Fórmula 1. Lewis Hamilton y Michael Schumacher, la conexión más allá de los títulos

Alberto Cantore
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Una respuesta que doce años atrás pasó inadvertida o fue casi desoída se convirtió en una predicción. El piloto con más títulos en la historia de la Fórmula 1 reflexionaba, en una entrevista, sobre ese número impactante que estaba asociado solo con él. "Nadie lo pensó. ni yo mismo pensé que podría superar los cinco títulos de Fangio, pero luego lo hice e incluso lo aumenté hasta siete. Los récords están para batirlos y estoy bastante relajado con que algún día pasará. Lewis [Hamilton], Massa, Sebastian Vettel o quien sea, porque podría ser alguien del presente o del futuro el que podría hacerlo. No tengo ningún problema al respecto", confesaba Michael Schumacher, en octubre de 2008.

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El Káiser transitaba su primer retiro del Gran Circo y Hamilton, con 23 años, estaba a punto de ganar el primer título de F.1, aunque no proyectaba igualar el récord de coronas del alemán y tampoco que cinco años más tarde sería su reemplazante en Mercedes. Una conexión impensada, una unión que quedará grabada para la eternidad a partir del Gran Premio de Turquía, aunque el británico podría destruir la estadística en 2021 para declararse el único rey.

El número de títulos los iguala, pero también algunos detalles de las campañas, pequeños gestos que se constituyen como una cadena de transmisión de mando y personas que estuvieron junto a los dos séptuples campeones. Porque Hamilton sustituyó a Schumacher en Mercedes y al mismo tiempo trabajó con varios de los ingenieros y mecánicos que tuvo el alemán en sus tres temporadas en las Flechas de Plata. "Michael era un piloto muy dramático en la pista en muchos sentidos y fuera tenía un carácter muy tranquilo. Lewis es casi lo contrario: sereno pero letal en términos de entrega en la pista y en las horas de trabajo y extravagante cuando no está en modo de competencia. No podríamos tener a dos personajes tan diferentes, pero lograron algo que es asombroso", la definición de Ross Brawn, el actual director deportivo de la F.1 que fue una de las piezas esenciales en el dominante ciclo Schumacher en Ferrari y quien lo convenció para que retornara en 2010; junto con Niki Lauda influyó en la contratación de Hamilton, aunque al momento en que Mercedes arrasó con los campeonatos de Pilotos y de Constructores, ya había dejado la escudería de Brackley.

El jefe de ingenieros de Mercedes, Andrew Shovlin, no encuentra mayores diferencias entre las dos estrellas. Perseguidores de la perfección, buscadores de la centésima que desmarca la normalidad con la excelencia, pilotos que acondicionan el auto a su estilo y con una infinita capacidad para asimilar consignas a más de 300km/h. "Michael tenía la capacidad de conducir sin importar cuál sea el balance más rápido, si tenía un auto con subviraje, igual lo hacía. Si necesitaba trasladar el trabajo a los neumáticos delanteros, podía hacerlo. Y esas virtudes o características también las tiene Lewis. Los pilotos de excelencia no tienen un estilo, se adaptan para ser siempre veloces y realizarán múltiples tareas: manejan situaciones extremas en el cockpit, al tiempo que contemplan y analizan estrategias propias y de los rivales con el equipo", reflexionó el británico, antes del GP de Portugal.

En la mirada de Shovlin, Hamilton elevó su eficacia desde 2013, temporada en la que se unió a Mercedes: "Era una persona diferente, muy diferente, en el auto y fuera de la pista. Evolucionamos como equipo, pero muchos cambios se dieron para arrancar lo mejor de Lewis, que descubría y exigía que juntos podíamos avanzar un paso más. Al comienzo era rápido y brillante para ganar carreras, siempre mantenía la esperanza de un triunfo; ahora es un táctico, un estratego: no se detiene hasta encontrar una mejora, por esa razón cada año es ligeramente mejor que el anterior. Es su nuevo modelo que combina su renovado estilo de vida y cómo el piloto se acerca al negocio".

