Fernando Alonso y el fatalismo: de la tuerca al sandwich

Guillermo Ortiz
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Alpine's Spanish driver Fernando Alonso arrives for the second day of the Formula One (F1) pre-season testing at the Bahrain International Circuit in the city of Sakhir on March 13, 2021. (Photo by Mazen MAHDI / AFP) (Photo by MAZEN MAHDI/AFP via Getty Images)
Photo by MAZEN MAHDI/AFP via Getty Images

El último recuerdo que teníamos de Fernando Alonso en la Fórmula Uno era la de un señor de 37 años que se sentaba al sol esperando a que retiraran su coche después de la enésima avería. Eso no ha evitado que la expectación fuera inmensa este fin de semana de "vuelta al cole" en Bahrein. Una expectación que él mismo alimentó cuando le preguntaron por sus casi 40 años: "Bueno, el que domina desde hace años tiene 36, así que...". Subido a un Alpine (antiguo Renault), Alonso hizo una clasificación maravillosa y salió como un tiro en carrera, lo que invitaba a un optimismo al que en el fondo ninguno nos habíamos atrevido. A la vuelta 34, el asturiano ya se había retirado con problemas en los frenos: el envoltorio de un sandwich se había colado en el repostaje y había inutilizado su uso.

El envoltorio de un sandwich. Hace quince años, cuando Alonso ganó su último mundial de pilotos mientras España entera se reía de "El Tuercas", ese mecánico de Renault que supuestamente lo hacía todo mal, nos habríamos enfadado como monos. Ahora, nos resulta hasta divertido. Hay un punto en el fatalismo de Alonso que se diferencia del de Carlos Sainz al menos en su percepción pública. Del supuesto fatalismo de Sainz -dos veces campeón del mundo de rallys, tres veces del Dakar- huimos como se huye de un gafe, no vaya a tocarnos a nosotros encender la tostadora al día siguiente y solo encontremos chispas y humo. El fatalismo de Alonso nos motiva hasta cierto punto, nos invita a soñar con su fin: algún día las tuercas estarán todas en su sitio, algún día los envoltorios de los sandwiches se quedarán en el suelo y ese día Fernando...

Los quince años de espera de un tercer mundial que no llegará jamás nos han hecho querer a Fernando Alonso como lo que es: una especie de genio incomprendido. Uno ve sus carreras como veía los partidos de Sergio Rodríguez en la NBA. No espera nada y lo espera todo y cualquier cosa le vale. Sabemos o intuimos que algo pasará en algún momento de la carrera y que probablemente no tendrá nada que ver con él... y aun así, ahí estaremos, pegados a la televisión, escuchando los gritos de Antonio Lobato y uniéndonos a ellos. Qué otra cosa hacer un domingo sin liga. Después de aquel Mundial 2010 que se escapó de entre los dedos cortesía del desastre táctico de Ferrari y la tenacidad de Vitaly Petrov, los aficionados nos hemos acostumbrado a no mirar el marcador, a relajarnos ante el espectáculo y punto.

Ese fatalismo de Alonso se ha alimentado también gracias a sus curiosas elecciones de escudería. A lo largo de su carrera nunca ha corrido con un coche dominador. No estoy diciendo que el Renault F25 no fuera una maravilla, que lo era, pero no dominaba. No era el Ferrari 2000-2004, no era el Ross Brawn 2009, no era el Red Bull 2010-2013 y desde luego no era el Mercedes de Hamilton y Rosberg. El único año en el que Alonso tuvo un coche claramente superior al de todos sus rivales menos su compañero de escudería fue 2007, la temporada maldita en McLaren que tan mal acabó en todos los sentidos, hasta el punto de que el mundial se lo acabó llevando un Ferrari que pasaba por ahí. Desde entonces, parece que a Alonso le ha gustado lo del perfil bajo, lo del antihéroe romántico. Nada que perder y todo que ganar.

Eso es complicado de vender a una afición tan resultadista como la española pero curiosamente ha funcionado. Siempre se dice que el talento en el deporte está bajo continua sospecha... y es cierto. Sin embargo, el talento de Alonso le ha servido para ganarse un reconocimiento como pocos se recuerdan en la historia. Da igual lo que haga, da igual lo que pase, la afición conecta la televisión y se abre una cerveza y a disfrutar. Se le echaba de menos. Hasta cierto punto, nos sabe mejor ver los cero puntos y echarle la culpa a un sandwich que obligarnos a nosotros mismos a alegrarnos por los tres puntos de un octavo puesto. El hecho de que el otro Alpine, conducido por Esteban Ocon, quedara por detrás incluso de los Alfa Romeo, no invita precisamente al entusiasmo.

Queda, eso sí, la rivalidad deportiva con los enemigos de toda la vida. Es bonito reencontrarse con la Formula Uno y que ahí sigan Hamilton y Raikkonen, precisamente los otros dos vértices del triángulo fatal de 2007. A falta de victorias, la afición se volcó en la polémica decisión de penalizar a Max Verstappen por hacer prácticamente lo mismo que venía haciendo Lewis Hamilton durante toda la carrera: salirse del carril para sacar ventaja. Hamilton. El nombre del villano sigue siendo el mismo y eso da una reconfortante sensación de continuidad, como si aún fuéramos esos post-adolescentes que nos indignábamos con las órdenes de equipo de McLaren. Puede que ahí sí tengamos un motivo para fijarnos en el resultado porque da la sensación de que Verstappen este año sí va a poner en apuros el dominio Mercedes, que va para ocho títulos consecutivos, algo inaudito en la historia de la Fórmula Uno.

Ahora bien, esto mismo decimos siempre tras la primera carrera, y tras la segunda. A partir de la tercera y la cuarta empieza algo parecido a la resignación y de la quinta en adelante nadie se acuerda de si ese fin de semana había carrera o no. Puede que Fernando Alonso cambie esto. Seguro que lo hará en España. No con sus triunfos, insisto, sino con su presencia, con ese aire de imprevisibilidad tranquila, de "sí, todo el fin de semana se ha ido al garete por un papelillo pegado al freno... pero tampoco es tan grave". Alonso, tan vehemente en sus inicios, tan seguro de sí mismo en cada declaración, ha hecho bien su trabajo de relativización del destino. "Nada es crucial" parece decirnos tras cada revés, y ahí volvemos a verlo tranquilo, en su silla, tomando el sol mientras los demás se empeñan en demostrar algo con lo que él ya nos enamoró pronto hará dos décadas.

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