Los españoles que celebran el descalabro de Fernando Alonso

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Fernando Alonso, con mirada seria y pensativa y unos auriculares puestos.
El piloto Fernando Alonso. Foto: Peter Fox/Getty Images.

Desde hace ya muchos años, prácticamente durante todo lo que llevamos de siglo XXI, el patriotismo español en materia deportiva se ha articulado en torno a tres ejes. Rafa Nadal, Fernando Alonso y Pau Gasol han sido la santa trinidad rojigualda y el orgullo por sus hazañas ha trascendido la afición por sus respectivos deportes, que aunque tampoco sería justo calificarlos de minoritarios, no gozan de la popularidad que acapara el fútbol. Sus figuras están incluso por encima de las de Iniesta, Casillas o los integrantes de aquella selección campeona en Sudáfrica 2010, porque además, salvo en el caso del baloncestista, cuentan con la ventaja de no estar asociados a la polarización que implica alguno de los grandes equipos del balompié ibérico.

Pero España, ese país históricamente tan religioso pero que a la hora de increpar y blasfemar no deja títere con cabeza en el santoral, tampoco iba a respetar a sus vacas más sagradas en un ámbito tan propenso a la pasión desmedida como el deporte. Al culé Gasol ya se le zurra en los últimos años por el nivel que está mostrando, mucho más bajo de lo habitual como consecuencia lógica tanto de su edad como de las lesiones que viene padeciendo. Nadal, con todo lo que es, lo que logra y lo que representa, no se libra de los palos.

Es el turno ahora del que faltaba: Fernando Alonso. Que en realidad ya ha sufrido ataques y menosprecios de (un sector del) público durante toda su carrera. Sin embargo, ahora se han intensificado aprovechando, de nuevo, su mal momento. El pésimo rendimiento que mostró en la última carrera, el Gran Premio de España disputado ayer mismo en el circuito barcelonés de Montmeló y en el que acabó en un discretísimo 17º puesto, ha servido como detonante para todo tipo de críticas y burlas.

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Hay que reconocer que Alonso, desde el principio, lo ha tenido un tanto más difícil que otras grandes estrellas del deporte español por la disciplina a la que se dedica. Si bien es cierto que hubo otros pilotos de nuestro país que llegaron a la Fórmula 1 antes que él, ninguno alcanzó mayor relevancia ni trascendencia de cara al público masivo. En este sentido él es el pionero en una actividad que, antes de su irrupción, tenía un seguimiento muy limitado dentro de nuestras fronteras. Hay aficionados "de toda la vida" que ya estaban ahí cuando el asturiano surgió, cierto, pero la inmensa mayoría llegó por él y (más o menos) ha permanecido gracias a él. Apenas había tradición previa.

Esto se traduce en que buena parte del público no comprende bien este deporte. Tanto en cuanto al reglamento como en la propia idiosincrasia de las carreras, hay mil factores técnicos que pueden explicar que un piloto sea extraordinariamente talentoso, quizás el mejor de la parrilla, y sin embargo no gane. Pero la audiencia mayoritaria entiende esta competición como otra cualquiera; la concepción es que si Fernando, que nos lo venden como alguien tan bueno, resulta que no sube a lo más alto del podio y queda en puestos bajos de la clasificación, es porque ha fracasado y la culpa es suya.

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En su caso, además, quizás de forma injusta, la explicación habitual a su mal rendimiento suena un poco a excusa. El mensaje que se suele transmitir es que Alonso no logra victorias (la última fue allá por 2013) porque su coche es más limitado que el de sus rivales. Y vale, cualquiera que haya conducido dos vehículos distintos en algún momento de su vida nota inmediatamente diferencias de rendimiento entre ambos. Pero Fernando, ganador de dos Mundiales con Renault hace ya década y media, ha pasado por McLaren y Ferrari, dos nombres que a todo el mundo le resultan familiares incluso aunque no sean aficionados a las carreras. ¿Que ha dado la casualidad de que justo en los años que el asturiano pasó allí estas dos superpotencias tenían sus monoplazas más mediocres de los últimos tiempos? Probablemente sea cierto, pero al aficionado común le cuesta creerlo.  

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Y cuando no es por el coche, es por la estrategia del equipo, que falla en contra de sus intereses. Es lo que se está alegando para justificar la debacle de ayer, que, según se alega, se debió a la mala planificación de Alpine, su escudería actual (que, por si alguien está despistado, es el nombre bajo el que participa Renault a partir de este año), a la hora de gestionar las paradas en boxes. Curiosamente, su compañero de equipo Esteban Ocon terminó ocho puestos por encima de él; ya ni siquiera se puede amparar en que es mejor que el otro piloto que lleva un coche igual, como hacía cuando estaba en Ferrari con Felipe Massa o Räikkönen, o en menor medida en McLaren con Button y Vandoorne. Sea como sea, parece que la culpa nunca es suya, siempre son las circunstancias. Y eso a muchos les mosquea.

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Tampoco ayuda su carácter. En contraste con otras personalidades ilustres de nuestro deporte, sin ir más lejos los propios Nadal y Gasol, que aun en sus máximos niveles de grandeza siempre han hecho alarde de modestia, deportividad y respeto por compañeros y rivales, la imagen que ha transmitido Alonso ha sido de cierta prepotencia y chulería: de ir "sobrado". No hace mucho se permitió el lujo de decir abiertamente que es "mejor" que el resto de pilotos. 

Hay quien celebra ese tipo de declaraciones y se alegra de que exprese las cosas tal como las piensa, claramente y sin falsa modestia. Para otros, sin embargo, suena tremendamente arrogante, y más cuando, por unos motivos u otros, los resultados no se corresponden con el buen concepto que tiene de sí mismo. Que este segundo grupo es bastante numeroso, no sabemos si mayor o menor que el primero pero sí suficientemente significativo como para hacer ruido, lo demuestra la repercusión que tuvo este mensaje en Twitter cuando dejó la F1 allá por 2018.

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A todo esto cabe añadir un ingrediente más. Ya hemos visto que España es un país sin gran historia ni costumbre en cuanto a afición a la Fórmula 1. Todo empezó con Fernando y ha continuado con él. Y para eso hizo falta una campaña promocional intensísima que creara un referente y un colectivo de seguidores donde no había casi nadie.

Telecinco, el canal de televisión que tenía los derechos de emisión de las carreras allá a mediados de la década de 2000, lo logró... a costa de un bombardeo que acabó volviéndose cansino. Y que tomó tintes de hooliganismo irracional en 2007, cuando fichó por McLaren y tuvo por compañero de equipo a la figura emergente de Lewis Hamilton, es decir, a alguien que por primera vez amenazaba con hacerle sombra. La campaña de ataques contra el inglés consiguió, efectivamente, que muchos aficionados le odiaran... pero también hizo que bastantes otros sufrieran el efecto contrario y a quien le cogieran tirria fuera al propio Alonso.

Por suerte, en el caso del piloto, los factores que explican la hostilidad que recibe cuando las cosas no le van tan bien tienden a quedarse ahí. Pese a ser madridista confeso, ha tenido la suerte de librarse del futbolerismo que, mal que bien, acaba saplicando a casi todo en España. Y también ha tenido el buen tino de, salvo contadísimas excepciones, no implicarse en política, otro factor que hace saltar chispas y, por un lado u otro, destruye reputaciones. Menos mal, porque ya tiene bastante con lo suyo.

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