, un entrenador que hace de la reinvención una escuela, decía: "No me inquieta la falta de gol de los delanteros, me inquieta que no podamos terminar lo que producimos". Eran días de confusión ideológica -los cambios de esquema eran una tónica recurrente-, cuando superó a un Paranaense diezmado por el virus, por los octavos de final de la Copa Libertadores. Volaba, como siempre, pero se desinflaba.

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"Quizá el vuelo futbolístico no es el mejor, pero somos bastante claros. Nos falta eficacia y contundencia para coronar todo lo bueno que hace el equipo. Voy evaluando situaciones, rivales, rendimientos. Visualizo como se puede presentar el partido. A veces sale como yo quiero, otras no. En base a eso tomo decisiones, somos un equipo que se puede adaptar. Hemos jugado en todo este proceso de diferentes maneras. Está el convencimiento de la idea de ver el arco rival como prioridad y encontrar los caminos al gol. Nos está faltando un poco de efectividad", era su reflexión. Diciembre empezó con un 1-0 de escritorio contra el débil y combativo conjunto brasileño, un tanto de Nicolás de la Cruz, en el rebote de un penal. A partir de allí, River recuperó lo que le faltaba: el olfato.

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Ahora, River mete las manos en los bolsillos y se le caen goles. Goles de todos los colores, desde aquellos del Sicario Rojas y Paulo Díaz de laboratorio cuando los delanteros se divertían en los metros finales y se mareaban frente al arco rival, a joyas como las de Matías Suárez, en el triunfo por 3 a 1 sobre Huracán por la Copa Diego Maradona. O como los de De la Cruz, desde afuera del área.

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O las incursiones sorpresivas -a esta altura, una suerte de método-, de Zuculini como clásico número 9, autor de tres conquistas en el último mes del año.De penal -Montiel acabó con el martirio-, de jugada y sorpresa, de laboratorio, en el torneo local y en la Libertadores y con Palmeiras en el horizonte de las semifinales de la Libertadores. Con suplentes -en el campeonato doméstico-, de visitante, ya sea en la cancha de Independiente o donde sea., River, ahora sí, destroza las redes.

En diciembre jugó 6 partidos y anotó 16 goles. Nueve fueron convertidos por volantes y defensores. El promedio es de 2,66 (casi tres por encuentro), pero los números son más asombrosos con la prepotencia de las estadísticas recientes. En el Palacio, dispuso de 17 remates y de 132 ataques (según la computadora, cada vez que pasó la mitad de la cancha con la pelota dominada, con un pase hacia adelante). En el 6-2 contra Nacional, en Montevideo, dispuso de 26 disparos y de 92 "ataques". La voracidad, ahora, la convirtió en realidad.

La goleada en Montevideo

Rafael Santos Borré, con 44, es el máximo goleador de la era Gallardo. Le convirtió tres a Nacional y, antes y después, anduvo peleado con el arco, aunque siempre es la imagen del "primer defensor", todo un síntoma de una formación agresiva desde que el ocasional rival levanta la cabeza. River no lo deja, lo asfixia, lo acorrala. No lo deja pensar. Pero antes, apenas un mes atrás, la obra acababa en el área rival, se apagaba.

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Gallardo tomó nota. Sus decisiones, a veces, ganan partidos. Y títulos. Carrascal no solo es la gambeta que exige presencia estelar: también patea al arco. De la Cruz lo hace desde afuera: algo más que un recurso. Zuculini es la mayor novedad, al menos, de los últimos tres meses. Quita, marca, se proyecta y convierte, de arriba y de abajo. Un asombro: River no extraña a Enzo Pérez, afectado por el virus. Hasta Angileri reemplaza a Casco como una suerte de wing izquierdo.

"Coincido en que después de un largo parate hemos tenido una buena dinámica como equipo, en los primeros partidos hubo una buena presencia futbolística y física, y en estos dos últimos partidos estamos un poco imprecisos. Irreconocibles en cuanto a las virtudes que tiene el equipo y a lo que muestra habitualmente. No sé cuál es una respuesta precisa pero sí, no hemos sido lo que habitualmente solíamos ser". Esta frase de Gallardo es de apenas 45 días atrás, cuando el equipo era un despiste, no solo en el área adversaria. La confianza lo es todo.

Dice Suárez: "Obviamente para un delantero es importante hacer goles, pero también disfruto dar una asistencia. Lo más importante es que el equipo gane y dar lo mejor, y cuando hacés las cosas bien, el gol llega". Agrega De la Cruz: "En los últimos partidos hemos recuperado la identidad y el funcionamiento que caracterizó al equipo durante esta gestión. Vamos a mantener esa línea. Es un fin de año atípico, pero vamos a seguir para lo que se viene. El desgaste físico se siente, pero estamos bien para soportar cualquier situación".

River es el equipo argentino más ganador desde que retornaron las competencias oficiales, incluidas las copas continentales, luego de la cuarentena de casi medio año derivada de la pandemia de coronavirus, con una efectividad del 75 por ciento de los puntos obtenidos. Apenas resignó 9 unidades, producto de tres empates y una derrota, un 3-1 con Banfield.

Las reformas del césped del Monumental, además, le provocaron otro desafío a River: subsistir lejos de casa. En el estadio Libertadores de América, en donde se disfraza como local, se hizo poderoso: perdió sólo una vez. Pero lo asombroso sucede más allá: lejos de Avellaneda, en nuestro país y en el exterior, desde que regresó el fútbol, disputó 8 encuentros como visitante. Y anotó 23 goles. El promedio confirma la tendencia: 2,87 por encuentro. En la Libertadores, cada grito vale doble. Y no sólo por la ventaja deportiva: River volvió a ser un equipo que mete miedo.