Federer, Osaka y las dos varas de medir de Roland Garros

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Switzerland's Roger Federer leaves the court after winning against Germany's Dominik Koepfer during their men's singles third round tennis match on Day 7 of The Roland Garros 2021 French Open tennis tournament in Paris on June 5, 2021. (Photo by MARTIN BUREAU / AFP) (Photo by MARTIN BUREAU/AFP via Getty Images)
Roger Federer abandona la pista y el torneo tras su partido ante Dominik Koepfer (Photo by MARTIN BUREAU/AFP via Getty Images)

Roger Federer tiene todo el derecho del mundo a decidir cuándo su cuerpo está en riesgo y cuándo debe parar. Su retirada antes del partido de octavos de final de Roland Garros ante Matteo Berrettini ha sido recibida con comprensión, empatía e incluso cariño. Suficiente hizo a sus casi 40 años y recién salido de una gravísima lesión con viajar hasta París, disputar tres competidos partidos y acabar el último de madrugada, completamente agotado, sudado y con el gesto descompuesto. Nadie pone en duda a Federer ni sus motivaciones. Ni siquiera ha tenido que explicar demasiado: si se quiere preparar para Wimbledon, no le queda otra que ahorrar esfuerzos. Se entiende perfectamente.

Ahora bien, en la dinámica de esta edición del torneo, esta comprensión es chocante. Que un jugador se retire lesionado es normal. Que un jugador se retire simplemente porque le interesa más otro torneo sería visto como un capricho en cualquier otro tenista. Y, desde luego, la organización pondría el grito en el cielo, sacaría una nota de prensa y exigiría las sanciones correspondientes. ¿Qué es esto de "me largo para poder preparar la gira de hierba"? Sin embargo, no lo hace y acierta. No tiene nada que ganar en la batalla de las relaciones públicas y en el fondo sabe que tiene que agradecer a Roger haberse aprovechado de su tirón publicitario durante una semana. Bien está así.

No fue tan comprensivo Roland Garros con Naomi Osaka, y eso que Federer ha ganado cuatro grand slams en los últimos once años y Osaka ha ganado los mismos cuatro en los últimos dos años y medio. Deportivamente, la figura de la japonesa es más trascendente para Roland Garros... y publicitariamente no se queda corta. Osaka es una estrella con mayúsculas en Asia y en Estados Unidos, representante de Nike y la atleta que más dinero ganó en el mundo en 2020 con 37,4 millones de dólares. Ninguna mujer había conseguido superar los 30 en toda la historia.

A Osaka no le afearon que se fuera sin más del torneo porque le venía mal. Le afearon que no diera una rueda de prensa, la multaron y cuando ya le amenazaron con expulsarla fue cuando ella misma decidió irse, escribiendo una carta de lo más educada. De Osaka se ha dicho que tiene problemas para soportar la presión pero eso no es del todo cierto: Osaka maneja la presión sobre la cancha de maravilla. Osaka saltó a la fama por manejar la presión como una veterana en el US Open 2018, aquella final contra Serena Williams en la que la estadounidense empezó a protestarlo todo y la grada se puso de su lado hasta el punto de abuchear a la japonesa en cada servicio.

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Aun así, ganó. No es de las que se achanta, ni mucho menos, pero no sabe ponerse delante de un grupo de gente y manejar sus expectativas fuera de lo que es su profesión. Se llama sociofobia y es una enfermedad mental bastante común. Tan común que nos cuesta relacionarla con el terreno médico y entendemos que es un capricho. Toni Nadal así lo entiende, al menos, y supongo que no es el único. A la retirada de Osaka por su incapacidad para asumir lo que estaba pasando le siguieron numerosas muestras de apoyo... pero muy pocas de dentro del mundo del tenis. Serena Williams fue precisamente de las pocas excepciones. Djokovic fue otra.

En el tenis ni siquiera se abrió un debate, se abrió un silencio. La organización de Roland Garros no fue todo sonrisas y empatía y eso que al menos Osaka se había disculpado públicamente con ellos. Ante la insinuación de que lo que tenía la japonesa era en realidad una depresión ni siquiera se molestó en sacar un comunicado apoyándola. Lo que le perdonan tranquilamente a Roger Federer -que se vaya porque sí, porque así lo ha decidido- parecen echárselo en cara a Osaka: nos has metido en un lío con tus excentricidades.

Es muy difícil llegar a ser una estrella en cualquier deporte y hasta cierto punto es normal que cuando uno llega a lo más alto, espere una cierta protección por parte de los que mandan. Es lo habitual, de hecho. La organización intuía que Federer iba a marcharse en cuanto pudiera... pero no puso una pega porque daba ruedas de prensa. Esa misma organización sabía que Osaka no estaba bien, que necesitaba ayuda, y prefirió señalarla públicamente y amenazarla. Ellos sabrán qué importancia real tenía cada jugador en el torneo de este año. Ellos sabrán quién les va a salvar las audiencias en los próximos cinco.

Desde el punto de vista del espectador, la situación es terrible porque nos quedamos sin los dos. Da la sensación, sin embargo, de que una cosa era negociable y la otra, no. A Federer no le vas a pedir que arriesgue Wimbledon. Ya le puedes multar todo lo que quieras, que no hay nada que hacer. Lo de Osaka sí ha parecido un poco gratuito. El mundo del tenis a veces es complicado, demasiado cerrado y con relaciones de poder extrañas. Es probable que la organización haya pecado de exceso de celo con la japonesa. Bastaba con apelar a una indisposición y sacar un comunicado con la valoración del partido por parte de la jugadora que pudiera salir inmediatamente en medios especializados y agencias informativas. Así, al menos, se habría ganado tiempo.

No pudo ser. A Osaka se le apretó y a Federer se le consintió. Una está enferma y el otro no, pero así son las cosas. Los aficionados perdemos, sí, pero la organización y el tenis pierden más: pierden imagen en un mundo en el que la imagen es todo. A ver qué hacen para recuperarla y pronto, que falta le hace a este tenis post-pandémico.

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