Fútbol sin público, una experiencia deprimente que no tiene sentido prolongar

Diego Latorre
lanacion.com

El fútbol sin público no tiene sentido. Uno juega para alguien, para aquellos con quienes tiene un compromiso -los compañeros, el entrenador, los dirigentes- pero también para quienes lo juzgan, para que lo admiren, para conquistar a esa gente que está en la tribuna. El hincha lo es todo. Es quien sostiene el fútbol profesional y le da sentido, y si no está presente la sensación es que hay una pieza sin conectar.

Me tocó vivir esa experiencia en México y es algo deprimente para todos. Resulta muy extraño pisar el césped sin aplausos, sin silbidos, sin papelitos. Uno va incorporando desde chico toda esa música que rodea a un partido y cuando llega al más alto nivel la convierte en uno de los motores de la competitividad.

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La mirada del otro es una prueba trascendente en la evolución de un futbolista. Al principio es la de tu papá, después la del técnico, y a medida que se van sumando ojos uno se ve obligado a explorar qué le ocurre con esa mirada ajena.

El desafío del público es uno de los grandes límites que debe superar un jugador. Aprender a manejar su respuesta a la reprobación y al aplauso constituye un aspecto fundamental en la personalidad que va forjando un chico mientras recorre el camino para convertirse en futbolista. Se trata de un examen difícil de superar, sobre todo en determinados equipos y escenarios, y de hecho son muchos los que se frustran y no consiguen aprobarlo. No es lo mismo tocar en el Colón que en un teatro de barrio, más allá de que esto también tenga su valor.

El fútbol genera emoción y el público es parte de ella. Es el que se sorprende, admira, insulta y vive el partido junto a sus jugadores, y estos deben estar muy preparados para sostenerse y actuar sin perder creatividad, naturalidad ni atrevimiento. Es decir, todo lo que define a aquellos que se exponen al juicio ajeno. Porque además, las reacciones del hincha ante lo que se va ejecutando en la cancha son instantáneas. Resulta fascinante descubrir lo que a uno le va pasando en función de lo que recibe como respuesta a lo que da en cada jugada.

Es verdad que con la práctica la mayoría de los jugadores aprenden a rodearse de un dispositivo hermético que los evade de las emociones que lo invaden desde afuera. Es una especie de coraza de protección ante esa opinión que la gente le hace saber de un modo inmediato. Dentro de la cancha hay mucho ruido, el sonido es intenso y si no se logra cierta inmunidad ante el ambiente externo, las reacciones pueden ser inapropiadas. Las consecuencias de desenfocarse, de dejarse atrapar por la influencia de la jugada anterior, son un condicionante para la próxima pelota que se toque, y el resultado casi nunca es bueno.

Cuando falta el ingrediente del hincha todo es diferente. Antes de empezar tienen que aparecer el equipo y el entrenador, para instalar en la mente y el cuerpo de los jugadores la ficción de que el público está y la realidad de que todo es igual de importante que siempre. Es una circunstancia que debe provocar que desde adentro salga el competidor, la persona que está involucrada en un objetivo y sabe que la causa común está por encima de todo.

En algunos casos se da la paradoja de jugadores que sin el ruido de afuera, sin escuchar el murmullo de la desaprobación, se sienten más cómodos, menos cohibidos y pueden desarrollar todo lo que tienen. En definitiva, hay casi tantas formas de energizarse antes de un partido como protagonistas. Sucede también cuando todos los hinchas son del equipo rival. Están los que redoblan la apuesta y sacan el orgullo y todas sus energías positivas para buscar el placer de la pequeña revancha, mientras que a otros les afecta y no rinden igual.

En cualquiera de los casos, el valor del público es determinante. Más aún en nuestro caso, en el que la pasión alcanza niveles inigualables. Aporta la sal, el sabor, el entusiasmo. Es inconcebible un fútbol sin hinchas, incluso para el negocio, y soy de la idea de que si hay que seguir jugando a puertas cerradas sería mejor no hacerlo.

Los calendarios son apretados y existen intereses comerciales, pero me parece que hay cosas mucho más importantes que un partido de fútbol cuando se habla de una pandemia. Los futbolistas también pueden contagiarse y el público es sagrado. El show no debe continuar a toda costa.

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