Schumacher y Hamilton son dos talentos naturales, aunque debieron esforzarse y mucho para escalar hasta la cima. El Káiser no era un genio en la escuela ni un atleta de excelencia y tampoco un fanático de las carreras: sus padres les regalaron el primer kart a los 4 años, pero recién le dedicó tiempo completo cuando fracasó en su intento de ser futbolista. En Kerpen giraba hasta los días de lluvia y hasta practicó equitación para desarrollar mayor equilibrio de pie en los estribos y de tacto en las riendas. El alemán, con todo a su favor, recién se convenció que sería piloto profesional en 1990, 18 meses antes de su estreno en la F.1. Fue cuando su manager Willi Weber lo hizo probar un F.3 en Nürburgring y la impresión fue tan grande que lo fichó para la siguiente temporada y financió sus gastos a cambio de un contrato como agente.

La aventura de Hamilton estuvo acompañada por los avatares de la economía de su padre Anthony, aunque la personalidad que forjó desde pequeño para blindarse de los ataques por su condición social y racial empujó los límites: el modo en que abordó en dos oportunidades a Ron Dennis -por entonces patrón de McLaren- hasta lograr que la escudería de Woking lo incluyera en una lista de jóvenes talentos con contrato, enseña la fortaleza y el deseo de superación para convertirse en la estrella del presente del Gran Circo.

El aterrizaje de Schumacher a Ferrari y de Hamilton a Mercedes, escuderías en las que cada uno marcó ciclos en la F.1, no es una situación fortuita. El Káiser tuvo en la Scuderia a Jean Todt, Ross Brawn, Rory Byrne y el paraguas de Luca di Montezemolo, mientras que el británico cuenta con Toto Wolff, Shovlin, James Allison y el susurro de Bonnington en la radio para transmitir cada detalle que lanzan las computadoras para que en plena carrera discutan estrategias. Si el alemán encastró cada pieza para convertirse en siete veces campeón, Hamilton tuvo la visión para entender el proyecto Mercedes, que dio antes que nadie el primer paso para sobresalir en la era de los motores híbridos. Las Flechas de Plata dan en el blanco desde 2014 y en seis de esas siete campañas el mejor fue Lewis, que se repuso a la derrota de 2016 ante Nico Rosberg, su compañero de equipo, pero con el que desató una feroz batalla interna, una experiencia que ahora, en Turquía, Wolff estableció que no volvería a suceder y por ese motivo Max Verstappen no está en este tiempo en el radar de Mercedes.Con Valtteri Bottas, Mercedes tiene a un excelente segundo piloto; el finlandés pone a prueba a Hamilton en las clasificaciones más que en el ritmo de una carrera, donde el británico lo apabulla. Una estrategia que Ferrari implementó con Barrichello y Schumacher: el paulista sabía hasta dónde podía llegar, qué clase de tarea debía ejecutar, aunque cuando tenía vía libre se encargaba de demostrar sus cualidades.

La mentalidad de los dos ases para liderar las estructuras, ganar carreras y sumar títulos no siempre se reflejó de la misma forma en una pista. Schumacher estiró los límites a un punto al que Hamilton jamás llegó, porque eligió presentar las batallas desde otro ángulo. La definición del campeonato de 1994, en Australia, expone hasta dónde el Káiser estuvo dispuesto para lograr su primera corona: el accidente con Damon Hill, una maniobra evitable, pero con la que quitó del medio al único piloto que podía arrebatarle el cetro.

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En el estreno en la F.1, Hamilton estableció su voracidad y hasta la fórmula en que lanzaría los dardos: enfrentó en la carrera y en la rueda de prensa a su compañero en McLaren, Fernando Alonso, que era vigente bicampeón con Renault y el piloto que había destronado a Schumacher. Una curva, la primera tras la partida en el circuito Albert Park, de Melbourne, sacudió la interna que el español y el británico desandarían durante el año y que aprovechó Kimi Räikkonen para ser campeón con Ferrari.

"Lo que para mí es realmente una locura es que me contrataron, en última instancia, para reemplazar a Michael. Me encontré en una situación extraña, porque obviamente había visto a este hombre dominar con puño de hierro la F.1 y había batido tantos récords. En ese momento él paraba y yo iba a ocupar su lugar", rememoró Hamilton sobre el acuerdo con Mercedes para tomar la butaca que dejaba el Káiser. No imaginaba que ocho temporadas después, emparejaría la marca de siete títulos y quebraría muchos de los registros que asomaban intocables y que había impuesto el alemán.