Denver Nuggets: lo que Facundo Campazzo dejó atrás por 17 segundos en la NBA

Juan Manuel Trenado
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La valoración casi unánime como el mejor base de Europa para ser suplente en Denver Nuggets. El comando del mejor conjunto del mundo fuera del ámbito norteamericano. La comodidad social de Madrid, ciudad en la que ya estaba aclimatado, junto con su pareja, Consuelo, y su hija, Sara. El cobijo de un entrenador, Pablo Laso, que lo respeta y sabe cómo hacer jugar a su equipo para que se sienta el centro de la acción. La oportunidad -casi la certeza- de seguir acumulando títulos en el básquet español con Real. Todo eso, entre otras cosas, abandonó Facundo Campazzo por 17 segundos en la NBA.

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Claro que ya jugó (y jugará) mucho más que eso. Sólo se trata de una figura para comprender por qué este es el nuevo lugar que eligió Campazzo. Para entender los motivos de una elección, primero hay que analizar al jugador. La perspectiva es fundamental.

Campazzo tiene la cabeza de un ganador. Esa palabra tan fácil de decir, pero difícil de probar. Que no necesariamente tiene que ver con los resultados, aunque la victoria sea el nutriente principal de la bestia competitiva. En este ambiente, el del básquet, todos saben que no hay selva más peligrosa, atractiva e hipnótica que la NBA. Y recorrerla, observarla y sentirse parte, es una sensación que sólo está reservada a los mejores. Aunque no se la llegue a dominar por completo, porque la cima de la pirámide en la cadena alimenticia tiene una elite muy reducida.

Igual, mirarlo todo desde afuera sería una pena. Más que eso. Sería un desperdicio, para un alma salvaje. Conformarse no es una opción para esa clase de personas. Puede ser irreverente juzgarlo sin estar en su piel. Sin saber qué es lo que ese espíritu necesita para saciarse.

Pero además sería el camino más sencillo. Esperar el final de la historia y concluir: se equivocó (o no). Animarse al recorrido sin pensar en el producto final es lo que requiere de coraje. Y allí está Campazzo, que acepta esa realidad.

La realidad de una NBA todopoderosa, que se permite llevar a uno de los bases más jerarquizados de la Euroliga (o al más), para pegarle un grito cuando faltan 24 segundos para terminar el primer cuarto. Enviarlo a la cancha y ordenarle que le cometa una falta a James Harden. Porque en el último partido, Jamal Murray, la estrella, se cargó de infracciones y no es bueno arriesgar. Y aunque los árbitros no pitaron la infracción, la misión se cumplió, porque el base de Houston perdió la pelota. La última posesión es para Denver. No del modo que se planeó, pero misión cumplida. Entonces, otra vez suena la bocina. En ataque no hay peligro de infracción. Vuelve Murray y Campazzo, obediente, se va al banco de suplentes apenas 17 segundos después.

Luego, con el partido definido (Denver venció a los Rockets 124-111), tuvo la oportunidad de entrar otros cinco minutos para lo que en los Estados Unidos se conoce como los "minutos basura". Cumplió, con seriedad, metió 4 puntos, pero sabía bien que ese era un tour por el zoológico, con animales mansos y sedados. Lo que sigue dando vuelta en su cabeza son aquellos 17 segundos.

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El fanático argentino, naturalmente, exige respeto. Como si el técnico que lo contrató (Mike Malone) no lo tuviera. Está bien que así sea, es el papel del fanático. Aunque en el fondo, seguro, todos saben que no tiene sentido culpar a la selva.

¿Qué pasó por su cabeza en ese preciso instante, cuando caminaba rumbo al banco de suplentes tras 17 segundos en el primer cuarto? ¿Dudas? Tal vez.

Campazzo es bicampeón de la Euroliga, subcampeón mundial. Se midió con todos grandes bases del mundo y dio la talla. Los superó. Fue líder, goleador, asistidor. Es una figura mundial. En el básquet de la FIBA. Un desconocido para la NBA.

Tanto que su compañero, Jamal Murray, sorprendido con sus habilidades en la pretemporada, lo bautizó "Spiderman", por la velocidad con la que se mueve, con la soltura con la que lanza pases imposibles. Divertido. Pero hay otro "Spiderman" en la NBA: Donovan Mitchell, brillante jugador de Utah. Que seguro recuerda bien a Campazzo, que llegó a la final en China 2019; el mismo torneo en el que él se quedó eliminado en los cuartos de final. Entonces, como impulsado por ese mandato todopoderoso, Mitchell se burla en redes sociales. Luego lo acompaña Ja Morant, otra estrella, de Memphis. Y allí esa supremacía deja ver algunos rasgos de vanidad, de arrogancia. De los que se saben mejores que todos. Algo de eso también es la NBA. Nadie puede sorprenderse.

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¿Qué pasó por su cabeza en ese preciso instante, cuando caminaba rumbo al banco de suplentes? ¿Dudas? Tal vez. O quizás iba masticando el veneno que le inyectó la serpiente en estas primeras incursiones. En su orgullo lastimado, el mejor de otro mundo, el desconocido aquí, quizás tenga la capacidad para dominar su instinto depredador. Su sabiduría le puede haber advertido que no era la noche. No todavía. Volverá a su rincón. Esperará agazapado la oportunidad. Porque está convencido de que si llega a pasar cerca suyo, no va a soltar a su presa. El destino dirá si la atrapa o se le escapa. Pero eso será nada más que el resultado final. La sensación del momento, sin flaquezas, es la adrenalina que lo mantendrá alerta. Es pura supervivencia. Lo podía haber escuchado de otros, lo podía haber visto en HD. Campazzo dejó todo por la NBA. Está dispuesto a vivirlo.